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[FIRMAS] CARLOS DÍAZ

El alma aburguesada

Carlos Díaz

El burgués se inclina hacia la envidia: él envidia y, una vez que ha alcanzado el objeto de su deseo, entonces desea ser envidiado por los demás. Ni sabe ni quiere ni puede salir de ese círculo.

Ciertos privilegios suntuosos reportan satisfacción a sus poseedores exclusivamente porque éstos suponen que los demás no pueden alcanzarlos, pero una vez generalizados ponen de manifiesto su intrínseca trivialidad y dejan de interesar a quienes antes se mataban por rozarlos.

Se trata de una personalidad pasiva, dominada por la necesidad de 'ser vista', donde la reivindicación es siempre receptiva: el egocéntrico aparece entonces como un niño que quiere verlo todo, oírlo todo, formar parte de todo lo que ocurre o se dice a su lado, ser siempre escuchado, servido, admirado el primero; en una conversación se encuentra impaciente por anteponer sus propios recuerdos, las experiencias en las que ha participado, las pruebas que le han convencido; corta la palabra, se adelanta indiscretamente allí donde no ha sido solicitado. En cualquier asunto se muestra impaciente ante toda situación nacida fuera de él e independiente de él. Es que la conciencia reflexiva se desarrolla hasta el extremo bajo el influjo de una cultura de invernadero, y el tema del Narciso se introduce en estas vidas replegadas sobre la contemplación voluptuosa del yo. Es un yo enroscado como un erizo sobre su propia conservación el que forma los segundos, y este negativismo se produce casi siempre por los desaciertos de la formación.

La palabra interés (inter esse), que significa etimológicamente «estar entre», no la vive el burgués desde el 'entre' que nos une. Emmanuel Mounier ha descrito agudamente las cicatrices del dinero en el alma del burgués, aquél que ya no vive para ser sino para tener, aquél que para tener deja de ser, esto es, de relacionarse, o que cuando se relaciona reduce a objetos a los otros sujetos, intentando comprarlos y venderlos, alquilarlos, traspasarlos, etc. Antiguamente había que morir por alcanzar ciertas cosas, ahora basta con pagar dinero por ellas porque el dinero, llave omnipotente, poderoso caballero, todo lo compra; tanto tienes, tanto vales. El rico no es rico y nada más: es nada más y nada menos que rico, como consecuencia de lo cual el adinerado tiende a presentarse como el respetable, por aquello de que una buena capa todo lo tapa.

El burgués se ciega en sus propiedades, se deslumbra con el brillo del oro. Las personas son para él oro en potencia, filón cuyas pepitas hay que extraer, objeto de avaricia. La forma en que el dinero (aunque no sólo el dinero) mina lentamente a personas e instituciones parece fácil de ver en el ojo ajeno, aunque no tanto en el propio: «Y lo que es más grave de todo -escribe san Juan Crisóstomo- robas, te adueñas de las riquezas, no obligado por la pobreza ni forzado por el hambre, sino para recubrir de oro el freno de tus caballos, el techo de tu casa y los capiteles de tus columnas. ¿De qué infierno no serás digno por estas acciones cuando al hermano, a éste que es contigo partícipe de los bienes eternos y que ha sido honrado como tú por el Señor, le inflinges miles de daños para adornar no ya a los brutos animales, sino los pavimentos y las piedras que no sienten?».

Publicado el 27 de mayo de 2003

 
 

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