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[FIRMAS] CARLOS DÍAZ

El círculo vicioso: a gobierno corruptor, pueblo corrompido-corruptor

Carlos Díaz

¿Son malos los gobiernos porque han sido elegidos por malos electores, o son malos los electores porque han elegido malos gobiernos? Quizá lo uno y lo otro.

Un gobierno perverso produce hábitos de dependencia del gobierno, por ejemplo: presidencialismo; paternalismo; mesianismo sexenal; centralismo exagerado; servilismo ante los poderosos; resignación y conformismo; ritualismo en los aniversarios oficiales y en los informes de gobernadores y presidentes; pactos entreguistas de alto nivel con poderes trasnacionales a espaldas del pueblo; conductas complacientes y alcahuetas de los sindicatos que, una vez impuestos (porque la afiliación no es libre) protegen tanto al obrero que fomentan su indisciplina e irresponsabilidad; influyentismo (demasiadas credenciales, demasiadas placas especiales y recomendaciones); antesalas a que los funcionarios someten a los demás para darse importancia; trasgresiones de los reglamentos («más vale pedir perdón que pedir permiso»); contínuas violaciones a la Constitución («la gran prostituta de la República»); el fenómeno del «tapado» (el nuevo gobernante sale misteriosamente de un cónclave de amigos autosacralizados); la extorsión del juez que vende la justicia; la prepotencia policiaca y su exigencia de 'propinas' antes de aclarar un delito; las 'comisiones' de los contratistas a los funcionarios; los embutes a los medios de comunicación; el peculado o sustracción ilícita de fondos públicos por parte de quienes los manejan; la burocracia que se come el presupuesto, etc.

«La corrupción somos todos», se ha escrito hasta en las bardas de las casas con no poco cinismo. Pero de hecho ahí están las mordidas, los fraudes fiscales, los «aviadores» que cobran sueldo sin trabajar, el soborno, el nepotismo, la extorsión, la grilla sucia (patadas debajo de la mesas), la colusión del funcionario con el patrón en agravio de los obreros, el coyotaje, la explotación del trabajador de niveles inferiores, la demagogia, los líderes charros, la fayuca o contrabando, los fraudes al fisco, los mordelones de tránsito, la infidelidad conyugal, la fanfarronería (ser echador, presumir de lo que no se tiene, querer apantallar), la impuntualidad, el miedo a decir no, la envidia (enanismo de quien busca todos los recursos para atacar a quien sobresale de la común mediocridad), el despilfarro («yo pago la cena a todos»), el chambismo (búsqueda de «un puestito» sin pena ni gloria), el incumplimiento laboral de todos los días, etc.

Resultado: La corrupción generalizada es un problema cultural, tanto que para muchos no llega a ser problema moral: Muchos mexicanos al dar sobornos se sienten víctimas de la corrupción en lugar de contribuyentes a ella, y ni les pasa por la cabeza que obran mal y que son corruptos. Echan la culpa al sistema y se lavan las manos. Dejamos fuera de estas consideraciones los asaltos, los secuestros, los asesinatos políticos, el narcotráfico... Nos quedamos en la zona de los peccata minuta. Cada sexenio se monta un teatro de cruzada contra la corrupción, y el pueblo agraviado cree una y otra vez: 'Eso ya se acabó; la corrupción es cosa del pasado'. El mesianismo sexenal -o cuatrienal- ha sido un tema recurrente.

Publicado el 27 de mayo de 2003

 
 

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