[FIRMAS] CARLOS DÍAZ
El desafío de la vida
Carlos Díaz
Todo ser humano, en la medida en que sea racional,
defenderá el derecho a la vida. Una especie que conculque este derecho se
automutilará biológica y éticamente.
La cuestión de la vida
no es algo que deba dejarse al arbitrio de cada ciudadano en particular,
sino que ha de ser defendido también por las instituciones, es de orden
público: no se puede matar a nadie. Nunca se debe atentar contra la vida
del niño o niña que va a nacer, aunque la madre sea violada. Es triste y
lamentable que una mujer sea violada, y hay que castigar duramente al
violador. Pero por encima de todo hay que defender la vida de todos y de
cada uno, especialmente la vida de los seres más indefensos, las personas
que van a nacer.
La vida que hay en el
vientre de la madre es el test de toda democracia, la última palabra en
torno a la cual ningún diálogo es posible: no se puede negociar con esa
realidad sagrada, no cabe plantear otra cosa que su vida. La vida de quien
va a nacer es la prueba de fuego de la democracia, su razón de ser, algo
no sometible a pactos. Los demócratas han de ser los más grandes y
entusiastas defensores de quienes no pueden defenderse a sí mismos, de las
gentes más débiles. La sociedad juzgará mañana con infinita dureza a los y
a las abortistas; a su lado, los defensores de la esclavitud parecerán
grandes demócratas.
El verdadero demócrata
defenderá la vida siempre y en todo lugar, vida que comienza desde el
instante mismo de la fecundación. Y la defenderá en medio de la
adversidad, a pesar del secuestro emocional con que cierta prensa poderosa
-enemiga de los débiles- manipula a la opinión pública presentando a los
defensores de la vida como reaccionarios integristas, derechistas
fundamentalistas, papistas vaticanistas, etc, adjetivaciones tanto más
frecuentes cuanto menores son los argumentos que las fundan. Tampoco
faltarán las descalificaciones profesionales, y hasta las personales.
Si la democracia se
relaja en esta cuestión, vivirá bajo el signo de una democracia
victimatoria, construida sobre los féretros invisibles, pero reales, de
los abortados. El derecho a la vida, el primero y central de los derechos
humanos sobre los que se funda la convivencia democrática, habría quedado
conculcado, sustituido por falsos eufemismos.
Ahora bien, quien se
compromete con la defensa de la persona que va a nacer debe también
comprometerse con la defensa de la vida en todas y cada una de sus
manifestaciones: estará en contra de la pena de muerte, en contra de la
tortura, en contra del machismo, en contra del trabajo de niños menores,
en contra de los salarios de hambre, etc.
En este sentido
tenemos que decir con gran dolor -insistimos: con gran dolor- que son
malos compañeros de viaje en la defensa de la vida aquellas personas que
se han enriquecido con los despojos de los pobres, a los que a duras penas
permiten sobrevivir, o simplemente aquéllos que retribuyen con salarios
ínfimos a sus trabajadoras y empleados domésticos, aunque ello sea
conforme a lo estipulado social y legalmente. Estas gentes explotadoras
cometen crímenes abominables, y tras su coartada (falsa de todos modos) se
agazapan quienes cometen los crímenes aún más abominables contra la vida.
Publicado el 27 de
mayo de 2003
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