Un santo en la
sociedad de la comunicación
Javier Arnal
“Es una gran cosa el periodismo. Los informadores
podéis contribuir mucho a promover entre vuestros compañeros el amor a los
ideales nobles, el afán de superación del egoísmo personal, la
sensibilidad ante los quehaceres colectivos, la fraternidad. Es difícil
que haya verdadera convivencia donde falta verdadera información”: San
Josemaría Escrivá de Balaguer
Este 26 de junio se
celebró, por primera vez, la fiesta de San Josemaría Escrivá de Balaguer,
fundador del Opus Dei, canonizado en Roma el pasado 6 de octubre. De su
vida y de su mensaje pueden destacarse aspectos muy variados. El Papa lo
calificó como “el santo de lo ordinario”, y lo ordinario nos afecta a
todos.
En no pocos aspectos,
fue pionero. El mensaje del Opus Dei, como él mismo decía, es “viejo como
el Evangelio, y como el Evangelio nuevo”. Tiene la virtud de servir a todo
hombre de todo momento histórico, también en esta época de cambios
incesantes, en la que tanto influye la modernización tecnológica y el
cambio cultural que suponen los medios de comunicación.
Su visión del
periodismo uno de los factores clave para que yo estudiara Ciencias de la
Información. Siendo yo un adolescente, tuve la suerte de escucharle y de
percibir su aliento a quienes se dedican profesionalmente a los medios de
comunicación. El aliento de su doctrina no se quedó en el comienzo de mis
estudios, sino que pervive tras décadas de ejercicio profesional en
diversos medios: prensa, radio, televisión o internet.
Es un santo que vivió
en la incipiente sociedad de la comunicación. Fue pionero no por el afán
de serlo, sino porque su mensaje tenía el atractivo de lo positivo, de
construir las bases del futuro en virtudes de todos los tiempos, pero con
contornos nuevos o exigencias concretas que van cambiando con el
transcurso de la historia y de las culturas. Pocos saben que él fue
profesor de Ética y Deontología periodística en la Escuela Oficial de
Periodismo, en Madrid, y que su interés por el periodismo cristalizó en la
primera Facultad de Ciencias de la Información en España, cuando inició
sus actividades en 1958 en la Universidad de Navarra. En Europa sólo había
otra Facultad más. Sin ruido, era consciente de que el periodismo
necesitaba una formación superior.
Pese a ver cómo
algunos medios de comunicación maltrataban la Iglesia, a veces con la
“política infame del silencio” -como él afirmó- o la búsqueda del
escándalo en la Iglesia, o algunos periodistas deformaban las
características del Opus Dei o incluso sufría auténticos ataques hacia su
persona, siempre tuvo palabras y escritos de aliento para la noble
profesión periodística, como necesario servicio para la convivencia y la
libertad.
Preconizó siempre la
libertad, luchando por evitar “la aversión a la libertad personal, que es
verdaderamente patológico”, en palabras suyas. “Es una gran cosa el
periodismo. Los informadores podéis contribuir mucho a promover entre
vuestros compañeros el amor a los ideales nobles, el afán de superación
del egoísmo personal, la sensibilidad ante los quehaceres colectivos, la
fraternidad. Es difícil que haya verdadera convivencia donde falta
verdadera información”, dejó por escrito.
Alentaba y, a la vez,
reclamaba responsabilidad, como cuando denunciaba el sensacionalismo - “no
os oculto que me repugna el sensacionalismo de algunos periodistas que
dicen ‘la verdad a medias’- y el rumor - “os ruego, pues que difundáis el
amor al buen periodismo, que es el que no se contenta con los rumores
infundados, con los ‘se dice’ inventados por imaginaciones
calenturientas”. Pedía a los periodistas imparcialidad y documentarse con
rigor. Ni siquiera la gran abundancia de información de nuestros días nos
exime de ese deber. Su mensaje tiene un valor creciente, permanente.
Publicado el 24 de
junio de 2003
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