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La virtud de la oración

Pbro. Roberto Visier

La constancia en la práctica diaria de la oración en sus diferentes formas y la recepción frecuente de los sacramentos es un camino ordinario de santificación.

Todos los momentos de encuentro con Dios van encaminados a lograr la intimidad divina y crean en el alma el hábito de comunicarse con Dios, lo que podríamos llamar la virtud de orar. No es que la oración en sí misma sea una virtud, sino que la facilidad, la disposición permanente a entrar en un diálogo personal con Dios, termina por ser un hábito bueno: una virtud. Una persona espiritual es aquella que goza recogiéndose en su interior para buscar a su Señor, que en cualquier parte es capaz de aislarse unos instantes para ofrecerle un culto espiritual y sincero desde lo profundo.

Sin embargo en toda empresa humana de envergadura, y esta lo es, es necesaria la planificación, el orden, la organización. Si dejamos la oración para el final o para cuando tenga un rato libre o sólo para cuando hay un chance, nunca seremos personas de oración. En este sentido es de gran utilidad hacer un plan de vida donde se organice la vida diaria según las actividades que marcan nuestra jornada habitual. Se trata, bajando a lo más concreto posible, de poner en una hoja el tiempo dedicado al estudio o trabajo, al descanso, a la higiene, a la comida, al transporte, a la oración. La suma evidentemente tiene que dar 24 horas. Después habría que encajar cada momento de oración que alimenta nuestra vida interior en una hora concreta, por ejemplo: la meditación temprano antes de salir, la misa en la tarde a tal hora, el rosario en la noche, etc.

La constancia en la práctica diaria de la oración en sus diferentes formas y la recepción frecuente de los sacramentos es un camino ordinario de santificación. Por eso este estilo de vida no puede estar reservado a unos pocos, aunque en verdad son pocos los que se toman su vida espiritual en serio. Sin embargo todos los fieles católicos están llamados a la santidad y a pesar de que no todos los que practican la oración y reciben los sacramentos la alcanzan, por diferentes causas, no obstante todos los que alcanzan cimas elevadas de santidad se caracterizan por haber gozado de una vida interior sólida y ordenada, es decir, eran sumamente fieles en acudir cotidianamente a las fuentes ordinarias de la gracia divina: la oración y los sacramentos. La lectura de las vidas de los santos dan un testimonio sobrado de esto.

El libro de los hechos de los apóstoles nos cuenta la solicitud con que los apóstoles y los que se adherían a ellos acudían a diario al templo y eran constantes en la oración (Hech. 1,14; 2,46). No es lógico que el cristiano se contente con una vida superficial basada en el cumplimiento de las normas mínimas. Esto denotaría que no se le quiere dar a Dios lo máximo, que es lo que se merece, sino lo menos posible.

Algunas personas, para llevar un control exhaustivo de su vida de oración, anotan diariamente sus prácticas de piedad. Esto les sirve para llevar el control de su vida espiritual. Es un modo sencillo para estimularse a sí mismo a practicar asiduamente la oración y un instrumento útil para que el director espiritual pueda evaluar el crecimiento de la persona en su vida interior. Naturalmente es mucho más importante la calidad que la cantidad y Dios no nos juzgará por el número de rosarios rezados o de Misa escuchadas, sino por el grado de amor hacia Él y hacia el prójimo que hayamos alcanzado en la hora de nuestra muerte. Ni siquiera todas las personas disponen del mismo tiempo para dedicarle a Dios. Además la vida espiritual debe ir acompañada de un estilo de vida coherente con nuestra fe. Esto es muy importante y lo trataremos detenidamente en el próximo tema. Sin embargo de nuevo habrá que insistir en que son las personas más generosas en el tiempo dedicado a su vida espiritual las que más fácilmente adquirirán una mayor perfección de la caridad, nombre con el que designamos al amor cristiano y esencia de la santidad cristiana.

En todo lo dicho no se puede olvidar que la oración es un medio sobrenatural. No estamos hablando de un simple hábito práctico que la persona adquiere con la repetición de actos. Es el Espíritu Santo el que actúa por medio de sus siete dones moldeando el alma y conduciéndola suavemente hacia una oración profunda y sincera. Podríamos destacar tres: el don de sabiduría que nos hace saborear las cosas referentes a Dios, el don de piedad que nos inclina a buscar la presencia de Dios y el don de entendimiento que nos hace descubrir el sentido auténtico de la Escritura y de las verdades de nuestra fe. Es una verdadera obra de Dios en nosotros.

Publicado el 24 de junio de 2003

 
 

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