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Paz y pobreza

Javier Arnal

Todos queremos un mundo con justicia y paz.

La paz mundial está mucho más vinculada a la mejora económica de los países pobres que a otras causas. El propio terrorismo internacional sabe que, en las actuales injusticias económicas, tiene el caldo de cultivo inmejorable para nutrirse. Es el caldo de cultivo del resentimiento, de la desesperación. Algunos pretenden vestir ese terrorismo como un choque de civilizaciones o de religión, y no pocos caen en la trampa al utilizar términos tan equívocos y confusos como el de “terrorismo islámico”: una religión nunca llega a la violencia terrorista, sino la ignorancia y la miseria, que son los dos ejes sobre los que se asienta toda organización terrorista internacional en nuestros días.

Los países pobres observan cómo el foso que les separa de los países ricos es cada vez más profundo: mejoran algo, pero la diferencia es mayor cada año. En los países desarrollados, surgen voces aisladas, y planteamientos que tienen un “efecto despertador” incipiente, como el de rebajar los sueldos de los altos cargos de las multinacionales, o poner freno a la remuneración desorbitada de ciertos deportistas. Algo reclama una moderación, una adopción de topes, porque se trata de cantidades insultantes para millones de personas en la humanidad...y para los que no estamos en los países pobres, que tenemos mucha más responsabilidad que quienes carecen de recursos para ayudar.

En mi opinión, la clave para ayudar a los países pobres es invertir en esos países, de modo que vayan teniendo sus propios ingenieros, médicos, maestros, economistas. Profesionales competentes, formados en su propio país por profesionales del mundo desarrollado, con financiación clara y que no tenga fines corruptos en el país de destino.

El fenómeno actual de que algunas empresas instalan en países pobres empresas filiales por el menos coste que supone la producción (suelo, mano de obra, etc.) no deja de ser, en más de una ocasión, aprovecharse de la miseria. Si se hace con perspectiva y dignidad, puede contribuir a mejorar esos países, pero me gustará ver si se va produciendo por esta vía y en qué sectores. Allí no tendrán esas empresas muchos costes de Seguridad Social o de medidas de protección laboral.

Todos queremos un mundo más justo y más paz. Mientras siga habiendo 3.000 millones de personas que viven con menos de dos dólares diarios -media humanidad-, casi no tenemos derecho ni a seguir hablando. El Banco Mundial, en un macrosondeo del año pasado entre 2.600 líderes de 48 países, comprobó que hay preocupación por la falta de avances significativos. Hay derroche en el dinero que se destina a los países pobres, por falta de interés y vigilancia eficaces, o -y tal vez es una cuestión muy molesta- porque puede haber instituciones o personas en los países desarrollados que están interesados en mantener la corrupción y la miseria en esos países.

Llama la atención cómo ha insistido, desde hace años, el Papa Juan Pablo II en condonar total o parcialmente la deuda de los países pobres. Algo se ha hecho, pero es insuficiente. Hasta que no se resuelve, esos países tienen una auténtica argolla que les impide respirar, vivir, desarrollarse. La tradicional asistencia es muy insuficiente. Yo apuesto por la condonación de la deuda y por formar profesionales competentes en esos países. No pretendo decir que el problema sea sencillo, pero sí me atrevo a afirmar que no somos conscientes de la entidad del problema, que va en aumento, y que las vías de solución no son las que se están adoptando. Se hacen “lavados de imagen”, pero no se resuelve el problema en su raíz.

Publicado el 26 de junio de 2003

 
 

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