Ante las vacaciones
de veranos
Víctor Corcoba Herrero
El verano, que ante todo debe ser un tiempo de
descanso y de abrazos familiares, es un momento ideal para el disfrute. De
ahí la importancia de vivirlo en recto juicio.
Las escuelas han
cerrado sus puertas anunciándonos la llegada del verano. Más que por las
estaciones climatológicas, nos movemos por el curso escolar. El trajinar
de aquí para allá se ha puesto de moda y las carreteras soportan riadas de
coches, con sus humos respectivos, los del turismo y los de las gentes. Si
es verdad que en cualquier época del año se viaja cada día más, no es
menos cierto que en las vacaciones veraniegas se incrementa ese ritmo
circulatorio, sobre todo las vías que conducen a las playas o pueblos que
celebren sus fiestas; pues, aunque el turismo playero se lleve la palma de
visitantes, también el turismo rural aumenta, y esas carreteras
secundarias suelen estar en peor estado.
El verano, que ante
todo debe ser un tiempo de descanso y de abrazos familiares, es un momento
ideal para el disfrute. De ahí la importancia de vivirlo en recto juicio.
Es una puesta a punto para el cuerpo, pero también para el alma. En la
mayoría de las veces, por no decir en todas, de nosotros depende tomar el
saludable camino del divertimento en su más gozoso verso y no aguar la
fiesta del ocio. Sirva como botón de ejemplo, la muestra: ¿cuántos
accidentes de tráfico podemos evitar?. A veces el problema del caos
circulatorio, como el de otros ciscos, tiene sanación, más que con
sanción, con buena dosis educativa, puesto que el problema surge por una
cuestión moral y de conciencia. Ya se sabe, se suele decir: “Si quieres
saber el grado de caballerosidad de una persona, ponla al volante”. Este
dicho, expresión tomada de la cátedra popular, nos indica que con
frecuencia algo importante cambia en la conducta de una persona cuando
ésta se pone al volante. Su psicología y comportamiento sufren una
alteración muy acusada: personas que en su vida ordinaria son educadas,
corteses y pacientes, se convierten en seres exigentes, nerviosos,
intolerantes ante los errores y fallos de los demás, hasta groseros y
agresivos en palabras y gestos. Los cortes de manga, por desgracia, rayan
y cortan, se vuelven moda.
Sin embargo, el
verano, es para olvidarse del reloj, no de los buenos modales, y disfrutar
compartiendo. Nadie es más que nadie en carretera. Ni en otro entorno.
Dentro de unos años, el tiempo nos traga. Ahora tenemos todo el tiempo del
mundo. Seamos dueños de ese tiempo. Vivamos y bebamos las horas. Seamos
pacientes ante un atasco inesperado, ante un imprevisible retraso. No vale
la pena irritarse ni aborregarse. Ni pagar con violencia a los violentos.
Ni dejarse la vida en la carretera. Somos frágiles y quebradizos. Como un
cristal. Hemos olvidado que cada vida, la propia y la de los demás, es
demasiado bella y valiosa para que pueda quedar prematuramente segada o
seriamente dañada por culpables y mezquinos fallos humanos. Por desgracia,
la vida no vuelve atrás. Esa que, a veces torpemente, dejamos en la vía
pública, olvidando que la educación vial es para todos, tanto conductores
como peatones.
Necesitamos el
descanso y para ello hemos de llegar a destino. Precisamos recargar
energías. Tomemos todo el tiempo del mundo. Reflexionemos. Hagamos parada
y fonda en nosotros mismos. Acudir a la celda del corazón e interrogarse,
produce salud. Y da libertad. Pensar por nosotros mismos. Que no piensen
por nosotros. Ser más interiormente para estar mejor consigo mismo, y ser
más en la poesía, o sea, más humanista. Todo esto alienta y alimenta. Más
que la buena mesa y el oro del mantel. Un ejemplo. Hoy todos tenemos
turismo, ¿pero sabemos conducirnos con él?. Eso no lo da el carné de
conducir. Lo dan los principios humanos y los valores de la conciencia
crítica.
En cualquier caso,
iniciamos un tiempo propicio para vivir la vida, ya sea en la playa o en
la montaña. También para reunirse y unirse en familia. Para cultivar la
amistad desde la escucha, la confianza, la ayuda, el diálogo, el
enriquecimiento y el respeto más escrupuloso a la opinión de las demás
personas. El verano, sin duda, puede ser un tiempo formidable para los
buenos propósitos, evitando la hipocresía, la mentira, la presunción
engañosa e interesada o la vanagloria. Revivamos la limpieza de corazón.
Hagamos zafarrancho en el cuartel del alma. Así podremos superar, con
matrícula honorífica de bien ser, la codicia, el egoísmo y el hedonismo.
Vacación no equivale a permisividad. Es más, debe hacernos meditar en la
solidaridad. Pensemos en quienes no tienen vacaciones, porque ni siquiera
tienen el pan de cada día. Reflexionemos sobre esas piñas humanas que se
lanzan al mar en busca de nuevos horizontes. Nuestra comprensión hacia
ellos tampoco debe tomar vacaciones.
Precisamente, las
vacaciones pueden ser tiempo excepcional para salir a su encuentro. Y es
que en verano, tenemos una magnífica oportunidad de crecer por dentro y de
donarnos. Eso contrarresta el hastío que tanto nos ronda y nos rueda por
la cabeza, generando fuerzas que equilibran. Algunos de los caminos para
utilizar sabiamente las vacaciones y para que éstas tonifiquen y renueven,
tanto lo físico como lo psíquico, son el contacto con la naturaleza o el
mar, la tranquilidad, la relación familiar armónica que tanto hemos
disgregado, las buenas lecturas, las sanas actividades recreativas y de
esparcimiento, la contemplación y, sobre todo, la escucha interna. Nos
tenemos demasiado olvidados por dentro. El florido lenguaje de los hechos
de la naturaleza y el mar, del deporte y de la amistad, son medios óptimos
para disfrutar y vivir el verano. Se lo aconsejo.
Publicado el 26 de
junio de 2003
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