La verdadera New
Age
Jaime Septién
“La auténtica nueva era es el descubrimiento de Dios
enamorado del ser humano”
Hace pocos días el
Papa Juan Pablo ll, en audiencia general, declaraba: “La auténtica nueva
era es el descubrimiento de Dios enamorado del ser humano”. O sea que la
new age actual, nada tiene que ver con la que nos venden ahora en
la televisión como el último grito de una moda: que el hombre, cada uno de
nosotros, es un dios de sí mismo, y que no hay verdades ni valores
absolutos; que todo es relativo, desde la vida hasta la moral pública.
De verdad, este Papa
no se mide. Mire que venir a decirnos que lo nuevo, lo novísimo, no es el
feng shui sino la alianza del amor “cercano” de Dios con los
hombres y su verdadera pasión por la criatura que salió de sus manos, que
lo negó, que entregó a su Hijo y que hoy lo intercambia por baratijas del
mercado, como que no es, exactamente, lo que los oídos nuestros desean
escuchar.
Porque el amor de Dios
compromete a sus hijos a corresponderle. Todo amor compromete. Mejor una
especie de dios como el de la new age que ni aprieta ni exige, que
no ama: un dios pequeñito y modoso, bien portado, sobre todo cuando “ama”
todo lo que nos da placer y “permite” cualquier cosa de los hombres, con
tal de no exigirles ningún sacrificio. El dios hecho a imagen y semejanza
de los hombres contra el Dios verdadero, del cual los hombres somos imagen
y semejanza.
Claro: hoy jala más el
dios pequeñito y modoso. Pero el Papa viene a descomponer esta agradable
melodía. Y dice: Dios no es lejano y ausente de la vida íntima del hombre,
de la sociedad, de los pueblos. Es cercano y enamorado. Es decir:
interviene, llora nuestras injusticias, se duele del mal uso que hacemos
de nuestra libertad. Llega al extremo de aceptar a sus hijos aunque lo
cambien en el supermercado por una televisión, a la cual hoy se le rinde
tributo en los altares de la casa. Jamás abandona su obra.
Y es que el Papa Juan
Pablo ll es, por su cuenta, un enamorado de la fe que lo hizo sacerdote. Y
esa fe es una fe viva, que ama razonablemente a quien es nuestro creador.
Chesterton decía que cuando vamos a la Iglesia, se nos pide que nos
quitemos el sombrero pero no la cabeza. La Iglesia piensa. Y siente. Y
está guiada por un hombre que piensa y siente el cristianismo de a de
veras. Tanto como para venir y de un plumazo borrar todas esas porquerías
que nos venden hoy como si fueran la gran cosa, para endiosarnos y
endiosar nuestro cuerpo o nuestro orgullo. Y de paso, poner en evidencia
la gran promesa de la publicidad: hacernos creer que somos algo más que
polvo.
Publicado el 27 de
junio de 2003
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