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[FIRMAS]

El laicismo contra la democracia

Carlos Díaz

Va siendo hora de abandonar ciertos jacobinismos anacrónicos, perezosos, dañinos.

Una forma de mala voluntad democrática es el laicismo. No hay que confundir lo laico con lo laicista. Es laico lo que orienta el quehacer personal y comunitario sin remitir expresamente a Dios, pero sin negarlo tampoco, reconociendo la existencia de unos valores mínimos comunes humanos compartidos en un pluralismo no impositivo sino dialogado y argumentado, aunque los unos defiendan el origen meramente humano de dichos valores asegurando que -si Dios existe- los querrá porque son valores y otros por el contrario que son valores porque Dios los quiere. El laicismo, por el contrario, niega a todo creyente el derecho a tener cualquier opinión racional incluso en aquellos asuntos en los que el creyente es miembro de la sociedad civil, pretendiendo recluirle en la sacristía, actitud que no deja de ser paradójica cuando se ejerce tras haber urgido insistentemente al creyente para que saliese a la calle a protestar contra la dictadura y a dar la cara por las libertades.

Por una democracia dialógica

Como dice A. Cortina, «a las alturas de este siglo nada de lo moralmente exigible en los mensajes de las grandes religiones puede indigestar a cualquier no creyente que se encuentre en la etapa postconvencional de su conciencia moral, es decir, en esa etapa en que sabe distinguir entre las normas convencionales de la sociedad en la que vive y los principios morales universalistas, como puedan ser el kantiano («obra de tal modo que trates a la humanidad, tanto en tu persona como en la de cualquier otro, siempre como un fin al mismo tiempo y nunca como un simple medio»), los principios supremos utilizados por actuales pragmatistas («todos los hombres merecen igual consideración y respeto»), o el principio de la ética dialógica («una norma sólo será correcta si todos los afectados por ella están dispuestos a darle su consentimiento tras un diálogo celebrado en condiciones de simetría»). En nada puede contradecir un creyente a quien afirma que los hombres son fines en sí mismos, que merecen un trato igual, y que nadie puede decidir sobre ellos sin consultarlos, que pueda resultarle un vino 'intragable' por fuerte. Todos han aceptado ya como una gozosa conquista, el reconocimiento de la dignidad de los hombres». «Un creyente se encuentra 'en casa' en una ética cívica que defiende la libertad, la igualdad, la solidaridad, los derechos humanos de las tres generaciones y una actitud dialógica como la descrita; sólo que, desde su experiencia religiosa, son éstos los mínimos que él quiere asegurar desde los máximos: desde su vivencia de la paternidad de Dios y de la fraternidad de los hombres. Fe y razón son dos niveles distintos de exigencia, el de las premisas últimas, religiosas en el caso del creyente, y el de las conclusiones, compartidas por unos y otros por ser tenidos como valiosos, que componen la ética cívica. A estos dos niveles he llamado ética de máximos, referidas a las premisas diferenciadoras, y éticas de mínimos a las conclusiones compartidas».

Publicado el 27 de junio de 2003

 
 

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