[FIRMAS]
Ética de mínimos y ética de máximos en una democracia
dialógica
Carlos Díaz
Desde cualquier religión o incluso desde la increencia
es posible asumir racionalmente una mínima ética cívica pública. El
cristianismo, por ejemplo, no es una ética de mínimos de justicia, sino
una religión de máximos de felicidad.
Éticas de mínimos
Las éticas de mínimos
son deontológicas, pues se ocupan del deón (deber, vertiente normativa),
indagando qué requisitos mínimos deben ser universalmente cumplidos, pues
cuando tengo algo por justo no estoy expresando un sentimiento meramente
subjetivo o grupal, relativo a mi cultura o circunstancia, sino que
pretendo que lo tenga por justo cualquier ser racional que quiera pensar
moralmente, esto es, que se sitúe en condiciones de imparcialidad y de
universabilidad, válidas en todas las circunstancias, referidas a normas
universalizables que se han ido concretando en los derechos humanos,
derechos que la humanidad ha aprendido a través de la historia, a los
cuales sería ya inmoral renunciar, y que por ende son transmitidos
generacionalmente.
Éticas de máximos
Por su parte las
éticas de máximos son éticas de felicidad (agatológicas: referidas al bien
y a la autorrealización personal), pues intentan ofrecer ideales de vida
buena. Cuando tengo algo por bueno, por felicitante, no puedo exigir ni
imponer que cualquier ser racional también lo tenga por bueno, porque ésta
sí que es una opción subjetiva, aunque puedo aconsejar seguir su conducta.
En consecuencia, se trata de éticas religiosas.
Diferencias y
coincidencias
Mientras en una
sociedad pluralista los ideales de felicidad pueden ser distintos, no
sucede lo mismo con las convicciones de justicia. «Cuando tenemos algo por
justo, nos sentimos impelidos a intersubjetivarlo, a exigir que los demás
también lo tengan por justo, porque ciertamente existe una gran diferencia
entre los juicios 'esto es justo' y 'esto me conviene', pero también entre
los juicios 'esto es justo' y 'esto da la felicidad'. Si digo 'esto me
conviene', estoy expresando simplemente mi preferencia individual por
algo, y si digo 'esto nos conviene' amplío la preferencia a un grupo,
mientras cuando afirmo 'esto es justo' estoy confiriéndole un peso de
objetividad que queda más allá de las preferencias personales y grupales:
estoy apelando a modelos intersubjetivos que sobrepasan con mucho el
subjetivismo individual o grupal. Decir que 'esto hace feliz' es, por
contra, bastante más arriesgado, porque ¿quién se atreverá a decir que
esto es lo que hace felices a todos los seres humanos, aunque parte de
ellos se niegue a aceptarlo?».
¿Significa esto que en
la ciudad democrática estén de más las éticas de máximos basadas en las
religiones? No, pues «desde cualquier religión o incluso desde la
increencia es posible asumir racionalmente una mínima ética cívica
pública. El cristianismo, por ejemplo, no es una ética de mínimos de
justicia, sino una religión de máximos de felicidad. Los mínimos de
justicia le parecen irrenunciables, y se alegra por ello profundamente de
que formen parte de la conciencia moral social de nuestro tiempo; pero
tales mínimos no agotan el contenido de la religión cristiana, su viva y
rica oferta».
Es posible ser
creyente y a la vez ciudadano; fe y razón son bueyes de una misma yunta,
aunque con dos niveles distintos de exigencia, niveles autónomos, ninguno
de los cuales puede pretender absorber al otro, por eso ni la religión
puede suplantar a la moral civil, ni la moral civil puede pretender
sustituir a las religiones, jamás una ética de mínimos puede pretender ser
un equivalente funcional de la religión. Lo laico no entra en competencia
con lo religioso, porque no intenta ofrecer una idea del hombre y de la
historia desde la que iluminar la totalidad de la vida.
A su vez «en cada
grupo puede existir algún tipo de magisterio reconocido, que tenga una
especial autoridad dentro de él. Éste es el caso de gran parte de grupos
religiosos. Dado que en una sociedad hay diversas esferas y dentro de cada
una de ellas un tipo peculiar de organización, siempre que acepten el
marco de conjunto, la existencia de magisterios internos a cada una de las
esferas es perfectamente democrática. Atentan contra las posibilidades de
convivencia que ofrece una moral cívica tanto los que se empeñan en negar
a las iglesias su derecho a expresar su opinión en materia moral, como los
que creen desde una iglesia que sólo ella está facultada para dar
orientaciones morales y que el resto de las iglesias o de los grupos
sociales debería someterse a tales directrices.
Lo racional (mínimo) y
lo razonable (máximo)
Esto no signifique que
las propuestas religiosas no sean racionales, ni que la razón nada tenga
que ver con la felicidad, porque la razón humana es sentiente y el
sentimiento racional. Por eso tienen razón quienes dicen que no puede
separarse de una forma tajante entre lo justo y lo bueno, ni, por tanto,
pensar en qué cosas pueden ser exigibles a toda persona sin tener cierta
idea de qué es lo que hace felices a las personas. En consecuencia, hay
dos tipos de racionalidad, la de aquello que es universalmente exigible, y
la razonabilidad de lo que puede proponerse con pleno sentido, sin ser por
ello exigible.
Publicado el 27 de
junio de 2003
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