Tu voto construye la
casita del corazón de México
Jaime Septién
Hoy es, pues, el día señalado para que esa niña o ese
niño que nos miran esperanzados en la sombra, sepan que cuentan con
nosotros.
Éste 6 de julio los
mexicanos que tenemos edad de votar, nuestra credencial vigente y no
estamos impedidos por alguna cuestión de extrema gravedad, debemos ir a la
casilla electoral que nos corresponda para emitir nuestro deseo de un país
mejor para todos.
Convertir este 6 de
julio en una jornada de fiesta cívica. La obligación moral llevarla hasta
los límites del privilegio. Porque es un privilegio poder votar libre,
secreta y directamente. Muchos países ya quisieran tener la alternativa
tan variada que posee el nuestro. Es la hora de decidir qué deseamos para
las futuras generaciones de mexicanos. Sembrar hoy para que otros -los
hijos de nuestros hijos-cosechen mañana.
La democracia
-definida como un sistema de vida en el que se busca el bien de la mayoría
y donde la mayoría decide quién la representa-ha llegado para quedarse en
México. En buena hora. Porque la democracia, entendida desde la Doctrina
Social de la Iglesia, es la mejor forma de gobierno porque en su raíz se
encuentra el respeto a la dignidad de la persona, y el reconocimiento de
que la persona es más importante que el Estado.
Hoy tenemos que ir a
votar todos. Porque el que no vota hoy, pudiéndolo hacer, no tiene derecho
ninguno a quejarse mañana. Dejar que otros decidan por nosotros es
despreciarnos a nosotros mismos; es valorar en muy poca cosa nuestra
capacidad de influir en el desarrollo de nuestra sociedad, de nuestra
comunidad, de nuestro querido México.
El voto, por lo demás,
no agota sus posibilidades en la urna. Es apenas la primera piedra del
edificio de una sociedad más justa a la que tenemos derecho a aspirar, y
la que tenemos la responsabilidad de constituir de manera plena, para que
nuestro derecho sea respetado y nuestra familia goce de más calidad de
vida.
Es decir: el voto es
el primer paso hacia la participación ciudadana en los asuntos de la cosa
pública (la res pública o la república). A través de esa papeleta cruzada
con nuestra voluntad de vernos dignamente representados en los diferentes
niveles de gobierno, estamos haciendo patente nuestro deseo de no ser
--¡nunca más!-súbditos sino ciudadanos. Si es posible, ciudadanos de
tiempo completo.
El que ama a Dios ama
a los hombres. Y ese amor se verifica en los hechos. La urna es una llaga
abierta, la llaga de nuestra historia, que requiere del cuidado de los
mexicanos para poder sanar y hacer florecer a la Patria. Mientras haya
hambre, pobreza, abandono habrá una tarea para todos los que nos decimos
hijos de Dios e hijos de la Iglesia: la tarea de la solidaridad.
Hoy es, pues, el día
señalado para que esa niña o ese niño que nos miran esperanzados en la
sombra, sepan que cuentan con nosotros, que no los vamos a abandonar a su
suerte; que vamos a elegir a nuestros mejores mexicanos y mexicanas para
que, con ellos y ellas, cercanos a ellos y ellas, participando con ellos y
ellas y limitándolos (as) si se quieren salir del camino (“salir del
guacal” decimos aquí), guíen al país hacia el lugar que Santa María de
Guadalupe nos señaló como su casita; la casita del corazón de México.
Publicado el 4 de
julio de 2003
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