Un católico sobre
los acantilados de mármol
Fernando José Vaquero Oroquieta
El longevo escritor alemán Ernst Jünger murió
católico. Su larga y extraordinaria vida, así, coronó polémicamente. Esa
conversión, ¿fue algo súbito, comprensible ante el temor a una muerte
inmediata, o existía alguna experiencia previa que pudiera explicarla?
La figura de Ernst
Jünger
El alemán Ernst Jünger
ha sido uno de los escritores más importantes del siglo XX. Nacido en 1895
en Heidelberg, su larga vida recorre el tiempo que le tocó vivir bajo una
mirada, crítica y escrutadora, que traslada a sus novelas y ensayos.
Todavía en 1995
conservada una extraordinaria lucidez, acreditándolo en su visita a España
al ser nombrado doctor honoris causa por la Universidad de Alcalá.
Falleció a la edad de 103 años, en 1988, en la ciudad de Wilflingen.
A su condición de
escritor, debe añadirse la de botánico y entomólogo; brillante y
concienzudo en todo caso.
Algunos de sus
escritos han pasado a la historia del siglo XX, sin lugar a dudas:
Tempestades de acero, Sobre los acantilados de mármol, Heliópolis, El
libro del reloj de arena, Abejas de cristal, El trabajador, La
emboscadura, Eumeswil…
Para personas de
talante e ideología muy diversa, Jünger era una figura paradigmática. A lo
largo de su vida fue un nacionalista alemán, un elitista en todo caso, un
individualista, un “anarca”… un hombre libre, en cualquier caso.
Coqueteó con la
extrema derecha alemana en los años posteriores de la primera guerra
mundial. Admirado inicialmente por lo nazis, postergado posteriormente por
los mismos, siempre mantuvo su independencia de pensamiento y su libertad.
Ya en sus últimos años de vida, su obra fue redescubierta, en buena
medida, disfrutando del reconocimiento, por parte de un amplio público, a
la misma.
Con motivo de su
muerte, días después, saltó otro noticia encadenada: Júnger había muerto
católico. Y aquello provocó comentarios de todo tipo: se habría rendido al
final de su vida, algún desalmado se habría aprovechado…
Sin duda, no era una
noticia fácil de asimilar por un libertario, un liberal individualista, un
elitista esteta o un neofascista ilustrado; cualquiera de ellos, posible
lector fiel de la obra de Júnger.
La pregunta que esos
lectores seguidores -de una u otra faceta del escritor- se hicieron, es
legítimo que nos la planteemos también nosotros ahora. Jünger, el
irreductible, ¿se había rendido al final de sus días a la Iglesia para que
ésta le garantizara, acaso, la trascendencia ante una segura muerte?
Seguramente, los
testigos de sus últimos años de vida podrán explicar bastante al respecto.
Nosotros, sin embargo, vamos a realizar un ejercicio distinto. Algo tan
sencillo como buscar alguna pista en sus escritos que puedan explicar esa
“rendición”, que dirían sus burlones detractores, o el incipiente
reconocimiento de un acontecimiento que pudiera tener importantes
consecuencias en su vida llegado el momento, dirían otros.
De esta forma, nos
hemos acercado a una de sus novelas más conocidas, Sobre los acantilados
de mármol (1939), en la que encontramos ideas sugerentes e imágenes
atractivas que nos encaminan hacia un cierto impacto del catolicismo -o de
algún católico concreto- en la vida del autor.
Sobre los acantilados
de mármol
En la novela, su
protagonista vive, junto a su hermano Othón, en una ermita excavada en los
acantilados de mármol. Desde allí se domina visualmente Marina, un
territorio rico, de una naturaleza agradecida, dotado de monumentos
artísticos, de saber y de ciencia. Pero, desde Mauretania, el Gran
Guardabosque (Hitler, ¿acaso?), un dictador implacable, persigue acabar
con esa plácida existencia y extender un reinado de violencia y desorden.
Lo que constituía una denuncia soterrada del régimen nazi, se convirtió en
un inicial éxito, que tardaron años en descubrir en su significado real,
lo que le ocasionó ser postergado en plena guerra mundial.
El protagonista de la
novela con su estilo de vida, sin duda, encarnaba muchas de las virtudes
humanas y colectivas admiradas por el autor. Pero encontramos a otro
personaje, al que dedica casi todo el capítulo XIV, que también es objeto
de mucho espacio e indudable admiración: Lampros, un monje católico.
Curiosamente no realiza una descripción física amable del mismo, mientras
que con otros personajes, con los que también simpatiza, sí lo hace. Tal
vez, ese encuentro con la Iglesia había producido un primer impacto pero
sin todos sus efectos: acaso la semilla no estaba madura para germinar…
El padre Lampros
Después de narrarnos
cómo tuvieron conocimiento de la existencia del padre Lampros, el acceso a
su monasterio y otros detalles, nos describe al personaje pintándolo con
rasgos sombríos, aunque “no dejaba de tener cierto aspecto de alegría”. Al
conocerse, el hermano Othón emitió un comentario dirigido a la imagen de
Santa María que presidía el monasterio, mediante un piropo puramente
pagano, lo que no escandaliza al monje, agradeciéndolo. Es más “A través
de aquél y otros muchos rasgos evitaba la controversia, y su silencio
obraba de un modo más poderoso que la palabra. Y lo mismo hacía con las
cuestiones que se referían a la ciencia, en la que era considerado como
una eminencia, y evitaba tomar parte en las luchas de las distintas
escuelas. Su principio era que toda teoría referente a la historia natural
era una contribución a la génesis, pues el espíritu del hombre concibe de
nuevo la creación en cada una de sus edades, y en que en cada
interpretación anida tanta verdad como en la hoja que se marchita poco
antes de morir. Por esta razón se llamó a sí mismo Phyllobius, que
significa «Hoja entre las hojas», mostrando así una sorprendente mezcla de
modestia y orgullo, característicos en él”.
No le gustaba
contradecir a sus interlocutores, lo que era “un signo más de su extrema
educación, que en él alcanzaba un gran refinamiento. Y como siempre
resultaba él el superior, hacía como si aceptara las palabras de su
interlocutor y se las restituyera luego, confirmándolas en un sentido más
elevado”. Además “revelaba la cortesía que se cultiva en las mansiones
patricias y cuyo uso se convierte a veces en una segunda y más sutil
naturaleza. Y también revelaba cierto orgullo, pues el espíritu
acostumbrado a dominar posee un juicio firme sobre el que descansan las
opiniones.” No en vano portaba un anillo con un escudo cuya leyenda decía
“Espero en paz”, en lo que se advertían esas dos características de su
carácter: “la modestia y el orgullo”.
Pero ese respeto al
interlocutor también se proyectaba en el trabajo, no únicamente en la
conversación, pues “teníamos la impresión de que el Padre Lambros, de una
manera natural y sin la menor vanidad de autor, tomaba parte activa en
nuestra obra. No solamente poseía un vasto conocimiento acerca de muchos
fenómenos, sino que también sabía suscitar estos instantes privilegiados
en los que el sentido de nuestro trabajo parecía iluminarse de pronto”.
De esta forma, con
tales cualidades, “el padre Lambros gozaba de gran consideración entre los
católicos, muchos de los cuáles iban a él movidos por la esperanza de
encontrar consejo y consuelo a sus tribulaciones. Y no solamente era
querido entre los católicos, sino que también era estimado entre aquellos
que únicamente creían en los doce dioses y entre aquellos otros que venían
del norte, donde, en las grandes salas y en los cercanos bosques sagrados,
se veneran los ases de la baraja. Y a todos ellos, cuando se acercaban a
él, procuraba el padre consuelo, aunque no de manera sacerdotal. Hermano
Othón, que conocía muchas clases de templos y de misterios, decía a menudo
que lo más maravilloso de aquel espíritu era el modo con que había podido
aliar tal grado de conocimientos con la estricta observancia de la regla”.
Esa vida en el
monasterio, centrado en sus estudios, la oración y la atención a los
peregrinos, no era impedimento para que permaneciera informado de los
sucesos de su entorno hasta el punto de que “los acontecimientos que se
sucedían no tenían ningún secreto para el padre Lampros. Él era quien, sin
duda alguna, veía aquel juego con más claridad que nadie, por lo cual nos
sorprendió que su existencia monacal no variara lo más mínimo. Más bien
parecía que todo su ser se iluminaba de una alegría más pura y más fuerte
a medida que el peligro se iba aproximando”.
Sin embargo, esa
reclusión voluntaria tras los muros de su convento, no le impedía ser
consciente de los peligros que se cernían sobre sus vecinos y amigos. Es
más, ese modo de vida le permitía una objetividad que carecían otros,
hasta el punto de que “El padre Lampros, que vivía como en un sueño tras
los muros del convento, era seguramente el único que tenía una noción
exacta de la realidad”. Siendo, la suya, además, una preocupación
altruista, ya que aunque “despreciara la seguridad para sí mismo, el caso
es que siempre mostró un gran interés por nosotros”.
Unas reflexiones
finales.
En otros apartados del
libro vuelve a figurar este personaje, central para entender la trama de
la novela y el valor arquetípico de los distintos modelos humanos que por
la misma desfilan; muriendo en su convento, casi al término de la
narración, dócil y plenamente consciente de lo que ocurría, en una escena
cargada de simbolismo.
El padre Lampros, su
abadía, sus conocimientos, su temperamento y su estilo de vida, provocaba
una viva simpatía en el protagonista de la novela, atribuyéndole
-seguramente- aquellas virtudes que causaban admiración y respeto en
Jünger: conocimiento, autodominio, orgullo, sencillez, plenitud, fidelidad
a una regla…
No podemos pensar que
esta figura novelesca fuera elaborada casualmente. El padre Lampros
significaba, seguro, mucho. Todo indica que algún encuentro le habría
acontecido a Ernst Jünger, marcándole, aunque entre sus efectos no
resplandeciera, de forma inmediata, la certeza de una fe que, sin duda, le
acompañó, virilmente, al final de su larga vida.
Arbil, anotaciones de
pensamiento y crítica, Nº 70, junio de 2003.
Publicado el 4 de
julio de 2003
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