Sin criterio propio
Víctor Corcoba Herrero
Cada día son más las personas que se venden al mejor
postor y no al mejor pastor. Nada les importa. Entran al trapo igual que
un toro en una noche de luna clara. Las palabras dichas no tienen valor
alguno.
Hoy digo una cosa,
mañana otra. Da igual pasar del blanco al negro o cegar de un ojo si el
vecino ciega de los dos. La lógica racional no cotiza. Ni el sentido
común. Y menos el criterio propio. De estas mezquinas actitudes, se deriva
una verdad: la renuncia a ser. Abandonados a nosotros mismos, como un
objeto en rebaja, se nos compra con dinero. Hemos perdido el norte en
tantas cosas, que apenas valemos unos euros. Tras el cheque todo se
permite. Que te hagan llorar. Que te insulten. Y hasta escupir he visto en
un programa de la tele, de esos que airean vidas, tan de moda hoy. El ser
humano no puede caer tan bajo -eso me digo-, pero observo que cada día
vive más en el pozo del absurdo. Sin criterio propio, con los brazos
cruzados, a la espera de unas migajas. Cuando el ser humano ha de tener su
propio criterio y huir de la tentación de confiar en los compradores de
vidas. La existencia de cada cual es demasiado importante para ser moneda
de letra y cambio. El ser humano no puede ser devaluado a la esfera de lo
material. No se pueden consumir seres humanos como pitillos de tabaco.
Es necesario vivir y
dejar vivir. Potenciar la cultura de la vida. Quererse a uno mismo para
querer a los demás. Interiorizarse sin pensar en tanta exterioridad y en
aparentar otra cosa, que a lo mejor, ni vale la pena. Donarse antes que
endeudarse, por más que las entidades crediticias nos tienten con
préstamos a la espera de una firma. Compartir tartas antes que partirse a
tortas. Consolar antes que asolar. Construir antes que destruir. Decidirse
por esta propuesta no es una apuesta fácil. Lo sé. Somos frágiles. Pero es
una forma de saciarse gozosa. Aquel que la cultiva repite. Cultivarse debe
ser un afán y un desvelo para que la vida de cada hombre, por el hecho de
serlo, sea cada vez más humana, la cual no ha de limitarse solamente a la
visión biológica, psíquica, o social, también a otra cuestión de suma
trascendencia, la de la dignidad plena, que es un pleno derecho. Todavía
hemos de dignificar la dignidad. Para empezar, propongo, quitar algunos
anuncios publicitarios. Ciertamente, el ser humano no es un objeto, y se
afirma cuánto más generosamente se entrega. Pero no a cambio de euros.
El arte de pensar con
criterio, pauta de salud mental, no se aprende tanto con reglas como con
modelos. Lo que sucede es que los tipos que la sociedad hoy nos mete por
los ojos, carecen de principios, son groseros y extravagantes, chabacanos
y presumidos, sin estilo alguno. Si hiciésemos un acto de reflexión, que
ya no lo hacemos porque ya no tenemos ni tiempo para nosotros mismos,
quizás no nos reconoceríamos. Nos hemos perdido. O abandonado. Conocernos
a nosotros mismos puede ser un buen propósito de verano, para tomar buen
criterio, que tal como está el patio, no es cuestión fácil. La cultura que
el hombre, como sujeto que es, forja con sus distintas acciones, para bien
o para mal, generan efectos y afectos; de ahí, la importancia de un
universo cultural que fomente el discernimiento, para conseguir un justo
criterio, estructurado según valores fundamentales.
No resulta fácil
entender comportamientos de personas, que dicen apostar por un mundo
mejor, y luego sus andanzas son de lo más salvajes. Se manifiestan
violentamente. Lo rompen todo. Operan en manadas y como borregos. Aunque
sean titulados universitarios. La abundancia de ideas no siempre lleva
consigo la claridad y exactitud del pensamiento, el proceder con sano
juicio. Existe en la atmósfera diaria demasiada mentira. La misma
televisión es una gran mentira. Conducirse con criterio, es un medio para
conocer la verdad, la que tanto nos quieren ocultar los poderosos.
Ya lo decía mi
profesor de filosofía, la verdad en el entendimiento es conocer las cosas
tal como son. La verdad en la voluntad es quererla como es debido,
conforme a las reglas de la sana moral. La verdad en la conducta es obrar
por impulso de esta buena voluntad. Por eso cuesta tanto entenderse.
Consensuar posturas. Dialogar con aquel que no tiene nuestras mismas
ideas. Nos falta la sensatez. El pensar bien consiste: o en conocer la
verdad o en dirigir el entendimiento por el camino que conduce a ella. ¿De
qué sirve discurrir con sutileza, o con profundidad aparente, si el
pensamiento no está conforme con la realidad? ¿O si nos dejamos mover como
marionetas? El buen pensador, el que tiene criterio propio, procura
analizarlo todo. No se deja mangonear porque sí. Y al final del tiempo, el
juez más justo, apunta hacia esa persona que siempre ha actuado con
criterio propio, dejando una estela de seguidores plenamente satisfechos.
La coherencia llama al orden, con entero asentimiento: “sí, es verdad,
tenía razón”.
Publicado el 3 de
julio de 2003
|