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Los brazos cruzados

Adolfo Carreto / AVMradio.org

“Para que el mal triunfe, sólo hace falta que los buenos se queden de brazos cruzados”.

Lo han dicho un grupo de obispos africanos en una valiente Carta Pastoral: “Para que el mal triunfe, sólo hace falta que los buenos se queden de brazos cruzados”. Esto refleja el ambiente de escepticismo reinante en la gran masa de la población mundial, escepticismo creado por el auge que van tomando los desajustes sociales y que repercuten sobre todo en las masas Como si una especie de losa fantasmal amenazara insistentemente con aplastar cualquier intento por salirse de ese anonimato de la resignación. En Venezuela, este escepticismo es más que evidente. Para remediarlo se necesitan con urgencia signos que inciten a la esperanza, no a la desesperación.

Todo el proceso de secularismo ha llevada a la catástrofe de la increencia. No solamente a la pérdida de fe en lo Absoluto sino a la desconfianza hacia lo más concreto de nuestra existencia social. Ya no es el Más allá lo que está en quiebra dentro de la mentalidad secularista sino el más acá. Ya no es la desconfianza en el futuro lo que ha entrado en el reino de la indiferencia sino la desconfianza que obliga a vivir el presente. La pérdida de la fe es total: en lo absoluto y en lo relativo.

Asusta, evidentemente, escuchar a personalidades de probada honestidad y de prestigio ganado en buena lid llegar a estas conclusiones. Y asusta que se diga que, dentro de este estructurado mundo de insatisfacción, los buenos, que son los más, nada pueden hacer contra los malos, que son los menos. ¿Será cierto que, de verdad, nada puede hacerse. ¿Será cierto que lo único que cabe es la resignación forzada y el forzado desinterés por lo que acontece en la vida social?.

Quizá la clave esté en esta apreciación de los obispos africanos: “Para que el mal triunfe, sólo hace falta que los buenos se queden de brazos cruzados”. Porque esta es la táctica de todo poder estructurado bajo el signo de la corrupción: lograr que la conciencia social entre en un estado de modorra colectiva.

El mayor truco del mal es hacer creer que está por encima del bien, y que no hay atajo posible para frenarlo. Si resulta difícil desmontar las estructuras que lo auspician, la dificultad no puede convertirse en impedimento, en imposible. Habríamos absolutizado el reino del absurdo y habríamos caído en las garras del mal como esencia.

Cabe perfectamente, entonces, predicar una ética de la esperanza, no del derrotismo. Una ética que han resumido los obispos africanos en la obligatoriedad de los buenos de oponerse al mal y a todos sus circunstancias: para que el mal no triunfe es necesario que nos buenos no se queden con los brazos cruzados.

Publicado el 1 de julio de 2003

 
 

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