Las guerritas de los
abuelos
Alejo Fernández Pérez
Vivid vuestras vidas, pero dejadnos vivir las
nuestras. Necesitamos muy poco: basta con que respetéis nuestras absurdas
costumbres, nuestros silencios y descansos, nuestro sitio y silla en la
mesa, y que reprimáis vuestros deseos de gruñirnos cada vez que nos
equivoquemos, algo cada día más frecuente.
Todo empezó en una
panadería. En la cola del pan dos ancianos jubilados esperan. Llega un
tercero y se le ocurre preguntarles por sus hijos y nietos. Ahí empezó
Troya. Se veía que la cosa estaba caliente.
Esos chupones, siempre
pidiendo, exigiendo y abusando de sus padres y abuelos sin que nos dejen
ni un ratito para nosotros: “Papá, aquí te dejo a los nenes , que vamos a
una fiesta. Vendremos tarde. Si veis que nos retrasamos les dais la cena y
los acostáis”
La conversación siguió
por los mismos derroteros.
“Pero hombre, algo
bueno tendrán, digo yo”.
“Claro que lo tienen,
responde uno, yo quiero y no puedo vivir sin mis hijos y nietos; solo que
ellos no se dan cuenta de que nuestro cuerpecito serrano no es capaz de
aguantar a esos enanos revoltosos más de una hora seguida: siempre
gritando, peleándose, y sin que podamos hacer más que estar pendientes de
ellos. No hay quien coma tranquilo, no hay forma de echarse la siesta, y
cuando al final nos vamos a la cama, llegamos rendidos”.
Lo cierto es que para
los ancianos (Digo ancianos y no esa bobada de “tercera edad”) la vida no
es fácil a esas edades: achaques, enfermedades, soledad, manías, …Me
refiero a los ancianos con salud y mente aceptables, a personas que pueden
valerse por sí mismas, y con una familia normal. Otra cosa son los
ancianos que van perdiendo la memoria, la vista, el oído,…y el buen humor
creando a su alrededor una atmósfera irrespirable, y un purgatorio que se
puede prolongar durante muchos años. Son ocasiones en que el amor y la fe
en Dios pueden transformar el sufrimiento en una fuente de dicha, como
bien saben los religiosos consagrados a los enfermos. La solución, la de
siempre: “Amar al prójimo como a sí mismo”, no como al vecino de al lado;
porque quien no se ama a sí mismo ¿Cómo va a amar a los demás?.
Por tanto, bienvenido
sois y seréis siempre a casa de vuestro padres y abuelos, pero cuando
observéis que a estos les empiezan a faltar las fuerzas, no les carguéis
demasiado las alforjas.
Yo quiero vivir mi
vida, se justifica uno.
Muy bien hijo, pero
con tu dinero y en tu casa, no con el mío y en mi hogar. Vivid vuestras
vidas, pero dejadnos vivir las nuestras. Necesitamos muy poco : basta con
que respetéis nuestras absurdas costumbres , nuestros silencios y
descansos, nuestro sitio y silla en la mesa, y que reprimáis vuestros
deseos de gruñirnos cada vez que nos equivoquemos, algo cada día más
frecuente.
No olvidemos que la
paga de jubilado tiene que alcanzar para que algunos hijos puedan seguir
estudiando, para mantener a los parados, a los que aun no se han
independizado o casado , para poner muchos días la mesa a todos ellos con
sus parejas y nenes. Todo eso se consigue malamente a fuerza de no gastar
los ancianos en sí mismo ni un euro, lo que se hace con mucho gusto, pero
conste que no les llega.
Los abuelos recibimos
con alegría y con emoción a nuestros hijos y a esos pequeños truhanes que
son nuestros nietos. Cuando les aflige algún problemas, desaparecen
inmediatamente los nuestros. ¡ Cuan cierto es que los problemas propios
desaparecen cuado empezamos a preocuparnos por los problemas de los demás!
Pero a los ancianos también nos gustan esos pequeños detalles que, sin
costar un céntimo, hacen la vida amable y humana: recibir, de vez en
cuando, una botellita de vino, unas flores para la abuela, una alabanza al
buen hacer de la cocinera – Que raramente se alaba el trabajo del hogar,
pero que pocas veces se deja pasar sin crítica el que sale mal- Tampoco
pasaría nada si nos permitieseis ver nuestro programa preferido en la TV
un día a la semana. No esperamos un jamón de pata negra, pero mirad,
tampoco os haríamos el feo de rechazarlo. Obras son amores y no sólo
buenas razones, besitos y carantoñas.
Cualquier hijo que
trabaje, sobre todo si está soltero, gana más que sus padres jubilados.
Está en casa a pensión completa, normalmente, sin aportar un euro, todo su
dinero se lo gasta en sí mismo; raramente tiene uno de esos gestos de
finura que tanto se agradecen, y con los que se queda como un rey. Para
tener esos gestos hay que entrenarse.
La naturaleza ha
dispuesto que una madre sea para diez hijos y que diez hijos no sean,
necesariamente, para una madre. Y el mundo marcha bien así. En gran medida
los padres somos responsables de la poca o nula ayuda que prestan los
hijos en el trabajo del hogar. Generalmente, por un cariño mal entendido,
no se permite a los hijos que ayuden , privándoles de un medio formativo y
de comunicación familiar de extraordinario valor. Sin embargo, Algo está
cambiando en las nuevas generaciones.
Cierto que para una
madre los hijos son lo primero. Para el padre lo primero es su trabajo.
Olvidamos, sin embargo, que ser lo primero no significa ser lo único. El
trabajo de la mujer criando sola uno o más niños pequeños , durante las
veinticuatro horas al día, puede ser muy gratificante, pero también
agobiante y duro, muy duro. Si no le damos comprensión y ayuda no será
raro que alguna vez pierda los nervios. Quien no trata a sus familiares y
amigos con el mismo respeto, corrección y atenciones que utiliza para los
extraños, se expone a perder, sin darse cuenta, el mayor de los tesoros: a
los familiares y a los amigos. Hay mucha gente muy fina con los extraños y
muy grosera con los de su propia casa. La “buena educación” también es
exigible en el trato con los abuelos, con la esposa, con el marido y con
los hijos; no sólo con los amigos y vecinos. La buena armonía en la
familia o se cuida o se seca, como se secan las plantas que no se riegan.
Quien fracasa con su familia, fracasó en su vida.
Madres y abuelas son
esos seres extraterrestres que de verdad “aman a sus hijos más que a sí
mismas “ Nunca se quejan, todo lo soportan, todo lo justifican, viven para
los demás, apenas si piensan en ellas. Dicen: “Esto para mi niña. Esto
para el pequeñín, esto le irá muy bien a tu casa. Iros que yo haré la
comida y cuidaré a los niños “. No existen abusos, no hay malas caras. Son
ángeles del cielo camuflados. Y todavía, a ninguna se le ha dado la Cruz
Laureada de san Fernando por su lucha de amor en esta guerra diaria, a
pesar de estar ganando las batallas más trascendentes y duras de cada
época.
Frecuentemente, los
hijos casados pasan con sus retoños el día en casa de los abuelos. Los
solteros y los parados lo hacen diariamente. Vienen a mesa puesta, ayudan
poco o nada, exigen que les cuiden los nenes, dejan la casa como un campo
de batalla- papeles por el suelo, la cocina patas arriba, todo sucio y
revuelto- . Llegada la hora, se montan en el coche, dicen adiós y ¡ ahí
queda eso!. Los abuelitos o los padres a recoger, limpiar y ordenar, entre
tanto oyen una voz que se aleja: “Mamaítaaa, volveremos el fin de semana.
Besitos a todos” . Mientras tanto, los abuelitos caen en las butacas
agotados ,y en la TV., los del Río cantan: “Dale alegría a tu cuerpo
Macarena…”
Publicado el 1 de
julio de 2003
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