Galopantes
discriminaciones
Víctor Corcoba Herrero
Resulta penoso observar que el principio de la
igualdad formal reconocido constitucionalmente, concebido como una simple
abolición de privilegios, sufre ciertas fiebres de indiferencia, al no ser
considerado como tal, olvidándose ese trato igual, tan necesario para
convivir.
Nos dicen que la gran voz de nuestro tiempo, y para
todas las atmósferas, debe ser la solidaridad. Además hemos de
globalizarla. Porque todos somos iguales, o sea, seres humanos. Nos hablan
de una sociedad equilibrada, en equidad. Y a resultas de lo que se vive en
la calle, se advierte un mundo de contrariedades. Claro, esto ocasiona
unos efectos, no caracterizados por el afecto. Ya se sabe, la
discriminación, increpa. Los Juzgados no dan abasto a recibir denuncias de
los ciudadanos que fundamentan el atropello en la violación de la igualdad
desprovista de una justificación objetiva y razonable. Ciertamente, nos
dibujan una democracia sin discriminaciones de género, etnia, razas, o
culturas; en armonía. En suma, nos transmiten un mensaje de bienestar, que
no es real para muchos ciudadanos. Y no me consideren un pésimo pesimista.
Sólo hay que salir a pasear y saber mirar a los ojos, espejo del alma.
El principio de igualdad que tanto vociferamos, y en
justicia debemos conseguir que se cumpla desde la universalidad de la ley,
no es otro que el mensaje del amor entre los seres humanos, ya refrendado,
por cierto, en el Antiguo y el Nuevo Testamento, donde se insiste: “Ama a
tu prójimo como a ti mismo”. Ninguna propuesta, pues, ni la
constitucional, ni la religiosa, se ha pasado de moda. Por el contrario,
hemos de afianzarlas. A juzgar por estadísticas, y resoluciones
judiciales, han aumentado las desigualdades y las discriminaciones, aunque
se nos llene la boca de que todos somos iguales ante la ley y de que no ha
de prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo,
religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o
social. Los afectados siempre son los mismos. Qué casualidad. Los más
débiles, los menos dotados, los menos amparados.
La igualdad, la no discriminación, es una condición
específica de los demás derechos y libertades. Algunos políticos se
apresuran a regarnos los oídos. Por ejemplo, nos dicen, que disminuye el
paro. Sin embargo, olvidan, que tener trabajo, reconocido además como
derecho y deber, no siempre es garantía contra la pobreza y la indigencia.
Se dan discriminaciones a diario, por desgracia, que humillan la dignidad
humana. Baste pensar, por aquello de tener varias sentencias en mi mesa de
trabajo, en cómo a menudo es penalizado, más que gratificado, el don de la
maternidad, al que la humanidad debe también su misma supervivencia.
¿Dónde está el apoyo a la familia?. ¿Para qué sirven tantas ventanillas o
concejalías de apoyo a la unidad familiar?. Quizás, si se me permite, no
lo entiendo de otra manera, para colocar a más políticos. En verdad, aún
queda mucho por hacer para que el ser mujer y madre no comporte una
discriminación. Es urgente alcanzar en todas partes la efectiva igualdad
de los derechos de la persona y por tanto igualdad de salario respecto a
igualdad de trabajo, tutela de la trabajadora-madre, justas promociones en
la carrera, reconocimiento de todo lo que va unido a los derechos y
deberes del ciudadano en un régimen democrático.
A mi juicio, la galopante discriminación e intolerancia
que padecemos en los últimos tiempos, se encuentra en los prejuicios y en
la ignorancia, fruto de una educación equivocada e insuficiente. Nada
humanista. Por ello, de no atajar los programas educativos, se acrecentará
la exclusión. Se necesita urgentemente que se imparta una enseñanza al
servicio del ser humano y de todo ser humano. El mundo se queda pequeño.
Las migraciones van en aumento. Es lógico. Ahora bien, hace falta educar,
para que el reencuentro no genere rechazo, ni violencia. Necesitamos
comprensión y crear un espíritu de entendimiento, que no revierta en
discriminación, con vista a la fraternidad de la familia humana.
Pero la familia humana no es familia si sufre repulsa y
desprecio. Y así, en tantas ocasiones, no se tienen en cuenta sus derechos
cívicos ni laborales, ni se valora su riqueza cultural. Como consecuencia
de todo ello, se pretende su asimilación plena a la cultura del país
receptor sin tener en cuenta sus características peculiares o pasan a
engrosar la lista, de quienes integran la economía sumergida, olvidando su
dignidad y sus derechos. Hemos de crecer en hospitalidad. Cuestión que nos
obliga a no discriminar a nadie; una acogida que reclama de nosotros la
solidaridad y la generosidad compartiendo nuestros bienes con el
necesitado y nos impulsa a vivir la justicia y la concordia en doquier
lugar. La no discriminación imprime un níveo verso: aquí no sobra nadie,/
nos necesitamos todos de todos.
Publicado el 8 de julio de 2003
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