A sangre fría
Un robo que por pequeño que parezca, te deja vacío, a
merced y sin fuerza para reaccionar.
Me dio tiempo de mirarlo de frente: no tenía cara de
malo. Tampoco tenía cara de hambre, es la verdad. Se acercó como quien se
acerca a pedirte un cigarrillo o preguntar la hora. No tenía cara de bueno
ni de malo, por lo tanto, no me asustó cuando dijo: “Señor, señor...”. Mi
esposa sí se asustó. Llevaba la chiquilla en brazos y se lo noté ahí
mismo, en los ojos, intentó pegarse a mi, pero esos quince años amorfos,
ni buenos ni malos, se interpusieron: “Señor, no va a pasarle nada a la
señora; nada si nos da el anillo”.
Ya eran dos. El otro, también de quince, hacía guardia.
Mi esposa tendió la mano, esforzándose para que la niña no se cayera. Me
aventuré: “Es el aro de matrimonio”. No me asaltó en aquel momento la idea
de que el robo desconoce los valores sentimentales y los signos de la
unión. No se trataba de joyas. No se trataba de ostentación femenina. Era
un aro de matrimonio sin otro valor que ese: la unión.
El anillo se negaba a salir. El de quince, que ya se me
antojaba malo de verdad, insistía con una fuerza que no conocía la
delicadeza: “Te agradezco que no le hagas daño”, le dije. El, con un pasmo
frío, calculado, tranquilo, sin asomo de condescendencia, insistió: “No se
preocupe; a su esposa no le pasará nada si no opone resistencia”. Se lo
llevó.
Fue un robo. Un sencillo robo, pero robo al fin. Un
robo tan “delicado” que hasta una pareciera obligado a dar las gracias al
ladrón. Un robo, sin embargo, que por pequeño que parezca, te deja vacío,
a merced y sin fuerza para reaccionar.
Luego echas el cuento y el comentario es el mismo:
“Puedes dar gracias de que no te hicieran nada. Porque esa gente va
armada”. Después uno piensa que el hombre del común es un ser desarmado,
que anda por la acera de la vida sin protección; quiero decir, fiado en su
libertad, confiando en su prójimo, confiado de su vida. ¡Y esclavo de esa
confianza!.
Dicen que la libertad es un derecho y dicen también que
alguien tiene el deber de velar por ese derecho ciudadano. Dicen que hay
leyes para ello. Todo eso dicen. Pero yo les digo que aún el atraco más
insignificante te deja como desnudo de dignidad. Eso es lo que te han
robado: la dignidad.
Publicado el 9 de julio de 2003
|