Los enviados de Dios
Asusta cuando un humano se autoproclama enviado de
Dios. Da que sospechar que tal apropiación de la “designación divina” no
es más que la usurpación de lo absoluto.
Por estas tierras, semejante tentación la han tenido y
la siguen teniendo muchos políticos. En su momento se designaron
representantes de la divinidad Ríos Mont, Pinochet, Stroessner, Noriega.
En este momento es el venezolano Hugo Chávez quien siempre anda con dios a
cuestas para autoproclamarse el designado. Dios y poder. Dios y dictadura.
Lo curioso es que todos estos “iluminados” en línea directa por la
divinidad son de extracción cristiana
Hasta finales del siglo XIX, el concepto de absoluto
servía para cerrar el sistema del pensamiento o, como afirma F.
D’Agostino, “para dar un fundamento último que hiciera posible pensar lo
real”. El “Dios de los generales” parece ser el fundamento último para el
ejercicio del poder sin la traba de lo relativo. Lo que constituye una
clara oposición a esa ideología de nuestro tiempo, que ha logrado
aniquilar del entorno cualquier cosa que huela a absoluto para entronizar
el culto a lo relativo. Pareciera que no nos queda más remedio que
deambular de un extremo a otro. Y siempre los extremos son los que
entorpecen la convivencia
Es de sobra conocido cómo en nombre de Dios se han
perpetrado crímenes horribles, individual y socialmente. Porque, en esta
disyuntiva del quehacer divino a través de los tiempos, se puede partir de
dos fenómenos: desde la creencia de que en mi proceder, Dios está conmigo,
y eso lo justifica todo, y desde la creencia de que mi proceder debe estar
sujeto a los dictados divinos. La primera posición implica rebajar a Dios
a las personales decisiones humanas; la segunda incluye aupar el proceder
humano a los requisitos del proceder divino. Y no es poca la diferencia.
¿Quién convence a Chávez de que él no es el enviado de
Dios y, por lo mismo, carece de autoridad para dictar cuanto capricho se
le antoje?. Aquella inquisición que se dio en su tiempo ha adquirido en
esta época matices más perversos. Se mire como se mire, cualquier
autoproclamado enviado de Dios se convierte en inquisidor, ya que ha
usurpado un poder absoluto que no le pertenece. Y de inquisidores está
repleta la historia de la humanidad. También la actual.
Quizá estemos de nuevo ante la tentación inicial:
“Seréis como dioses”. Una tentación que alumbra a no pocos falsos
salvadores que aseguran, según apunta el moralista Navone, “que poseen la
panacea de todos los problemas humanos a condición de que estemos
dispuestos a seguir sus ejemplos, y seducen al pueblo prometiendo una
sociedad utópica con un lenguaje que enmascara su sed de dominio!. Hay que
temer a estos enviados de Dios.
Publicado el 9 de julio de 2003
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