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Los enviados de Dios

Adolfo Carreto / www.avmradio.org 

Asusta cuando un humano se autoproclama enviado de Dios. Da que sospechar que tal apropiación de la “designación divina” no es más que la usurpación de lo absoluto.

Por estas tierras, semejante tentación la han tenido y la siguen teniendo muchos políticos. En su momento se designaron representantes de la divinidad Ríos Mont, Pinochet, Stroessner, Noriega. En este momento es el venezolano Hugo Chávez quien siempre anda con dios a cuestas para autoproclamarse el designado. Dios y poder. Dios y dictadura. Lo curioso es que todos estos “iluminados” en línea directa por la divinidad son de extracción cristiana

Hasta finales del siglo XIX, el concepto de absoluto servía para cerrar el sistema del pensamiento o, como afirma F. D’Agostino, “para dar un fundamento último que hiciera posible pensar lo real”. El “Dios de los generales” parece ser el fundamento último para el ejercicio del poder sin la traba de lo relativo. Lo que constituye una clara oposición a esa ideología de nuestro tiempo, que ha logrado aniquilar del entorno cualquier cosa que huela a absoluto para entronizar el culto a lo relativo. Pareciera que no nos queda más remedio que deambular de un extremo a otro. Y siempre los extremos son los que entorpecen la convivencia

Es de sobra conocido cómo en nombre de Dios se han perpetrado crímenes horribles, individual y socialmente. Porque, en esta disyuntiva del quehacer divino a través de los tiempos, se puede partir de dos fenómenos: desde la creencia de que en mi proceder, Dios está conmigo, y eso lo justifica todo, y desde la creencia de que mi proceder debe estar sujeto a los dictados divinos. La primera posición implica rebajar a Dios a las personales decisiones humanas; la segunda incluye aupar el proceder humano a los requisitos del proceder divino. Y no es poca la diferencia.

¿Quién convence a Chávez de que él no es el enviado de Dios y, por lo mismo, carece de autoridad para dictar cuanto capricho se le antoje?. Aquella inquisición que se dio en su tiempo ha adquirido en esta época matices más perversos. Se mire como se mire, cualquier autoproclamado enviado de Dios se convierte en inquisidor, ya que ha usurpado un poder absoluto que no le pertenece. Y de inquisidores está repleta la historia de la humanidad. También la actual.

Quizá estemos de nuevo ante la tentación inicial: “Seréis como dioses”. Una tentación que alumbra a no pocos falsos salvadores que aseguran, según apunta el moralista Navone, “que poseen la panacea de todos los problemas humanos a condición de que estemos dispuestos a seguir sus ejemplos, y seducen al pueblo prometiendo una sociedad utópica con un lenguaje que enmascara su sed de dominio!. Hay que temer a estos enviados de Dios.

Publicado el 9 de julio de 2003

 
 

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