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El signo de la esperanza

Adolfo Carreto / www.avmradio.org 

No puede ser doctrina cristiana aquella que predica el derrotismo.

El mensaje cristiano tiene su base en la escatología, esto es, en la consecución de las realidades últimas, de la salvación definitiva. No se trata de una utopía sino de una esperanza fundada en la certeza de que la salvación es posible. Certeza avalada por la fe.

Por eso, el discurso del creyente, a la vez que coincide en muchos aspectos con el anhelo de lo utópico, a secas, lo trasciende, ubicándolo mucho más allá de donde se termina un proyecto meramente humano. Como afirma el teólogo Piana, “la escatología cristiana destruye por ello la presunción de la utopía, estableciendo una relación crítica con los diversos proyectos históricos elaborados en su nombre”,

Los obispos centroamericano precisaron el sentido de la esperanza cristiana, proyectada hacia sus pueblos. “Es cierto que muchos problemas nos agobian, pero debemos levantar la cabeza y, caminando bajo el signo de la esperanza, enfrentarnos a ellos con decisión, conscientes de que Cristo, el Señor de la historia, nos permita superarlos, haciendo que el amor triunfe finalmente sobre el odio, la paz sobre la guerra, la justicia sobre la injusticia y la libertad sobre todo tipo de dominación.

Se trata de un mensaje ciertamente radical, que conlleva la exigencia ineludible de la construcción de la sociedad terrena para poder optar a las definitivas realidades últimas. Para ello, ciertamente, es imprescindible realizar un diagnóstica de la situación, esto es, determinar cuáles son los signos negativos de nuestro tiempo y cuáles las causas que los provocan y los perpetúan.

En lo social, los signos negativos están signados por la delincuencia común y por la delincuencia de estado, por la violencia, el narcotráfico, el terrorismo, la guerra “con su secuela de odio, sangre, muerte y destrucción que sigue enlutando a la familia social de este continente. Ante este panorama tan ennegrecido pareciera imposible pensar en la esperanza. Porque, como anotan los señores obispos, “nos consta que nuestros pueblos están cansados de tanta violencia, porque la guerra, lo único que ha producido hasta ahora son miles de madres que lloran la muerte de sus hijos, de viudas y de huérfanos que gimen en la más degradante miseria” Y, sin embargo, hay que seguir predicando que la construcción de un mundo mejor es posible. Pero, eso sí, siempre que se trabaje para que el amor entierre al odio, la paz se aúpe sobre la guerra, la justicia campee sobre la injusticia y la libertad sobre todo tipo de dominación. Aún no se ha cerrado el capítulo final de la historia.

Publicado el 9 de julio de 2003

 
 

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