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Entre patos…

Javier Menéndez Ros

Se la estreché mirándole a los ojos mientras pensaba que borracho, loco o lo que fuese, Dios estaba en él.

Ayer, por una de esas providencias de Dios, que ahora gustan llamar casualidades, me fui a correr con un amigo mío hora y media mas tarde de nuestra hora habitual, en el descanso de la comida. Desde el corazón de los negocios de Rotterdam hasta el maravilloso parque de Kralingen tan sólo se tarda 13 minutos corriendo y allí, alrededor de un precioso lago navegable, podemos correr a nuestras anchas respirando aire puro.

Y asi, entre charla y charla, entre corre y corre, llegamos a las inmediaciones de un bonito canal, ya cercano al parque. Multitud de patos con sus pequeñísimas crías nadaban a sus anchas. El día era luminoso, uno de esos días en que Holanda se viste de fiesta y el sol gusta engalanar con sus mejores tonos al verde de la hierba y a los colores de las flores.

De repente, dos señores mayores asomados a un puente, nos señalaron con sus dedos hacia el canal mientras nos decían algo en holandés. No hace falta entenderlo para comprender que un hombre de gran corpulencia estaba en el agua del canal haciendo grandes esfuerzos por no ahogarse. Tardé unos segundos en analizar si el hombre en cuestión estaba de broma o si estaba loco, pero enseguida vi que estaba en serio peligro pues tragaba agua y no parecía capaz ni de mantenerse a flote. Inmediátamente me quité las zapatillas y me eché al canal, donde imagino que los patos se quedarían extrañados de lo concurrido que estaba aquel día. Sostuve al hombre a flote con gran esfuerzo, pues pesaba lo indecible y no colaboraba en exceso al rescate. Le arrastré hasta la orilla como pude y allí mi amigo me ayudó a sacarlo para poder tumbarle sobre la hierba.

Pronto se empezó a arremolinar gente que pasaba por allí, sobre todo mujeres musulmanas del barrio. El hombre tenía un aspecto horroroso: los ojos totalmente enrojecidos, babeaba, sucio por el agua del canal, pero no parecía que hubiese tragado demasiada agua. Según nos iban traduciendo parece que estaba echando migas de pan a los patos, y por uno de esos misteriosos efectos del exceso de alcohol, el hombre acabó comprobando que su flotabilidad distaba mucho de ser la misma que la de sus amigos navegantes.

Entre toses se dirigió a mi y me dio las gracias. Me dijo su nombre: Jakob, y me extendió su mano. Se la estreché mirándole a los ojos mientras pensaba que borracho, loco o lo que fuese, Dios estaba en él . Otros se habían quedado mirando, a mi me había permitido echarle una mano.

Alguien llamó a una ambulancia y, dejando atrás el eco de la sirena, reanudamos nuestra accidentada carrera, no sin antes echar una mirada al canal donde ví cómo los patos comían satisfechos las migas que Jakob les había echado y que casi le cuestan la vida. El sol se reflejaba con destellos de plata entre las aguas del canal.

Publicado el 6 de agosto de 2003

 
 

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