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El reino de la mentira

Jaime Septién

Es verdad que decir la verdad compromete a quien la dice. Que la verdad no vende bien en un mundo de ilusiones. Que nadie llega a la silla grande diciendo las cosas como son.

Esta semana usted, lector amigo, y yo, todos, habremos visto, escuchado, leído un número colosal de mentiras que, por convención o acumulación, aparentemente, ya no nos afectan. Nuestro maravilloso idioma ha perdido el brillo y es víctima hoy de cientos de mentirosos profesionales apostados en los medios de comunicación, en la política o en la publicidad; gente bien pagada, bien comida y, sobre todo, bien protegida (para que siga haciendo esa labor cotidiana de engañar, que sería escandalosa si no fuera ya “normal”.)

Mienten los candidatos (ganadores y perdedores), los hombres del poder, los que predicen el estado del tiempo, los que hacen encuestas, los que venden jabones, los que anuncian ofertas, los que venden paraísos con vista al mar, los que leen el tarot… Una fiebre recorre nuestro tiempo: la de mentir cada vez más a menudo y a propósito de las cuestiones más serias de la vida en sociedad. Al paso que vamos, es probable que el criterio de verdad sea no el propuesto por la moral objetiva o por la Doctrina de la Iglesia, sino por aquel que mienta con más sabiduría.

¿O no es verdad que es mentira la de un aspirante a puesto político que dice anteponer los intereses del pueblo a los intereses de su partido? ¿O no es verdad que nadie le cree al que dice en la tele que, con bases científicas, mañana va a llover? ¿Se acuerdan de las “infalibles” encuestas previas al proceso electoral del pasado 6 de julio? A la vista de los resultados, ¿no es verdad que todas eran mentirosas? ¿Alguien cree que un jabón que se anuncia en horario estelar le va a provocar “cutis de alabastro”? Sabido es por todos que las ofertas de 50 por ciento de descuento vienen tras de una subida previa de 50 por ciento al producto descontado; que cuando uno compra “un precioso apartamento totalmente suyo en la playa del Encanto”, no está comprando nada más que aire compartido entre cuatro paredes, y que “el golpe de fortuna que tendrá un mes después de haberle leído estas cartas del tarot” puede ser, en todo caso, el que no lo atropelle un microbús que circulaba por el camellón, de reversa y en sentido contrario…

Es verdad que decir la verdad compromete a quien la dice. Que la verdad no vende bien en un mundo de ilusiones. Que nadie llega a la silla grande diciendo las cosas como son. Pero hay que hacerlo ya, por el bien de nuestros hijos. “¿Qué dos cosas me pedirías?”, preguntó un rey a un sabio. Y el sabio contestó: “Poder decirte tus verdades y un caballo para salir corriendo después”. Seamos lo suficientemente valientes para afrontar el peso de la verdad dicha al poderoso y los suficientemente astutos pata tener a la mano, siempre, un caballo…

Cuando la mentira es la verdad, el mundo se convierte en una jungla; en un campo abierto a la desconfianza. Por ello, la gran revolución que necesita México no es la revolunfia de los balazos; es la de la honestidad, la de volver a reivindicar, en el lenguaje y en los intercambios de la vida cotidiana, la verdad. Cada uno puede empezar a hacerlo. Y, con eso, sentar las bases para tener un mejor país.

Publicado el 6 de agosto de 2003

 
 

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