Intelectuales
callados
Víctor Corcoba Herrero
Los intelectuales no pueden permanecer callados frente
a tantos abusos y fraudes, generados por un desarrollo sólo económico, que
ni nos libera, ni nos hace más felices.
Hace unos días,
invitado por una docena de personas octogenarias a un café tertulia,
surgió el tema sustancioso del atardecer de su vida, tan fructífero en
muchos de ellos, frente a una sensación actual de invierno o letargo de
pensadores, capaces de sentar juicio en un mundo dislocado, como en su
tiempo lo fueron Ortega, Ferlosio, Aranguren o Unamuno, por poner un
ejemplo. Sus opiniones constituían un punto de referencia a considerar.
Eran, y aún hoy son, como la voz viva. La sombra que te hace pensar.
Coincidía, con mis admirados amigos, que hoy no tenemos ese tipo de
intelectuales. Aunque la nómina de titulados universitarios ha crecido, el
cultivo de pensador libre y sereno, es otra cosa. No es lo mismo, una
persona culta, que una persona cultivada. El culto es sólo capaz de
digerir conocimientos, mientras que la cultivada aporta además conciencia
crítica. A lo mejor no necesitamos tantos especialistas, ni expertos.
Francis Bacon, nos dio la clave, para llegar a ser esa persona cultivada:
La historia ilustra al hombre, la poesía le agudiza el ingenio, la
matemática le da sutileza, la filosofía lo hace profundo, la ética lo
vuelve serio, y la lógica y la retórica, apto para la eficaz y
aleccionadora conversación.
Las gentes de
pensamiento, han de estar por encima de cualquier aspiración de poder. A
mi juicio de valor, existen demasiados “voceros” que se mueven a golpe de
nómina, como auténticos funcionarios, y más que intelectuales que aportan
cultura, o lo que es lo mismo, cultivo para que la vida humana sea cada
vez más humana, son la voz de su “amo”. Y así surgen circuitos
“pesebristas” o administraciones editoras, ventanillas nominadas como de
cultura, bajo la dirección de gente más mediocre que cultivada. Los
sótanos de algunas de esas administraciones son auténticos desguaces de
letra impresa. En la soledad de sus cloacas dormitan libros, editados con
el dinero de todos los contribuyentes, que ni llegan a las librerías, ni a
las bibliotecas. ¿Por qué se han editado, pues? Ese dinero podría haber
sido empleado en un desarrollo cultural extensivo. Se han de promover
valores que beneficien a toda la sociedad. Y para ello, hay que desactivar
el miedo a decir la verdad.
Los intelectuales no
pueden permanecer callados frente a tantos abusos y fraudes, generados por
un desarrollo sólo económico, que ni nos libera, ni nos hace más felices.
No es justo que permanezcan mudos, ante los graves problemas
contemporáneos, tales como, la dignidad de la vida humana, la promoción de
la justicia para todos, la calidad de vida personal y familiar, la
protección de la naturaleza, la búsqueda de la paz y de la estabilidad
política, una distribución más equitativa de los recursos del mundo y un
nuevo ordenamiento económico y político que sirva mejor a la comunidad
humana a nivel nacional e internacional. El mundo del pensamiento debiera
profundizar en las raíces y en las causas de los graves problemas de
nuestro tiempo, prestando especial atención a sus dimensiones éticas y
morales.
Si como decía
anteriormente, los centros autoproclamados culturales, no están al
servicio de la persona, fomentando un verdadero humanismo, tampoco los
centros universitarios, la universalidad de la universidad, dan la
sensación de faltarles valor y valentía para hacer valer su libertad de
cátedra. Ya se sabe, las verdades suelen ser incómodas, no halagadas, ni
entendidas por la opinión pública en ocasiones, cegados por el consumismo
más mortal. Pero, realmente, todos estos centros que aglutinan a
pensadores, están obligados, a mi juicio, a salvaguardar el bien auténtico
de la sociedad. No la mentira. Por su misma naturaleza, estos lugares de
cultura, han de promover mejores formas de vida para todos. Una
universidad que no es capaz de transmitir efectos contrarios para atajar
las movidas de sus jóvenes, los fines de semana, con esos festines de
alcohol y drogas, entiendo que tiene que replantearse sus planes de
estudio, poniendo los valores humanos y de la vida en el centro de las
preocupaciones educativas y científicas.
En cualquier caso,
siempre será saludable el ejercicio de una inteligencia crítica y creativa
en todos los ámbitos del saber, conjugando el patrimonio cultural del
pasado con las exigencias de la modernidad, a fin de contribuir al
auténtico progreso humano, con vistas a una civilización más humana.
Siguiendo este contexto, me viene a la memoria la indicación de san
Buenaventura, gran maestro del pensamiento y de la espiritualidad, el cual
al introducir al lector en su Itinerarium mentis in Deum lo invitaba a
darse cuenta de que “no es suficiente la lectura sin el arrepentimiento,
el conocimiento sin la devoción, la búsqueda sin el impulso de la
sorpresa, la prudencia sin la capacidad de abandonarse a la alegría, la
actividad disociada de la religiosidad, el saber separado de la caridad,
la inteligencia sin la humildad, el estudio no sostenido por la divina
gracia, la reflexión sin la sabiduría inspirada por Dios”. Quizás,
entonces, no habría tantos adictos al vicio y la falsedad. Se necesitan,
pues, pensadores que limpien la mediocridad, para divisar un horizonte más
optimista para el ser humano; un espacio sapiencial en el cual los logros
científicos y tecnológicos estén acompañados por los valores filosóficos y
éticos.
Publicado el 6 de
agosto de 2003
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