Pensar en Dios
Jaime Septién
Pensar en Dios casi ni es necesario para el que cree
en Dios. Puesto que su creencia es real.
Comentaba el filósofo francés Jean Guitton -el gran
amigo y consultor laico de Pablo Vl-que estando con el menos creyente de
sus amigos, el eminente biólogo Jean Rostand, éste le dijo de buena a
primeras: “tienes mucha suerte; tú crees en Dios, por consiguiente puedes
no pensar en Dios. Yo, que no creo en Él, estoy obligado a pensar siempre
en Él”.
Se trata de una antigua historia que, seguramente, se
repite hoy mismo, en cualquiera de nuestros amigos que se dicen ateos. No
hay gente más preocupada por la existencia divina que aquellos que niegan,
con énfasis, la existencia divina. ¿Por qué? Yo no lo sé. A lo más llego a
intuir que ellos intuyen que están equivocando el camino y que el suyo no
los va a llevar a ninguna parte.
Pascal es famoso entre otras cosas por su “apuesta” de
la existencia de Dios y del comportamiento del hombre, que puedo resumir
así: “si Dios existe y soy bueno, al morir voy al paraíso; si Dios no
existe y no soy bueno, no pasa nada; pero si Dios existe y nos soy bueno,
voy al infierno. Mejor apostar a que Dios existe y hacer el bien porque
Dios existe”. Entiendo que he simplificado la “apuesta” de Pascal y que
todo esto puede sonar muy acomodaticio, muy convenenciero. Pero funciona
con exactitud para la hora de las definiciones personales; para la hora en
que cada uno de nosotros, en nuestra insobornable intimidad, nos
enfrentamos con la vida eterna.
Pensar en Dios podrá ser, para el creyente, una especie
de placer embriagador. Pero para el no creyente, es, de hecho, una
tortura. En su identidad humana, el no creyente tiene también una
habitación para la esperanza. Se ha declarado muchas veces que la
esperanza (en la salvación, en la vida más allá de la vida, en el amor de
Dios) es el motor que llena de brío a la santidad humana. Y es cierto. El
que espera ver a Dios un día se aferra a la Gracia. Por el contrario, el
que cree que no cree, o el que, de plano, no cree que pueda creer, ¿a qué
espera? El vacío, el absurdo del placer repetitivo y abismal, no son
formas de llenar nada, sino son formas de vaciarlo todo.
Se trata de tener o no tener una roca sólida desde la
cual plantar nuestra existencia en el mundo. El que construye sobre
cimientos firmes (y Dios es El Cimiento) puede aventurarse en el amor;
mientras que el que construye sobre arenas movedizas, sobre pantanos, lo
único que puede llegar a tener en su vida es el poder efímero de la
posesión de un objeto o de una persona, convertida, por su inclemencia, en
objeto.
Pensar en Dios casi ni es necesario para el que cree en
Dios. Puesto que su creencia es real. Puesto que todo lo real es racional.
No es la pura fe lo que salva. Es la razón de la fe, es decir, la razón de
la esperanza.
Publicado el 6 de agosto de 2003
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