La agenda de las
emergencias
Jaime Septién
Hoy por hoy, la agenda internacional y nacional,
incluso local, de las emergencias la llevan los medios de comunicación.
Eso les cura en salud. Porque enfocan el ritmo de la ayuda humanitaria y
se hacen los que no cierran los ojos ante desgracias humanas terribles.
Pero los cierran. Y de qué manera.
Como dice Abbas Guillet, director del departamento de
Gestión de la Fundación Internacional de Sociedades de la Cruz Roja y de
la Media Luna Roja, “la ayuda humanitaria se rige por la repercusión
mediática de las crisis, frente a carencias objetivas mucho mayores”. Un
ejemplo muy claro es el caso de Afganistán. O el de Irak. Hoy llueven
recursos internacionales tras las intervenciones armadas para derrocar al
“eje del mal”. El hambre es la misma que antes de llegar Estados Unidos.
La razón es obvia: hemos visto la guerra por
televisión. Antes no habíamos visto por televisión la vida cotidiana de un
par de países avasallados por dictaduras francamente antediluvianas. No
era relevante para los medios. Ahora sí lo es, y la movilización
internacional de comida no se ha hecho esperar. Con ello, la televisión
estadounidense, que mintió con singular alegría durante las operaciones
militares, salva su imagen, justifica su “humanitarismo” y, de paso, se
sacude las críticas de los intelectuales que habían denunciado oportunismo
salvaje de parte de la industria televisiva.
“¿Por qué ves en mí una máquina despiadada de hacer
espectáculo de la guerra -parece decir la dirigencia de las empresas como
CNN--, si he motivado que miles de bocas iraquíes sean alimentadas por la
ayuda del televidente mundial?” El problema es que ahí no está el
problema. Está en otro lado. Está antes de que lo “suba” a la palestra la
televisión, cuya ética de catástrofes sigue basándose en el espectáculo.
Una hambruna brutal en Etiopía no retrata bien hasta cuando el número de
muertos humanos rebasa el número de muertes de las vacas. Mejor aún si hay
guerra tribal de por medio. Pero si el hambre viene de siete años atrás,
no importa. En esos siete años no hubo espectáculo digno de ser contado.
Por lo tanto, no hubo noticia.
En el medio nacional lo mismo. Cuando nuestras
televisoras “suben” el tema de la solidaridad con el mexicano desprotegido
es que ha habido, segurito, un desastre natural considerable. La pobreza
extrema que padece 50 o 60 por ciento de la población no es un desastre
mediático digno de referencia. Es apenas una referencia sociológica. Pero
no vende La colecta tiene que venir cuando un ciclón pega o hay un
terremoto y muchas víctimas. Entonces todo el mundo dice: “qué bien que
actuó la televisión”. Y la televisión contentísima, por cierto. Aunque la
ética del verdadero humanismo siga sin tener prioridad, y los muertos
reales sigan siendo anécdota de la más absurda soledad.
Publicado el 6 de agosto de 2003
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