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Que te vean

Jaime Septién

Nunca como en esta edad de la imagen habíamos conocido tal cantidad de desgracias, y nunca habíamos tenido tal cantidad alivios. Pero en lugar de canalizarlos, pagamos al fotógrafo para que me vean y me sea reconocido.

Desde la dama voluntaria del Corazón Chorreante de Melcocha, retratada por la prensa en su sección de “sociales” acariciando la cabeza tiñosa de un niño de arrabal, mientras le entrega un inútil juguete de regalo navideño, hasta la gira por África del presidente George W. Bush, abrazando niñas de Zimbabwe, tocando trompas de elefante en Senegal o visitando hospicios de pequeños con sida en Pretoria, apuestan al mismo objetivo: el lente de la cámara.

No basta hacer el bien: hay que aparecer. El efecto perseguido no es aliviar la tiña del chiquillo de arrabal, o levantar fondos para combatir el sida en Sudáfrica. Es salir a cuadro. Cuántas historias hemos oído de presidentes que van a un pueblo y lo ven bonito, pulcro, barrido y cuando se retiran, tras dejar una cauda de promesas imposibles de cumplir, se retiran diez minutos después los tramoyistas oficiales encargados de presentarle otra fachada en otro pueblo a donde va a ir después de comer en la hacienda del cacique muy su amigo. Muchas.

Pero ahora es al revés: ya no se tapa la realidad. Mientras más cruda, mejor. Ahora lo que se modela es la presencia del personaje “haciendo el bien”. La imagen es lo único que permanece. A las acciones concretas, reales, se las lleva el viento. Para aparecer como un ser humano bueno, ético, responsable, solidario, sensible, amoroso, preocupado y luchón en el ánimo de la sociedad, ya sea la de Pénjamo o la del planeta, uno tiene que estar ahí, esperando el flash de la cámara, con el desarrapado necesario y suficiente para retratar bien. Puede uno ser malo, inmoral, irresponsable, crápula, duro como roca, egoísta a más no poder, indiferente ante el dolor del otro, un bodoque insufrible, un impresentable en toda la extensión de la palabra, pero si fue visto por “los chicos de la prensa” sobándole los matojos de pelo al tiñoso, ya la hizo.

Será un ejemplo para la buena sociedad guanajuatense o para el que ve noticiarios en la tele de cualquier rincón del mundo. Y hasta el premio Nobel de la Paz le pueden dar (como andan diciendo que se lo van a dar a Bush). O la medalla al mérito “Espiridión González”, instituida por el benefactor de las causas inútiles del barrio de San Filiberto el Chico hace 166 años, para combatir las enfermedades del cuero cabelludo en los niños de corta edad e hijos de matarifes del rastro.

La apuesta se traslada del bien real al bien virtual. Quizá sea una de las apuestas más brutales (por inhumana) de todos los tiempos. Nunca como en esta edad de la imagen habíamos conocido tal cantidad de desgracias, de dolores genuinos, constantes y sonantes. Por otra parte, nunca habíamos tenido tal cantidad de reservas alimenticias, tecnológicas y médicas para llevar alivio tanto a los africanos como a los que habitan los cinturones de miseria de grandes y pequeñas ciudades del país. En lugar de canalizarlos a quienes lo requieren, pagamos al fotógrafo para que me vean los cuates que ando metido de lleno en la caridad y el reconocimiento del otro como yo que sufre.

Al otro no le cambié su vida miserable. Aunque así haya quedado para “los anales de la historia”. Y cada vez que alguien le reproche a Bush su espantosa carnicería iraquí, sus asesores de imagen sacarán a relucir el beso al leproso en Botsuana, y cada vez que le reclamen a “la Chiquis” sus amigas (o su marido) de andar gastando mucho en trapos y bisutería, les mostrará la foto que apareció en el periódico local (sección de “sociales”; subsección de “penjamenses ejemplares”) tocando la calva costrosa “del pobrecito Pascual, antes que ganara pa’l norte”.

Publicado el 6 de agosto de 2003

 
 

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