Atrapados por las
modas
Víctor Corcoba Herrero
Hay modas que nos hacen libres y otras que nos
esclavizan, ya lo decía mi abuela.
Hay modas que nos hacen libres y otras que nos
esclavizan. Ya lo decía mi abuela, siempre deseosa de adquirir
conocimientos buceando por la historia de las ideas, que las modas, como
los modos de vivir, son saludables si nos hacen crecer por dentro. Sobre
todo en belleza interior, la que nunca pasa de moda. Esta si que no es
pasajera. Es eterna como los eternos poemas de la existencia. Otras modas,
sin embargo, nos mondan a su manera. Nos hacen perder hasta nuestra
identidad. Y ahí está lo bochornoso.
Las modas no se pueden despojar de la vida. Van con
nosotros. Son como nuestra sombra. La clave está en conducirlas nosotros,
antes de que ellas nos conduzcan y nos conviertan en marionetas. No
podemos vivir entre las rejas de la alta costura, de las joyas o de los
turismos de lujo. Tampoco debemos dejarnos atrapar por una forma de hablar
o inclusive de pensar. No siempre las mayorías tienen razón, ya lo sabe.
Por eso, me reafirmo en decir que, los que tenemos que imponer la moda,
somos cada uno de nosotros. Si no tenemos un estilo propio, la
singularidad de ser y de saber estar por encima de modismos, perderemos
libertad, autenticidad y lucidez. Actuaremos como verdaderos borregos. A
veces hay que plantarles cara a los carotas, a los que nos quieren romper
el alma, convirtiéndonos en simples caricaturas de lo que los demás dicen
o hacen. Olvidamos que, cada cual, es irrepetible. Debe serlo, pues.
Por contra, hay modas que debiéramos poner de moda. La
del ser humano es una necesidad, en los tiempos que vivimos. O sufrimos.
Ya ni la siesta es lo que era. Las aireadas y transmitidas vidas intimas
de los famosos, no nos dejan pegar ojo. Nos puede la moda del cotilleo.
Somos unos cotillas. Vamos de escándalo en escándalo. O de oca en oca y
tiro porque me toca. Tras los romances de odio que nos regalan todas las
cadenas televisivas, la guinda de sucesos no se queda atrás. Todo es
posible. Que un adolescente viole a un niño. Que un marido mate a su
cónyuge. O que un político meta la mano en los caudales públicos. Es el
romance de moda. La nueva siesta que nos asiste con sus pendones y
pandillas.
Tras el rastro televisivo, todo huele a sangre. Hasta
el aire ya no es el aire con el que soñé ser el poeta del amor. Por todo
lo anterior, pongo a punto la palabra. Aunque algún lector piense que soy
un bicho raro. Por desgracia, nada es historia novelada. De ahí, que a
golpe de pecho, lance un SOS a los que habitamos la tierra, ante tantas
necesidades. Precisamos desterrar la moda del terrorismo, los suicidios
colectivos, los falsos profetas, las más aberrantes perversiones, algunas
televisadas sin escrúpulos. Si tuviésemos más humanidad, seguramente
rescataríamos a esos jóvenes atrapados por las drogas, el alcohol y el
vicio. No se pueden emitir, y máxime a cualquier hora, prácticas ocultas,
brujería y satanismo, diluvios de violencia y prácticas terroríficas. Al
final, habrá gente, que para estar de moda y conseguir dinero fácil, hará
de lo imposible, lo posible; hasta el punto de asesinar por gusto y
diversión.
Dicho lo anterior, se me ocurre, que en vez de tantos
orgullos sin sentido, convendría poner de moda otros estilos de vida,
menos consumistas y más de servicio a los que piden nuestro auxilio. No
hace falta vociferar salidas de armario. Ni tantos gritos de poder. Ni
tantas listezas. Hemos de apostar a corazón abierto, por exiliar la
mediocridad imperante. De nada sirve un país de titulados superiores, si
en urbanidad y en corazón, se es un burro. Con permiso de los animales,
que a veces dan lecciones a los humanos. Hemos perdido el rumbo. Sobre
todo, desde que hemos dejado de apoyar, de verdad, a la familia, como
condición de vida estable.
En los últimos tiempos, el contagioso cáncer del
divorcio, que destroza la familia, se ha puesto de moda para más INRI.
Estar separado, parece como si diera un signo de distinción, como antaño
lo era fumar en pipa, rubio americano o puros de Cuba, cuando debiera ser
todo lo contrario, un total fracaso, con el consabido efecto paradójico
para los descendientes. Sobre todo en afectos. Sumado a esa separación,
hemos de añadir el gran apego, revivido desde que nos sentimos europeos
sin raíces, al dinero y a los bienes materiales. Todo se compra y se vende
a cualquier precio. La copla de Quevedo se ha quedado ya corta. Más que
poderoso caballero lo de don dinero, es omnipotente e irresistible don
señorito, que todo lo ensaña, con sus encantos. Se es por lo que se tiene.
¿Quién lo diría?
Realmente, la mentira es lo que está de moda. Y, para
más penitencia, no pasa de moda. Así la verdad no espiga. Vivimos una
grave crisis de verdad. No les interesa a las grandes multinacionales, ni
a los poderosos. De ahí, que cada día cuesta más ser persona humana. Eso
no vende. Ni mola. Porque, entre otras cosas, el humanista no se deja
comprar. La verdad exige casarse nada más que con la verdad. Lo importante
es ponernos al servicio de los demás. Donarnos. Nunca vendernos a la
mentira. Ante tanto diluvio de falsedades y embustes, propongo abrir todas
las urgencias para la sanación de la verdad. Luego, ponerla de moda en los
pocos silencios que tengamos para nosotros mismos ahora que estamos en
vacaciones. Permanecer y obrar en la verdad, es el mejor riego para la
vida. De lo contrario, con las modas de la farsa, asistiremos a la
perplejidad de un ser que a menudo ya no sabe quién es, de dónde viene, ni
adónde va. Todo un figurín en venta. ¿Por cuánto se vende?. Contéstese
asimismo y acúseme recibo al Parnaso, mi lugar de vacaciones.
Publicado el 6 de agosto de 2003
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