Modestia, por favor
Carlos Díaz
El ignorante tiene valor, el sabio precaución. Como
dijera Oliver Wendell Holmes, la ciencia es un magnífico mobiliario para
el piso superior de un ser humano, siempre y cuando su sentido común esté
en la planta baja.
Si los átomos resultan complicados e inestables, las
galaxias son por su parte algo así como los «átomos de la cosmología», de
los que se observan ya muchos miles de millones. Desde el gran panel del
cosmos inmarcesible miles de millones de galaxias, estructuras gigantescas
cada una de las cuales contiene a su vez un promedio de cien mil millones
de estrellas, podrían contemplar en estos instantes el teclear de mi pobre
computadora; al menos, si no hubiese nadie en esos espacios siderales, mi
ordenador podría contemplarlas a ellas, es decir, a miles de millones de
estructuras gigantescas cada una de las cuales contiene un promedio de
cien mil millones de estrellas como el Sol. Una galaxia vecina cercana a
la nuestra es por ejemplo la Gran Nebulosa de Andrómeda, apenas
perceptible a simple vista; las galaxias más distantes que se conocen se
encuentran a varios miles de millones de años luz de nosotros, y puede que
aún existan más...
Inteligencia es la capacidad de aceptar un entorno, así
que relájese, amigo, arroje buenamente la calculadora portatil, abandone,
no puede usted imaginar tanto, no es culpa suya, no hace falta que repita
curso, consuélese con aquello de Einstein: lo más incomprensible es que el
mundo sea incomprensible (el pesimista diría al revés: lo más comprensible
es que el mundo sea incomprensible). De lo que uno se sorprende es tan
sólo de la ingenuidad de quienes todo lo imaginan porque ¿serán capaces de
imaginarse sin capacidad de imaginar?
En medio de este esplendor y pompa de los cielos ante
los que palidecería el séquito del mismísimo rey Salomón, no faltan
tampoco en física los que con el austriaco Ludwig Boltzmann afirman que
los procesos discurren en el sentido de un desorden siempre creciente, a
pesar de lo cual la naturaleza lograría irse abriendo camino con orden y
concierto, lo mismo que el profesor encuentra sus apuntes entre la masa
desordenada sobre su mesa de trabajo (si bien y por lo mismo en otras
ocasiones el modo más rápido de encontrar algo es ponerse a buscar otra
cosa, todo hay que decirlo). Quizá sea que bajo el desorden visible de los
fenómenos existe un orden profundo, de un grado infinitamente elevado, que
permitiría explicar lo que nosotros interpretamos como desorden, como
dijera el físico inglés David Bohm, para quien los movimientos de las
motas de polvo en un rayo de sol no son aleatorios más que en apariencia.
La verdad es que prácticamente todo se ha vuelto casi
tan complicado como lo quiere Hermann Haken: un destacado físico llamado a
filas tuvo que someterse a un test psicológico; para comprobar la
sinceridad de su carácter, el psicólogo le pidió que le mostrara las
manos: si el soldado en ciernes le mostrara las palmas, el psicólogo
concluiría que se trataba de una personalidad abierta y franca, pero si en
cambio le presentase los dorsos creería haber descubierto el carácter
reservado del sujeto en cuestión. Pues bien ¿adivinan ustedes qué hizo
nuestro físico ante el requerimiento del psicólogo? ¡¡Le mostró el dorso
de una mano y la palma de otra, con lo cual el psicólogo se quedó
chasqueado, y el físico dispensado del servicio militar!! Tal vez incluso
sea ahora el propio psicólogo el que esté en tratamiento... de un físico.
El ignorante tiene valor, el sabio precaución. Como
dijera Oliver Wendell Holmes, la ciencia es un magnífico mobiliario para
el piso superior de un ser humano, siempre y cuando su sentido común esté
en la planta baja. Consuélate, hermano neurótico en el perfeccionismo,
pues sabrás que algo ha ido mal sólo cuando hayas cometido más errores que
de costumbre. Todo programa, cuando llega a funcionar, ya está obsoleto y
de ahí el anacronismo constitutivo de las teorías científicas, lo mismo
que de las predicciones en materia urbanística, y no digamos nada en
materia didáctica o económica.
Publicado el 6 de agosto de 2003
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