¿Sabe usted?
Carlos Díaz
En la ciencia de nuestros días todo induce a suponer
que la predilección es la etapa preparatoria para el desengaño, así como
el desengaño la vía de acceso a cualquier fugaz predilección.
¿Sabe usted que si cada átomo de un gramo de sal
tuviera el tamaño de una cabeza de alfiler el conjunto de los átomos que
componen el grano de sal cubriría toda Europa con una capa uniforme de
veinte centímetros de espesor? ¿sabe usted que si deseara contar los
átomos de un grano de sal y fuera lo suficientemente rápido como para
contar mil millones de átomos por segundo necesitaría más de cincuenta
siglos para realizar el censo completo de la población de átomos
contenidos en ese minúsculo grano de sal? ¿Sabe usted que se necesitan
cerca de 6.000.000.000.000.000.000 de electrones por segundo para mantener
encendida una simple bombilla de 100 watios? Y ¿sabe también que el núcleo
ocupa el 0.00000000000001 % del volumen del átomo?
¡Y sin embargo la hermosa playa se compone de menudos
granitos de arena visibles, pero al fin compuestos por lo invisible!.
Anímate de una vez y no te quedes ahí con el muermo, hombre de poca fe.
Vamos, la carrera hacia lo infinito ya ha comenzado, estábamos en ella y
no nos habíamos enterado. Ahora nosotros tomamos el relevo, no olvidamos
nada. Nunca es tarde. Quiero recordarte que debajo del asfalto está la
playa, mira a ver. Que el universo esconde, en definitiva, como afirma
Jean Guitton, un secreto de abstracta elegancia en el que la materialidad
es poca cosa y la sustancia de las cosas es lo no-material; que lo
esencial es inasible, inaprehensible, invisible a los ojos; que lo que
trasciende al espacio-tiempo no es más que una nube de cifras, una nube de
probabilidades, humo matemático; que el corazón y la sustancia de la
materia es casi nada, pues se disuelve, se disipa en lo evanescente e
impalpable, en lo fluctuante y discontínuo, en una red de relaciones y de
mediaciones y de referencias campales.
Y el resto a excepción de los diminutos electrones, es
espacio vacío. En efecto, si todos los átomos que componen un cuerpo
humano, el de usted mismo, señorita de buen ver, venciendo la enemistad
del vacío que los separa, se juntaran hasta tocarse, obtendría usted el
tamaño de una ínfima mota de polvo de apenas unas milésimas de diámetro, y
por mucho que el encendido galán pretendiera requerirla con sus requiebros
no lograría nunca verla y mucho menos piropearla. Ay, no somos nada,
hermano núcleo, y menos aún los de la periferia, los «neutrinos» o
pequeños neutrones, o los «leptones» (electrones de la caballería ligera),
o los «hadrones» (de la raíz griega «hadrys», fuerte), o los «mesotrones»
o «mesones», que a pesar de su apariencia semántica con los bares o con
los potros de carga son simplemente designados por la letra griega «mi»,
diminutivo de «minino»: es la venganza del gato de Schrödinger.
¡Ah, el gato de Schrödinger! Encerrado un gato vivo en
una caja y bombardeado con partículas atómicas no cabe a priori predecir
si el minino será o no afectado por el cañón, pues dicho minino queda
«indeterminado», ni vivo ni muerto, hasta que el observador mira dentro de
la caja, donde yace la tragedia en forma de gato muerto. El pobre gato no
representa sin embargo excepción alguna en esto: una partícula en el aire
buscará el ojo más cercano, una corbata limpia atrae la sopa del día
(dilema del comensal).
Si iluminas en exceso la trayectoria de un electrón
para seguirle la pista le pierdes, y si no le iluminas suficientemente no
le sigues la pista; si lo archivas sabrás dónde está, pero nunca lo
necesitarás, y si no lo archivas lo necesitarás pero nunca sabrás dónde
está. Un fenómeno no resulta un verdadero fenómeno hasta que no es un
fenómeno observado, pero cuando un fenómeno es observado se convierte en
noúmeno o realidad misteriosa. Enfada un poco, que se lo pregunten a Herr
Albert Einstein, pero llevaba razón George Simmel cuando dijo que culto es
aquel que sabe dónde encontrar lo que no sabe.
En la ciencia de nuestros días todo induce a suponer
que la predilección es la etapa preparatoria para el desengaño, así como
el desengaño la vía de acceso a cualquier fugaz predilección. ¿Qué nos
está pasando? El mundo parece querer mostrarse como una sinergia de
cambios, aunque tanto cambio del cambio termine llevándonos al lugar por
donde se hubiera empezado, conforme a la célebre técnica del Gatopardo,
aquello del «es preciso que todo cambie para que todo continúe».
Publicado el 6 de agosto de 2003
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