Abolir la pobreza
J. Antonio Doménech Corral
Tratar de abolir la pobreza como hace siglo y medio se
abolió la esclavitud, puede resultar una utopía como lo fue aquella.
Tratar de abolir la pobreza como hace siglo y medio se
abolió la esclavitud, puede resultar una utopía como lo fue aquella;
puesto que esclavitud sigue habiendo, aunque bajo mil formas diferentes a
la de antaño. Con la pobreza sucedería lo mismo. Y no precisamente por
razón del juicio divino pronunciado por Jesús según el evangelista San
Juan: “ Pobres los tendréis siempre con vosotros”. Porque eso es otra
historia. Sino por tratarse de un difícil problema político cuya solución
no se limita solamente a suministrar alimentos suficientes a los sin
recursos. También en eliminar guerras, terrorismo e instaurar gobiernos
justos y estables que promuevan los medios de obtención.
Es el resultado a que ha llegado un reciente estudio de
la Universidad Norteamericana de Ohío sobre el de Afganistán. Años de
guerra con el opresor gobierno de talibanes crearon una penosa situación
de hambruna; renaciendo ahora la esperanza de poder remediarla cuando,
además de las ayudas recibidas, se ha instaurado un gobierno democrático.
Porque cuando los conflictos armados y las convulsiones políticas se
mantienen, como está sucediendo en Oriente Medio, Asia oriental o buena
parte de África, persisten igualmente las penosas consecuencias.
Y es que el subdirector general de la UNESCO Pierre
Sané, de acuerdo con dicho estudio, no hace mucho que ha propuesto
oficialmente la abolición de la pobreza en el mundo basándose en la razón
de que constituye una violación de los derechos humanos. Porque para este
senegalés de 52 años no es correcta la interpretación restrictiva a lo
económico que se viene haciendo de la pobreza. Su situación va más allá
del argumento de no alcanzarse un nivel determinado de ingresos. Lo
correcto es admitir que la pobreza está constituida por un arco de
necesidades que abarca tanto las primarias -comer, vestir y residir- como
las más elevadas -culturales, políticas, religiosas, etc-. De modo que el
estado de pobreza del hombre es incoherente con la dignidad que merece su
persona, al violar las cinco categorías de los derechos fundamentales
proclamados en la Declaración Universal; es decir, los sociales y
económicos siempre; los culturales, civiles y políticos con frecuencia. Un
mal de nuestra civilización, ahora afectada en la mitad de su población
mundial y con tendencia a seguir en aumento; a pesar del objetivo que ya
propuso la ONU en 1996 de reducir el hambre y controlar la dramática
situación en el plazo máximo del 2015.
Y aunque es claro que por el puro formulismo de
declararse su abolición no desaparecería la pobreza como por arte de
magia, al menos la obligada o impuesta voluntad de erradicarla “se
convertiría en prioridad de prioridades del interés común de todos y no
sólo preocupación subsidiaria de algunas mentes o gobiernos caritativos”.
Además que, el enfoque pragmático del problema que hasta ahora vienen
haciendo los países más ricos con su ayuda a los pobres, cambiaría bajo la
perspectiva del derecho proclamado y legislado. Porque los pobres serían
acreedores entonces a un derecho ya reconocido; y no sólo a una caritativa
limosna.
Publicado el 19 de agosto de 2003.
|