Desde la cátedra de
la vida
Víctor Corcoba Herrero
Un grupo de jóvenes/ancianos me participa la
realización de un Congreso, a fin de promover la auto-estima en el mundo
de los mayores y la conciencia de que “son necesarios”.
Ciertamente, el tiempo marca nuestro devenir. Apenas
somos jóvenes, llegamos a la edad adulta y, en menos que canta un gallo,
alcanzamos la vejez. En ese alfa y omega que es la vida; lo vivido, nos
hace crecer por dentro. No se aprende en las Universidades. La
enciclopedia del universo y nuestros propios latidos, convivir en un mundo
tan lleno de sensaciones, resulta una irrepetible y purificadora escuela
de ilustración.
Los progresos de la medicina y la mejora de las
condiciones sociales y económicas, en muchas regiones del mundo, nos ha
donado un fructífero avance, la de alargar la vida. Y por consiguiente,
“nuestros viejos” serán más viejos, pero también mejores maestros y
mentores. Pretenden recordárnoslo en el citado cónclave. Así figura en sus
objetivos: “Queremos elevar un mensaje a la sociedad, de que “el hoy” no
es sin “el ayer”, que la certeza de sus errores es premisa experimentada
para un futuro mejor; más, la constancia de sus aciertos. Que el mundo de
los mayores debe poner “en pié de vida” y ofrecer “rentable” cuanto la
sociedad invirtió en ellos a nivel de conocimientos y de experiencias.
Reivindicar y ocupar el lugar que en la sociedad debe asumir “el mayor”,
sin refugio nostálgico de “cualquier tiempo pasado fue mejor” y sin
renunciar a vivir comprometido con toda su capacidad adquirida”.
Estará el lector conmigo en que las barbas, de haber
vivido muchas estaciones, acrecientan la sabiduría, hasta el punto de que
ya no somos el mismo de joven que de mayor. El tiempo todo lo pone en su
sitio. Maduramos con él, ascendemos y naufragamos a su sombra, vivimos
bajo su asombro. Es el más níveo crítico: la conciencia crítica. Somos
parte de su vida. Caminantes de su aire. De ahí, que todas las edades,
tienen su belleza y sus tareas. También la vejez debe tenerla. Además,
recordemos, que las grandes obras humanas, científicas o artísticas, no se
llevan a buen término en la juventud, sino ya entrado en años. Por eso,
viendo a estos jóvenes/mayores entusiasmados en llevar a buen término el
Congreso, me acordé de una cita de Maurois André, cuando dijo que “el arte
de envejecer es el arte de conservar alguna esperanza”. Su ilusión por
mostrar, desde su mundo, los talentos de que son portadores, también me
entusiasmaron para brindarles este artículo. ¡El servicio a la vida que
nos ha tocado vivir no es una cuestión de edad!
Así pues, a la luz de la vida y a juzgar por el empuje
de estos maravillosos jóvenes/viejos, su tiempo es un tiempo favorable
para hacernos crecer, sobre todo por dentro, que buena falta nos hace a
todos. La sabiduría del corazón que estas gentes sabias nos quieren
mostrar, bien vale un brindis, para contrarrestar los calores leoníferos
de violaciones y violencias que en doquier esquina nos sorprenden. Sus
ojos, los de estos maravillosos abuelos, me hablan de fatigas pero también
de gozos. Son como ese poema inmaculado y ese aire prudente que nos
alienta al romper el alba, cuando el rocío de los labios de la luna, se
derrite en versos, bajo el beso del sol, al atardecer.
Si nos detenemos a analizar la situación actual,
constatamos cómo, sobre todo en algunos pueblos donde aún conviven
abuelos, padres e hijos, la ancianidad es tenida en gran estima y aprecio;
en otros, sin embargo, lo es mucho menos a causa de una mentalidad
contraria al humanismo y al vínculo familiar. Esto último, a juzgar por
las estadísticas, se da más en las ciudades y grandes urbes. Los hogares
de ancianos, aunque han crecido, tienen colgado el cartel de lleno hasta
la bandera. Por desgracia, son muchas las familias, que alegando no tener
sitio, ni tiempo, abandonan como trastos inservibles a “sus viejos”. A la
tercera semana ya ni apenas les visitan. ¡Esto sí que duele, más que los
años!
De seguir por esta línea de disgregación de los
ascendientes al vínculo familiar, son muchos los ancianos mismos que se
sienten inducidos a preguntarse si su existencia es todavía útil, si vale
la pena vivirla. Algunos directores de estas Residencias de Mayores, me
confesaban, la gran tristeza que sienten cuando no son visitados ni por
sus hijos, llegando incluso a proponerles, con gran insistencia, la
eutanasia como solución a sus vidas. Algo tremendo. Sus propios hijos, les
dejan y desatienden, como ese estropeado coche que se lleva a un desguace.
Pues, ¡no!. En este sentido, le sugería yo a los organizadores del
Congreso, invitasen a esos abuelos que, voluntariamente, quisieran dar
testimonio de lo mal que lo llevan cuando se les excluye de la familia, de
su propia morada, la que ellos han contribuido a formar. Por ellos ha
nacido ese hogar. Son sangre de su sangre. Y ahora les dejan en doquier
casa como si fueran una cosa improductiva, cuando son depositarios de la
memoria colectiva y, en consecuencia, intérpretes privilegiados del
conjunto de ideales y valores comunes que rigen y guían la convivencia
social. Excluirlos es como rechazar el pasado, en el cual hunde sus raíces
el presente, en nombre de una modernidad sin memoria, sin horizonte, sin
brújula. ¡Qué lejos nos quedan ya aquellos cuentos y anécdotas que
nuestros abuelos nos contaban! Era la vida misma evocada en el espejo de
sus labios.
Reconozco que yo le debo mucho a mis abuelos, todos
ellos agricultores. Ahora que no los tengo, me siento gozoso de tener una
legión de amigos “mayores”. Me gusta escucharles. Unos se han vuelto
poetas. Otros pintores. Y todos ellos, universalmente cultos. Son
bibliotecas andantes. ¿Por qué no arropar el ocaso de la vida en la
familia de la que somos parte? Pensemos que es una cadena, y más tarde o
más temprano, seremos también víctima de lo que hemos generado. De ahí,
que este Congreso de mayores, me conmueva en el aplauso, por lo saludable
que son todas aquellas iniciativas sociales que permiten a los ancianos,
ya el seguir cultivándose física, intelectualmente o en la vida de
relación, ya el ser útiles, poniendo a disposición de los otros el propio
tiempo, las propias capacidades y la propia experiencia. Enhorabuena.
Publicado el 19 de agosto de 2003.
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