La salud de la
humanidad
Al parecer, los analistas éticos están claros:
actualmente la humanidad yace postrada en una enfermedad con síntomas de
gravedad muy avanzada. El diagnóstico es el siguiente: pérdida y/o rechazo
de los valores morales.
No es caso discutir si los valores tenidos como
tradicionales, o la forma de enfocarlos, ha sido la más correcta; o si
esos valores, con lógica para su tiempo y su contexto, han ido perdiendo
vigencia. De lo que se trata, y lo que asusta, es la ausencia actual de
valores éticos, el desprecio por enmarca a la vida dentro de una
proyección que tienda a conseguir lo realmente definitivo.
Precisamente la enfermedad actual de la humanidad
parece consistir en intentar zafarse al lineamiento moral y en inclinarse
por ese otro camino: el de las propias pulsiones instintivas. Esto es, en
lugar de avanzar hacia la libertad, hacia la posibilidad de elección y
discernimiento con respecto a lo mejor, se ha retrotraído al
encasillamiento de lo instintivo.
La desenfrenada ley de la competencia, con toda su
secuela de agresividad, la desenfrenada ley del egoísmo, con toda su
secuela de personalismo, la desenfrenada ley del materialismo, con toda su
secuela de caducidad... han puesto en evidencia la inestabilidad de la
existencia, la cual utiliza el mecanismo de defensa de agrandar las
agresividades como forma de protección. El cardenal Ratzinger explicó ya
que “en esa decadencia del sentido moral está el abuso de las fuerzas
generativas a producción de hijos que son objetos, instrumentos. La
necesidad de la moral se hace urgente como nunca en estos momentos de la
humanidad, esté en juego su futuro”.
Quizá el rechazo de lo moral se deba a que se ha venido
implementando como un quehacer excesivamente coactivo; es decir, se ha
enfocado más bajo el aspecto de preceptos, normas y leyes que se imponen a
la conducta por razones que con frecuencia se ignora, y no tanto como esa
aceptación libre de la conciencia del individuo en busca de su realización
humana. Lo que ha dado origen a un rechazo aparentemente lógico, aunque a
todas luces improcedente.
Lo cierto es que nos debatimos en un caos de
irresponsabilidad individual y colectiva. Ese caos que ha sido
universalmente aceptado con la denominación de corrupción, pero que no es
más que el fruto de una enfermedad galopante y, a futuro, mortal. Si no
hay enmienda, claro.
Publicado el 19 de agosto de 2003.
|