Pensar es sano
Javier Arnal
Animo a dedicar dos minutos a leer estas líneas. Tal
vez se experimente cierta relajación, que es lo que pretendo, de un modo
para muchos inesperado. ¿Cómo? Pensando, eso sí, sin excesos. Ya que somos
“homo sapiens”, ejercitar la inteligencia -también en agosto- puede
aportarnos hasta salud.
Todo lo que nos habla de salud nos atrae. También es
una “tapadera” para lo más normal: si Makelele no entrena con el Madrid,
se le diagnostica un leve trastorno emocional; si las olas de calor
sahariano nos visitan, algunos hablan de alteraciones psíquicas (aparte de
las físicas, que son más que evidentes) para explicar lo mal que se
encuentran por no dormir apenas o muy mal.
Lo de pensar no está de moda. Están de moda los
resultados, la acción, los sentimientos. Abundan la ansiedad y el estrés:
quien piensa puede dominar mejor sus emociones. Me sonrío cuando se habla
de que en nuestra educación falta el esfuerzo, y no se analizan las
razones que conducen a esforzarse: valores, ideales, ilusiones, que
impelen a esforzarse. Apenas se piensa: se confirman los efectos, y todo
el mundo tan tranquilo.
Lejos de mí considerarme vacunado ante deficiencias que
expongo, o creerme que las cosas son como yo las veo. Lo que sí procuro es
cultivar el hábito de pensar, en beneficio de mi propia salud y de los que
me leen.
Sonia, la joven malagueña, ha sido asesinada, según
parece tras una agresión sexual. Las agresiones sexuales van en aumento,
pero a casi nadie le veo plantearse las causas. Las lágrimas de parientes
y amigos no sirven para consolar a una sociedad que parece inerme o
indiferente ante ese fenómeno. ¿Por qué no reconocer que se está
frivolizando con el sexo, desde la infancia, y que el negocio del sexo
nutre un hedonismo aceptado socialmente? Reconocerlo supone pensar, y
estar dispuesto a remediarlo.
En Gran Bretaña dos lesbianas han logrado tener un hijo
gracias a la compra de esperma a través de internet. Los avances técnicos
parecen justificar casi todo. Por encima de los avances científicos están
las “razones estables”, que fundamentan la ética.
En estos días, tal vez por casualidad, he oído mucho la
consabida frase de que “uno es dueño de sus silencios y esclavo de sus
palabras”. Comparto el valor de la discreción y la condena de la
incontinencia verbal, pero esos mismos olvidan que hay, en muchas
ocasiones, “silencios elocuentes”. Por otro lado, a cierta personalidad
con responsabilidad de gobierno le escuché una frase que puede tambalear a
algunos: “me he arrepentido muchas veces de callar, pero casi nunca de
hablar”. Tal vez todo depende de si el prisma es la responsabilidad o el
de ser como espuma que a nadie inquieta.
Publicado el 22 de agosto de 2003.
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