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El bien común

Adolfo Carreto / www.avmradio.org  

Se ha dicho que el bien común es el menos común de los bienes.

Se ha dicho que el bien común es el menos común de los bienes. En otras palabras, que aquello que por naturaleza es de todos, por ser del común, en la práctica no lo disfruta el común sino una determinada minoría.

Por ejemplo, el derecho a la vida, además de ser un bien individual, un derecho personal, es, a la vez, un bien común, un derecho que debe disfrutar la totalidad de la comunidad.

Por ejemplo, la paz, además de ser un bien y un derecho que atañe a cada individuo, es igualmente un patrimonio de la colectividad, un bien común.

Por ejemplo, cuando en la Sagrada Escritura se habla de la pobreza como fenómeno social, queda anatematizada por ser un escándalo, por constituir una lacra social, por romper la regla de lo que se entiende por bien común

El teólogo E. Vallacchi, al tratar el tema de la pobreza en la Sagrada Escritura, afirma que “cuando existe, la pobreza se convierte en escándalo, puesto que entonces quiere decirse que algunos miembros del pueblo son injustamente excluidos de las bendiciones divinas; es decir, se les niega el derecho fundamental a participar de los dones que Dios otorga a su pueblo”.

Toda la doctrina social de la Iglesia católica gira en torno al bien común. Cuando, en esta etapa de la nueva evangelización, se acuña la tesis de opción preferencial por los pobres no se está haciendo otra cosa más que detectar la no igualdad del disfrute del bien común y, por lo mismo, la afirmación de que estamos viviendo en una situación social religiosa escandalosa. Lo que lleva necesariamente a enmarcarnos dentro de un contexto estructural de pecado.

Para la reflexión bíblica esta dialéctica es clara. La fe anda de por medio: la fe como aceptación y la fe como rechazo. El teólogo anteriormente citado lo resume en estos términos: “Es, por lo tanto, la fe la que directamente es cuestionada en la dialéctica de la pobreza-riqueza: la pobreza expresa concretamente y favorece una actitud de fe, de igual modo que el estado de riqueza puede expresar y favorecer una actitud de incredulidad. De todas maneras, en la situación concreta existente, constituye un hecho probado que mientras la pobreza expresa y favorece la fe en Dios, la riqueza constituye un peligro para la manifestación y proceso de maduración de la fe”. Esto quizá no se entienda muy bien desde el contexto de sociedades opulentas pero es muy patente en el contexto de las sociedades terriblemente desfavorecidas.

Publicado el 22 de agosto de 2003.

 
 

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