Tensiones y teólogos
Tensiones dentro de la Iglesia las ha habido, las hay
y las habrá. Eso no es novedad, y con toda seguridad es necesario.
Existen tensiones a nivel teórico y a nivel práctico.
Las teóricas se dan en torno la doctrina, o mejor dicho, a su
interpretación; las prácticas en torno a la pastoral, esto es, a la
práctica del apostolado.
Sin embargo, con muy poca atención que prestemos al
“lenguaje” oficial eclesiástico (Encíclicas y otros documentos
doctrinales), podrá apreciarse cómo han venido evolucionando y
“condescendiendo” ante planteamientos teológico-sociales casi exclusivos
de la enseñanza tradicional.
Es cierto que con relativa frecuencia la jerarquía y su
celo doctrinal va por detrás de los teólogos, pero no es menos cierto que
terminan plegándose a las “exigencias” doctrinales de éstos. A fin de
cuentas, para eso son los teólogos: para ir siempre por delante; para, a
la luz de la fe, abrir caminos, detectar nuevas sendas, diagnosticar
comportamientos individuales y sociales, buscarles soluciones que sean
acordes con la fe en la cual toda la teología debe apoyarse.
Creo que la agudización de estas tensiones se debe a
que todavía no hemos logrado compaginar las dos notas sobresalientes de la
Iglesia en cuanto pueblo de Dios: su carácter jerárquico y su carácter de
comunión. No creo que la “pugna” esté en que los “extremos” quieran
eliminar a ninguna de las dos, lo cual sería inaudito, sino en que cada
parte se aferra más a una de ellas. El “centro” aúpa la jerarquización; la
periferia se centra más en la comunión. El mismo Sínodo Extraordinario de
los obispos, celebrado en 1985, quiso dar más énfasis a este último
aspecto, asegurando que “la eclesiología de comunión es la idea central y
fundamental de los documentos del Concilio”.
A través de la doctrina del carácter jerárquico se
tiende a la planificación de una pastoral de imposición, ordenando desde
“arriba”, y son el visto bueno de los agentes de la base que, al fin y al
cabo, son la mayoría. Mediante la doctrina del carácter de comunión se
pretende una mayor participación activa y responsable de todos los agentes
de evangelización, muy a tono esta doctrina con las exigencias de los
nuevos tiempos.
El cardenal Tarancón resumió admirablemente esta
dicotomía cuando señaló: “Me atrevería a decir que la Iglesia es esencial
y fundamentalmente comunión. Pero esta comunión debe interpretarse en
clave jerárquica. La jerarquía, que está concebida en el Evangelio como
“diacona” tiene la misión de fomentar la comunión y seguir el
ensamblamiento perfecto de los distintos ministerios y actividades “para
la difusión del Reino de Dios”, para que el mundo se salve, para que todos
los hombres lleguen al conocimiento de la verdad”.
Que es de lo que se trata. Cuando las tensiones
obstaculizan este objetivo se convierten en interferencias para la
salvación, esto es, en pecado.
Publicado el 22 de agosto de 2003.
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