Imprimir

Tolerancia o intolerancia ante la homosexualidad

Jesús Alfonso Nieves Asúnsolo

Esta sociedad en la que vivimos que quiere ser tolerante a su manera, es sumamente intolerante con quienes no están de acuerdo con ella, no dan libertad de libertad para la libertad de la verdad.

Constantemente nos preguntamos del por qué de la corrupción que existe en nuestra comunidad hablando específicamente de la homosexualidad. Pues esto pretende ser una “libertad” que está empujando a nuestra sociedad, a aceptarla como una “nueva tolerancia” ante la opinión de la mayoría que la integra. Lo anterior es debido a que se manipula el concepto de tolerancia, que es la acción de disimular algunas cosas que no son lícitas hasta el grado de presentarla como una virtud, porque, en nuestro medio, prevalece la idea de que todas las opiniones, aún las erróneas, son respetables, lo cual es una trivialidad y una falsedad que se tiene que poner al descubierto, ya que lo que debe de prevalecer es la verdad, fin último de todo el universo. Por lo tanto, el querer manejar a la homosexualidad como una nueva tolerancia es inapropiado debido a que la tolerancia no sólo debe armonizar con la verdad, sino que debe apoyarse en ella.

Debemos estar conscientes, si deseamos mejorar nuestra sociedad, de que las opciones y las convicciones falsas no son respetables. Lo es el derecho de la persona a conservar y manifestar sus opiniones y convicciones, pero tal actitud deja de ser respetable cuando los juicios sostenidos lesionan el derecho ajeno, que también es derecho a la verdad. Lo curioso es ahora que quienes tienen el derecho a la libertad de manifestarse “libres”, como homosexuales, restrinjan la libertad de las personas que tienen el derecho y la libertad de hablar con la libertad de la verdad. Juan Pablo II es muy claro al decir lo siguiente: “La fidelidad a la verdad es condición imprescindible para que todos los cristianos puedan ejercer su misión profética en el mundo. La verdad es la medida de la moralidad: no pueden considerarse éticamente buenas y, por lo tanto, merecedoras de aprobación, opciones y motivaciones que no estén conformes con el bien objetivo. La comprensión y el respeto por el que yerra exigen también la claridad de valoración sobre el error del que es víctima...”(Cf L’Osservator Romano 28.V.85).

Es cierto, como dijo un filósofo español de quien momentáneamente no recuerdo su nombre, que el rigorismo moral es una de las formas más solapadas, pero más radicales de la inmoralidad, por eso, en mí opinión, lo que debe tolerarse es el mal o el error que no puede evitarse, pues la persona humana no debe ser sujeta de la tolerancia, sino que debe ser sujeto del respeto, por su persona y por su forma de pensar conforme a derecho, siendo la persona sujeto también de la comprensión por la limitación del ser del hombre y de la falibilidad de su acción. La tolerancia es oportuna si se considera como una actitud o una acción restringida a cierto límite y supeditada a unas reglas determinadas. Pero la tolerancia como muchos cristianos la comprende actualmente, viene a ser un punto intermedio, una extensa zona gris, en donde ellos se ubican para no ser tachados de fanáticos, o cerrados. Hagan de cuenta que estos cristianos no les extrañaría y hasta les parecería normal ver al arcángel San Miguel y a Lucifer tomando el café juntos o a Eichman y a Edith Stein jugando a las damas chinas.

Esta sociedad en la que vivimos que quiere ser tolerante a su manera, es sumamente intolerante con quienes no están de acuerdo con ella, no dan libertad de libertad para la libertad de la verdad. Por lo mismo, como cristianos, frente a esta sociedad, sumamente invadida de homosexualismo, debemos defender y luchar por lo bueno condenando lo malo, no por ser algo malo lo que debamos erradicar, sino por algo bueno que debamos

proteger; no es que se esté en contra de un supuesto “progreso”, sino por el deber de llevar a la reflexión a quién esté en el error.

Como decía anteriormente, lo que se debe tolerar es el mal o el error inevitable, pero, agrego, no ser tolerante es sinónimo de dejar los puntos claros, de luchar porque el bien sea practicado y conocido por todos. Ser intolerante, en este caso, es tener absoluta comprensión de que el mal tiene muchos trajes, y uno de ellos es el que deforma a la misma naturaleza, como la homosexualidad.

Los oídos sirven para oír, la boca para hablar y alimentarse, los ojos para ver, el recto y el ano para defecar. Cada órgano tiene su función y un fin para el que existe, o sea, que los órganos sexuales o reproductores tienen el fin de concebir hijos agregado al sentido marital propio de hombre y mujer como complemento necesario en la creación.

Hay una expresión inventada para coronar la estupidez del relativismo exculpando el gusto por lo malvado, lo feo e incluso lo anticristiano que es: “sobre gustos no hay nada escrito”, que es un deseo decadente que lleva al caos a la sociedad.

Yo quisiera que alguien me explicase con argumentos morales por qué condenar la homosexualidad constituye una actitud reaccionaria y una antítesis de la libertad del ser humano.

Publicado el 27 de agosto de 2003.

 
 

Inicio ] [ Atrás ]