El abuso como pecado
Lo he dicho en alguna oportunidad: entre todos los
abusos, los sexuales son los más obscenos, casi me atrevería a decir que
imperdonables.
Un abuso sexual deja secuelas en el cuerpo y en el
alma, y estas últimas quizá sean las de más difícil cicatrización. Si a
esto añadimos que los agredidos son menores indefensos, el pecado ya no
tiene nombre.
No estoy hablando de sexo, que el sexo es invento
divino y, por ende, sagrado. Estoy hablando de abuso. Estoy hablando
igualmente de abuso de poder, porque eso son los forzadores: unos
abusadores que se amparan en su poder: puede ser poder animal o puede ser
poder disfrazado en la religiosidad. Porque se puede forzar de muchas
maneras, hasta con una falsa oración en los labios, que es lo que en estos
momentos nos avergüenza, nos escalofría.
No dudo que el escándalo surgido en torno a obispos y
eclesiásticos enfangados en ese delirio deformadamente sexual, haya sido,
sea y continúe siendo aprovechado por quienes siempre se aprovechan para
denigrar. Pero aunque esto se dé, no es excusa. E intentar taparla, con
documento oficial o sin documento oficial, menos. Es un fenómeno que
durante tiempo ha ido creciendo y que muy posiblemente haya salido a
relucir por la valentía del actual Pontífice, condenando esos atropellos
sin miramiento alguno.
Leí en el periódico La Razón lo siguiente, y me
enfurecí: “Y es que el afán por tapar estos escándalos llevó hace tan solo
diez días a la archidiócesis católica de Boston, en el estado de
Massachussets, a ofrecer 55 millones de dólares para resolver may de 500
denuncias de abuso sexual planteados por sus sacerdotes. Así mismo, en
junio, la archidiócesis de Luisville, (Kentucky) accedió a pagar 257
millones de dólares a 243 personas que denunciaron haber sido víctimas de
abusos por parte de curas”. Dinero borra pecado.
El asunto viene de lejos. Me refiero a ese afán de
encubrir lo sexual con un halo de misterio, con ropaje pecaminoso, tanto
en catequesis como en predicaciones trasnochadas, que si han podido tener
justificación en algún tiempo, por el contexto de la época, en este
momento ya no cuadran. La Iglesia debería proponerse la revalorización,
incluso sagrada, del sexo, y no la anatematización a ultranza. Quizá esto
nos hubiera ahorrado muchos dolores de cabeza, muchas frustraciones, y por
qué no decirlo, muchos abusos, de los que ahora nos lamentamos. Pero los
abusos, como delitos que son, no deben ser ocultados. La Iglesia no lava
su rostro acallando los pecados de sus eclesiásticos, y menos con dinero.
Es otro gran abuso.
Publicado el 27 de agosto de 2003.
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