Imprimir

El abuso como pecado

Adolfo Carreto / www.avmradio.org  

Lo he dicho en alguna oportunidad: entre todos los abusos, los sexuales son los más obscenos, casi me atrevería a decir que imperdonables.

Un abuso sexual deja secuelas en el cuerpo y en el alma, y estas últimas quizá sean las de más difícil cicatrización. Si a esto añadimos que los agredidos son menores indefensos, el pecado ya no tiene nombre.

No estoy hablando de sexo, que el sexo es invento divino y, por ende, sagrado. Estoy hablando de abuso. Estoy hablando igualmente de abuso de poder, porque eso son los forzadores: unos abusadores que se amparan en su poder: puede ser poder animal o puede ser poder disfrazado en la religiosidad. Porque se puede forzar de muchas maneras, hasta con una falsa oración en los labios, que es lo que en estos momentos nos avergüenza, nos escalofría.

No dudo que el escándalo surgido en torno a obispos y eclesiásticos enfangados en ese delirio deformadamente sexual, haya sido, sea y continúe siendo aprovechado por quienes siempre se aprovechan para denigrar. Pero aunque esto se dé, no es excusa. E intentar taparla, con documento oficial o sin documento oficial, menos. Es un fenómeno que durante tiempo ha ido creciendo y que muy posiblemente haya salido a relucir por la valentía del actual Pontífice, condenando esos atropellos sin miramiento alguno.

Leí en el periódico La Razón lo siguiente, y me enfurecí: “Y es que el afán por tapar estos escándalos llevó hace tan solo diez días a la archidiócesis católica de Boston, en el estado de Massachussets, a ofrecer 55 millones de dólares para resolver may de 500 denuncias de abuso sexual planteados por sus sacerdotes. Así mismo, en junio, la archidiócesis de Luisville, (Kentucky) accedió a pagar 257 millones de dólares a 243 personas que denunciaron haber sido víctimas de abusos por parte de curas”. Dinero borra pecado.

El asunto viene de lejos. Me refiero a ese afán de encubrir lo sexual con un halo de misterio, con ropaje pecaminoso, tanto en catequesis como en predicaciones trasnochadas, que si han podido tener justificación en algún tiempo, por el contexto de la época, en este momento ya no cuadran. La Iglesia debería proponerse la revalorización, incluso sagrada, del sexo, y no la anatematización a ultranza. Quizá esto nos hubiera ahorrado muchos dolores de cabeza, muchas frustraciones, y por qué no decirlo, muchos abusos, de los que ahora nos lamentamos. Pero los abusos, como delitos que son, no deben ser ocultados. La Iglesia no lava su rostro acallando los pecados de sus eclesiásticos, y menos con dinero. Es otro gran abuso.

Publicado el 27 de agosto de 2003.

 
 

Inicio ] [ Atrás ]