Virginidad
consagrada
Pbro. Roberto Visier
La Biblia nos enseña que “creó Dios al hombre a su
imagen. A imagen de Dios lo creó. Macho y hembra los creó. Dios los
bendijo, diciéndoles: "Sean fecundos y multiplíquense. Llenen la tierra y
sométanla” (Gen. 1, 27-28). La unión del hombre y la mujer para formar una
familia es algo querido por Dios ¿por qué, entonces, en la Iglesia
católica, los sacerdotes no se casan y algunas mujeres se consagran a
Dios, haciendo un voto de castidad y renunciando por tanto al
matrimonio?¿Quién inventó eso?
Puede resultar paradójico hablar de aquellos que han
decidido no casarse, cuando estamos abordando el tema del matrimonio y de
la familia. Sin embargo es curioso constatar que las motivaciones que
mueven a los que se casan y a los que no se casan, en este caso
particular, son asombrosamente parecidas. Por eso no he querido
desaprovechar la ocasión para tratar este tema tan poco comprendido por la
gente de la calle y que tiene claras repercusiones en la concepción del
amor humano, de la sexualidad y de las relaciones de amistad del hombre
con Dios.
La Biblia nos enseña que “creó Dios al hombre a su
imagen. A imagen de Dios lo creó. Macho y hembra los creó. Dios los
bendijo, diciéndoles: "Sean fecundos y multiplíquense. Llenen la tierra y
sométanla” (Gen. 1, 27-28). La unión del hombre y la mujer para formar una
familia es algo querido por Dios ¿por qué, entonces, en la Iglesia
católica, los sacerdotes no se casan y algunas mujeres se consagran a
Dios, haciendo un voto de castidad y renunciando por tanto al
matrimonio?¿Quién inventó eso?
El que lo inventó fue el mismo Jesucristo, que es el
primero que no se casa. Siendo verdadero hombre prescindió del matrimonio.
Y no olvidemos que él es el Camino, el supremo modelo para todo cristiano.
El mismo ofrece esa posibilidad a sus discípulos que se quejan de que es
difícil vivir la fidelidad en el matrimonio. Jesús acaba de condenar el
divorcio y ellos responden:"Si ésa es la condición del hombre que tiene
mujer, es mejor no casarse." Jesús les contestó: "No todos pueden captar
lo que acaban de decir, sino aquellos que han recibido este don. Hay
hombres que han nacido incapacitados para el sexo. Hay otros
incapacitados, que fueron mutilados por los hombres. Hay otros todavía,
que se hicieron tales por el Reino de los Cielos. ¡Entienda el que pueda!"
(Mt. 19, 10-12). Según estas palabras algunos han recibido en don de
entregarse totalmente a Dios, renunciando al matrimonio por el Reino de
los cielos. Todo parece indicar que los doce apóstoles tuvieron que
renunciar a sus familias y entregarse a su nueva vida junto a Jesús; y que
después se desperdigaron por el mundo para anunciar el evangelio. Nunca
volvieron a sus familias, su vida quedó consagrada al Evangelio.
S. Pablo hace una amplia reflexión en su primera carta
a los Corintios (I Cor. 7, 25-40). Le parece que el que está casado
(hombre o mujer) tiene el corazón y la vida dividida, porque tiene que
agradar a su cónyuge. El que no se casa puede servir al Señor sin otras
preocupaciones. De cualquier modo el que se quiera casar puede hacerlo,
obra bien, pero el que sigue su consejo y su ejemplo (tampoco él era
casado) obra todavía mejor.
Después de estos dos lugares del Nuevo Testamento que
hemos citado, quién se atrevería a decir que esta costumbre secular de la
Iglesia católica está apartada de la Escritura. Transcurridos los primeros
siglos del cristianismo, la Iglesia quiso elegir a los sacerdotes de entre
aquellos que recibieran de Dios el don de la virginidad consagrada a Dios,
también llamada celibato. Los motivos prácticos son evidentes. El
sacerdote es una persona consagrada a Dios por el sacramento del orden
sacerdotal, dedicada a enseñar la fe; a administrar los sacramentos, lo
más sagrado de la Iglesia; a dirigir las comunidades cristianas. Es sin
duda conveniente una total disponibilidad del cuerpo y del alma. Esta
entrega al seguimiento corporal de Cristo, cristalizó, en los primeros
siglos, en las llamadas vírgenes consagradas y en los monjes del desierto,
lo que originó paulatinamente el nacimiento de multitud de familias
religiosas y otras formas de vida consagrada. En dichas asociaciones de
fieles aprobadas por la Iglesia, durante los dos mil años de cristianismo,
un número incontable de personas en todo el mundo, hoy en día muchos
miles, vivieron y siguen viviendo en virginidad perpetua.
Pero, volviendo al principio, no quiero despedirme sin
aclarar lo más importante. Esas personas no son solteras, con la carga
negativa de falta de compromiso egoísta que puede llevar consigo, a veces,
esa forma de vida. Son hombres y mujeres que decidieron entregar su amor
de esposo o esposa, de padre o madre a Dios y al servicio de los demás.
Son capacidades inscritas precisamente en el sexo masculino y femenino. No
renunciaron a amar, eso es irrenunciable, no renunciaron a ser esposos y
padres; lo que hicieron fue ofrecer su amor esponsal, el centro
indivisible de su corazón, a solo Dios; y dedicar su amor maternal -
paternal al servicio de los demás. Y esto lo hicieron porque vivieron la
experiencia de la cercanía de Dios en Jesucristo, entablaron con Cristo
una relación de amistad tan profunda que los condujo a un profundo
enamoramiento y como consecuencia a una entrega al servicio de Dios. Así
es, están “casados con Dios”. ¿Pensaremos acaso que el Corazón de Cristo,
abrasado en las llamas de su inmenso amor, no llenará los corazones de los
que se consagran a El? Claro, tenemos una idea demasiado mezquina de Dios.
Como un ser Supremo poderoso y sabio, pero frío y distante. No podemos
entender como se puede vivir sin casarse o sin saciar el instinto sexual
porque no conocemos por experiencia el amor infinito de Dios. Porque, en
cierto modo, desconocemos el amor verdadero como entrega del corazón más
allá de la entrega sexual. De ahí la incapacidad para entender el celibato
y para vivir la fidelidad y la entrega generosa y definitiva en el
matrimonio.
Publicado el 29 de agosto de 2003.
|