Oración y vida
Pbro. Roberto Visier
Hay gente que se ufana de que ora mucho pero está
llena de rencores, apegada a sus bienes materiales hasta cometer
injusticia contra sus empleados, se fija en la paja del ojo ajeno y no ve
la viga que tiene en el suyo No, es imposible, es intolerable. Si no hay
transformación de la vida no hay vida de fe y nuestra oración es farisaica
y vacía.
La oración no puede ser tomada como un método de
relajación o un modo de combatir el stress. Sin duda tiene muchos efectos
positivos para la vida psicológica y incluso afectiva de la persona, pero
nunca podemos entender la vida espiritual como desconectada del resto de
la vida. Están de moda las prácticas espirituales y fácilmente creemos en
cualquier superstición barata por infundada que sea, pero con tal de que
no nos exija nada.
Nada más alejado de la práctica de la verdadera oración
que es encuentro con el Padre de infinita misericordia, con Jesucristo
Redentor y con el Espíritu Santo santificador. Pues el Padre bueno es
también exigente y celoso de su gloria, Jesucristo nos exige una
colaboración real en la obra de nuestra propia salvación y el Espíritu nos
pide renunciar a todas las obras malas para moldearnos a imagen de Jesús.
Así habla S. Pablo a los bautizados: ”No dejen que el pecado tenga poder
sobre este cuerpo -¡es un muerto!- y no obedezcan a sus deseos. No le
entreguen sus miembros, que vendrían a ser como malas armas al servicio
del pecado. Por el contrario, ofrézcanse ustedes mismos a Dios, como
quienes han vuelto de la muerte a la vida, y que sus miembros sean como
armas santas al servicio de Dios. Hubo un tiempo en que llevaron una vida
desordenada e hicieron de sus cuerpos esclavos de la impureza y del
desorden; conviértanlos ahora en servidores de la justicia verdadera, para
llegar a ser santos. Cuando eran esclavos del pecado, se sentían muy
libres respecto al camino de justicia. Pero con todas esas cosas de las
que ahora se avergüenzan, ¿cuál ha sido el fruto? Al final está la muerte.
Ahora, en cambio, siendo libres del pecado y sirviendo a Dios, trabajan
para su propia santificación, y al final está la vida eterna.” (Rom.
6,12-13; 19-22).
El Papa Pablo VI dijo en una ocasión que uno de los
dramas de nuestro tiempo era “el divorcio entre la fe y la vida”. Hay
gente que se ufana de que ora mucho pero está llena de rencores, apegada a
sus bienes materiales hasta cometer injusticia contra sus empleados, se
fija en la paja del ojo ajeno y no ve la viga que tiene en el suyo (Mt.
7,3), vive en el adulterio, en el desorden sexual, o lleno de vicios, su
vida familiar es un desastre, etc, y sigue pensando que la amistad con
Dios no tiene que ver nada con todo eso. No, es imposible, es intolerable.
Si no hay transformación de la vida no hay vida de fe y nuestra oración es
farisaica y vacía.
Cuando la vida de oración es sincera el Espíritu Santo
nos santifica, va naciendo un gusto por las cosas espirituales, un placer
en hacer el bien, en servir a los demás. Empezamos a sentir nuestras
faltas como un peso insoportable del que necesitamos despojarnos para
siempre y aborrecemos todo lo que pueda desagradar a Dios, pues es ahora
el gran Amigo, ese que nunca falla, al que por nada del mundo quisiéramos
contrariar. Los mandamientos de Dios se convierten más que en una
exigencia moral de nuestra conciencia, en un imperativo de nuestro amor
hacia Dios: huésped interior siempre cercano y presente, confidente
cotidiano de toda nuestros sentimientos y deseos, de nuestras máximas
aspiraciones, de nuestros sufrimientos y alegrías, de toda nuestra vida.
De este modo la coherencia de nuestra vida con la
oración que cada día se eleva a Dios, es a la vez un presupuesto o
fundamento de nuestra vida espiritual y también un fruto de ella. Sin una
vida honesta y verdaderamente acorde con el evangelio no se profundizará
en el encuentro personal con Dios. Al mismo tiempo la compañía de Dios nos
impulsa a cambiar. Sin oración no hay vida de fe, sin vida de fe no hay
verdadera oración. Usando un ejemplo cibernético: para chatear con Dios mi
vida tiene que ser honesta, sino no hay conexión. Al mismo tiempo mi
conexión con Dios me impulsa a llevar una vida honesta. No es un simple
estímulo, es una verdadera obra de regeneración o transformación interior
y también de mi vida exterior que Dios realiza en mí. Es una luz que
inunda mis pensamientos y mis palabras, que ilumina mi vida familiar, mi
trabajo, mis amistades y mi tiempo libre.
Es una experiencia de miles, de millones a lo largo de
los siglos de la era cristiana. El que ha buscado a Dios y lo ha
encontrado en la oración, ha cambiado su vida como una consecuencia
lógica, como un fruto de su maduración humana y cristiana. Es una etapa de
crecimiento que hay que superar. Si cuando la persona siente la exigencia
interior de cambio de estilo de vida, de morir al pecado, no acepta, no
perseverará en la oración; dará un paso atrás porque no pueden coexistir
la oración y el pecado. Será un intento fallido de intimidad con Dios, una
vida de santidad frustrada por falta de generosidad, por la resistencia a
abandonar su egoísmo, su vida desordenada.
En esto hay muchos grados: a mayor integridad moral más
profundidad de la vida espiritual, más crecimiento en la vida de oración,
no necesariamente en la cantidad, sino en la calidad. Al que tiene se le
dará y le sobrará y al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene (Mt.
25,29).
Publicado el 29 de agosto de 2003.
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