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Donde dos o más se reúnen

Pbro. Roberto Visier

Ya hemos indicado la importancia de la oración personal y la necesidad de que sea interior y sincera y que una oración o un culto exterior sin testimonio de vida, revela una fe inmadura. Sin embargo es propio del hombre vivir en sociedad, unirse para ejercitar y dar mayor eficacia a toda actividad humana

Con referencia a la separación artificial entre la fe y la vida de la que hablábamos en el tema anterior, es muy común la pretensión de vivir la propia fe encerrado en sí mismo, en la propia conciencia, como algo meramente individual. Con esa excusa, en algunos países, se ha querido eliminar toda expresión de fe pública, suprimiendo toda referencia a Dios en los textos constitucionales, todo signo religioso en las escuelas, escudándose con frecuencia en una supuesta “libertad religiosa”, como si esta imposición de la cultura moderna no fuese ya un atentado contra la libertad de los que libremente, valga la redundancia, desean profesar su fe de un modo público, contra los padres que desean la educación cristiana de sus hijos, contra el mismo Dios que desea estar presente en nuestro mundo. Estos o parecidos argumentos usan también, como excusa, los que, por comodidad o flojera, por vergüenza o simplemente por tener una fe muy escasa, afirman que a ellos no les hace falta acudir a ninguna Iglesia para ser creyentes, que no son mejores los que van a Misa a darse golpes de pecho, que a ellos les basta rezar en casa o en su corazón, que incluso leen mucho la Biblia y están pendientes de Dios.

Ya hemos indicado la importancia de la oración personal y la necesidad de que sea interior y sincera y que una oración o un culto exterior sin testimonio de vida, revela una fe inmadura. Sin embargo es propio del hombre vivir en sociedad, unirse para ejercitar y dar mayor eficacia a toda actividad humana. Formamos grupos para estudiar, para trabajar, para hacer deporte, para discutir temas de cultura, política o sociedad, etc.; se congregan las masas para un evento deportivo o musical; ¿y no habríamos de reunirnos para bendecir a Dios, hablar con Él o hablar de El? Con estas palabras lo declaró Jesús: “donde dos o más se reúnen en mi Nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt.18,19-20).

La Iglesia es una comunidad de creyentes. Es normal que tenga momentos de reunión, donde como familia de fe se unen en una misma oración. La oración común es esencial en la vida cristiana, pues no podemos ser cristianos anónimos. La fe no se esconde, igual que la luz no es para ponerla debajo de la cama sino para que alumbre a todos (Mt. 5,15).

En el culto público que la Iglesia Católica tributa a Dios la primacía pertenece a la celebración de la misa, especialmente la dominical. Desde hace siglos la Iglesia pide a los católicos que sean fieles a su cita con Cristo en el Domingo o día del Señor en el que él resucitó de entre los muertos. Efectivamente, el primer reflejo de una vida cristiana coherente es la asistencia fiel a la misa dominical. Si esto que es lo mínimo y a la vez lo más importante no lo damos, entonces ¿dónde está nuestra fe? No, el modo de vivir en cristiano no lo inventamos nosotros, la vida de la Iglesia a lo largo de dos mil años lo ha dejado muy claro. Jesús predicaba en las sinagogas, en el templo de Jerusalén. Los apóstoles después de la resurrección acudían al templo cada día y las primitivas comunidades cristianas, a falta de templos, se reunían en las casas donde compartían horas de oración y convivencia fraterna.

Después de la celebración de los sacramentos que con frecuencia está unida a la celebración eucarística (la Misa), cima del culto católico, tiene gran importancia la celebración comunitaria de la liturgia de las horas y, como no, la adoración del Santísimo Sacramento expuesto en la custodia. En general cualquier práctica de piedad practicada en común, es más eficaz, promueve la comunión fraterna, ayuda a tener una mayor atención y devoción, se convierte en testimonio de fe, es luz para la sociedad. Citemos por ejemplo el Rosario, el Via Crucis, las novenas o triduos, etc. Nadie es independiente o puede sobrevivir aislado. En el mundo globalizado en el que vivimos nos damos cuenta de la trascendencia que tiene que compartamos todo. Compartir la fe es fortalecerla es sentirse familia de fe. “¡Vean qué hermoso y dulce habitar los hermanos unidos, allí da el Señor la bendición y la vida para siempre” (Salmo 133).

Publicado el 29 de agosto de 2003.

 
 

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