¿Qué puede ser un
libro?
Carlos Díaz
El libro, caro amigo, ¿qué es?. Es lo que es, aunque
no todos lo comprendan del mismo modo.
Para un ecologista un libro no es sino un paso más en
la desertización del suelo, por aquello de la necesaria tala de árboles
exigida para su publicación, viendo por lo mismo al escritor como a un
leñador enemigo.
Para un alumno un tanto tonto un tormento, Dios me
libre del libro, por aquello de que la letra con sangre entra y la labor
con dolor.
Para ciertos profesores anarcisados libro es sobre todo
su propio librillo, cual corresponde a cada maestrillo.
Para los más renuentes a la lectura, el libro es una
mala ocurrencia.
Para el librero cutre un negocio, para el librero
profesional también un ocio.
Para el distribuidor, un cuarenta o cincuenta por
ciento de rapiña, mucha cara.
Para el culturista empedernido, un atentado contra el
footing, pues llegará el día en que todos seamos bibliotecarios, y
entonces todo habrá terminado para nosotros: los libros nos enseñan
bastante poco sobre el mundo, lo pertinente es mover las piernas, porque
quien mueve las piernas mueve el corazón.
Para el misántropo, una ocasión más para ratificar que
si la naturaleza había dispuesto sabiamente que las necesidades de los
hombres fuesen pasajeras, he aquí que los libros las hacen inmortales.
Para el medroso, los libros llevaron a la sabiduría a
unos pocos, a la locura a muchos; además, en otros tiempos la escasez de
los libros fue ventajosa para el progreso de la ciencia, sin embargo ahora
en su abundancia confunde e impide el pensamiento personal.
Para mucha gente, sin embargo, es el mejor amigo del
hombre, es la sabiduría de la especie acumulable en cada recodo del camino
de papel, es el paciente estar ahí para el lector, siempre ofreciendo y
nunca solicitando nada, eternamente a tu disposición para que te detengas
en él cuando quieras y cuando quieras también le despidas, un misterio que
sólo pueden acoger unas manos de cristal.
Para la Real Academia Española, en fin, no nos
alarguemos demasiado, es un «conjunto de muchas hojas de papel, vitea, etc,
ordinariamente impresas, que se han cosido o encuadernado juntas con
cubierta de papel, cartón, pergamino u otra piel, etc, y que forman un
volumen». Libritos, libracos, librejos, de la misma familia todos ellos
son.
¿Y para un humilde escribidor? Pues es una cosa
encuadernada de más de cien páginas, a ser posible publicada.
Pero todos los libros nacen del libro de la vida, y a
el van a desembocar, la vida misma supera a la más calenturienta fantasía,
la vida misma es exhuberante, excedentaria, dice más de lo que podemos
leer en ella, no han sido inventadas aún, ni siquiera juntando todos los
idiomas de la Tierra, palabras bastantes para expresar tanto aroma, sabor,
olor, color, átomo, sonrisa, sonrojo, pasión, acción. ¿Natura parendo
vincitur, se vence a la naturaleza obedeciéndola? Ni siquiera eso, a la
vida no hay quien la doblegue, no ha nacido aún suficiente plectro
pooético para cantarlo y contarlo. Serían precisas todas las vidas de
todos los poetas juntos en un solo punto generacional para acercarse un
poco al derroche de sinfonía que sale de las entrañas de la Tierra y que
con su vaho llega hasta lo alto. A la naturaleza no se la puede cantar
como ella se merece desde su sencillez infinita, ya lo dijo Galileo
Galilei: «Por consiguiente, cuando advierto que una piedra cayendo de lo
alto, a partir del reposo, va aumentando su velocidad, ¿por qué no he de
creer que tales incrementos han de hacerse de la manera más simple y más
obvia de todas?». La vida es un texto abierto que solamente hemos de tomar
y leer, aunque a veces no esté escrito en caracteres matemáticos.
Publicado el 29 de agosto de 2003.
|