El sentido de la
vida
Esa famosa frase, “la vida merece vivirse” pareciera
hoy abocada a un eslogan fatalista, apto únicamente para aquellos que
realmente pueden vivir.
A pesar del publicitado
bienestar, y de la no menos exaltada abundancia globalizante, a pesar de
los deslumbrantes artefactos, los cuales inducen al ser humano a creer en
las facilidades que concede el progreso para vivir, a pesar del orgullo
ante la tecnificación alcanzada durante los últimos años, a pesar de que
el ser humano logró quebrar las fronteras de su habitat terrestre,
remontándose hasta espacios hacía poco de ficción, a pesar de que la
medicina ha encontrado sucedáneos para anestesiar enfermedades antiguas, a
pesar de todos los esfuerzos de la inteligencia humana para procurar un
mundo mejor..., la realidad se presenta bajo otros contrastes: quizá
hayamos logrado vivir más pero no mejor. Hemos avanzado en lo cuantitativo
y hemos retrocedido en lo cualitativo. Hemos descuidado el auténtico
sentido de la vida.
El admirado cardenal
Tarancón puso el dedo en la llaga en su oportunidad, al detectar que la
moderna búsqueda de un sentido para la vida ha quedado fallida porque se
asentó en el rechazo del sentido de pecado: “La pérdida del sentido de
pecado es olvidar la raíz de la auténtica esperanza. Es cerrar los
horizontes cuando, como tantas veces ocurre, se ceba el dolor, la
desilusión, la tristeza en nuestra vida. Le quita a la vida humana su
auténtica dimensión al olvidar la relación con el único que puede alentar
nuestra esperanza”.
Se ha perdido, ciertamente,
aquella ilusión de los años sesenta, cuando, al menos, parecía la
posibilidad de una puerta abierta a la esperanza. Los líderes habían
logrado mantener la posibilidad de una utopía creíble. Por malo que
aparentara el momento, el futuro brindaba una luz. La niebla se iba
disipando en penumbra y, al fondo, el rayo esperanzador tendía sus manos.
De entonces hacia acá la neblina se ha ido espesando y al rayo lo han
cubierto los nubarrones. Hemos entrado en el largo y oscuro túnel de la
pérdida del sentido de la vida.
Es cierto que el ser humano
siempre se ha planteado el interrogante sobre su futuro, a veces hasta
agónicamente, pero da la impresión de que hemos entrado en el tiempo
opuesto, ese que insiste en dejar de lado la proyección para apuntalar el
presente, lo que ha llevado a un sentido de vida marcada por el egoísmo:
por el egoísmo personal y por el colectivo. El nuevo sentido que quiere
dársele a la vida es el de agotarla en el presente, principio que nos está
llevando a un marcado desencanto. Y el desencanto empuja hacia la
desesperación.
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