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El alma de Europa

J. Antonio Doménech Corral

Europa siempre fue un mosaico de culturas: latina, germánico-báltica, eslava, céltica... Todo un puzzle que sólo el cristianismo logró recomponer inspirándole su aliento. Como su alma.

Ya está casi a punto de alcanzar su mayoría de edad esa poderosa nación gestada en Maastricht en 1991, y que tal vez en el futuro se denomine Europa Unida en lugar de Unión Europea como hasta ahora. Cuando empiece a entrar en vigor esa Constitución, cuyo borrador fue presentado a la cumbre de la Convención Europea el pasado Junio y propuesta su aprobación definitiva para el próximo 4 de octubre. Tendrán que ratificarlo todos los estados miembros. Los actuales más los 10 de la ampliación cuando se sumen a ella en mayo de 2004. Entonces contará con 453 millones de habitantes y 20 idiomas oficiales -aunque las decisiones ejecutivas se expresen sólo en tres (inglés, francés y alemán)- ocupando una extensión de 4 millones de kilómetros cuadrados.

Sin embargo, en el borrador de esa Constitución que se afirma inspirada en “las herencias culturales religiosas y humanistas de Europa”, irracionalmente se omite en su preámbulo toda referencia a Dios y al cristianismo. A pesar de la machacona solicitud del Papa Juan Pablo II y de un sin fin de autorizadas voces europeas. Y no dejará de ser torpe e injusto que venza el empeño de mantener este silencio, si nada lo remedia en ese cercano y nuevo pleno definitivo en que los líderes europeas tendrán su última palabra. Hasta ahora sólo cuenta con el apoyo favorable de España, Italia y Polonia.

Porque, en cambio, sí que se hace referencia a las clásicas civilizaciones helenista y romana, más las corrientes filosóficas del llamado “Siglo de las Luces” que dieron un “papel central al ser humano y a sus derechos inviolables e inalienables”. Pero cometiendo el grave pecado de omisión de saltarse todo el medioevo que por ejemplo, para Federico Schlegel en su Filosofía de la Historia, “no puede dejarse de reconocer que en esos siglos el cristianismo llevó a cabo una de las realizaciones históricas más perfectas del fin que Dios ha impuesto al hombre y a la humanidad en este mundo”.Y para su hermano Augusto Schlegel, padre del romanticismo poético, las virtudes cristianas de esa Edad Media están muy por encima del mundo clásico y así no tuvo reparo de proclamarlo en sus versos: “Antaño era Europa una sola patria, en sus días de grandeza/ tan noble, que por ella se podía ir a la muerte y al triunfo./ Todos ansiaban pelear por la misma fe./ Se abrían los corazones al mismo único amor./”

Y es que, Europa nunca hasta entonces había gozado de una unidad cívica, política o histórica. Al contrario, había sido siempre un mosaico de culturas: latina, germánico-báltica, eslava, céltica... Todo un puzzle que sólo el cristianismo logró recomponer inspirándole su aliento. Como su alma. Lo grita a los cuatro vientos un testimonio gráfico difícil de borrar: ese sin fin de campanarios sembrados por Europa desde hace siglos. Como declaraba el cardenal arzobispo de Paris, monseñor Lustiger, si se mantiene el silencio sobre Dios y el cristianismo, será difícil explicar a los niños el por qué de la profusión de estos campanarios.

 
 

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