Los dioses del
domingo
Jesús Alfonso Nieves Asúnsolo
Por lo tanto les digo a esos dioses que se olviden del
auto idolatría, pues a quien hay que rendirle culto es a Dios no a
nosotros mismos.
El centro de este tema ya
lo he comentado en otras ocasiones pero vale la pena retomarlo en función
a otro artículo que deseo presentar posteriormente a éste enfocado a la
Eucaristía. Primeramente comentaré sobre lo que piensan muchos “católicos”
sobre el día domingo y es en función a que ese día no trabajan, se pueden
levantar tarde, podrán ir a los tacos de cabeza, leer el periódico con
calma y ver la programación de los eventos dominicales y así, programar su
diversión. En fin, estructuran todo el domingo para ellos, es decir, se
convierten en “dioses”, pues se dedican a darse culto ellos mismos y
desean que los demás se sacrifiquen para su bienestar y comodidad. Pero,
estos dioses se molestan cuando vislumbran el peligro que se presenta para
su grandioso, meticuloso y esperado plan de comodidad al escuchar como
alarma de incendio la voz de la esposa o madre, pues generalmente son
ellas preguntando “¿A cual misa vamos a ir?”.
Truena el cielo y la tierra
porque es ahí, en ese momento, cuando empiezan los problemas dominicales,
pues una aguafiestas ha decidido malograr el día domingo, pues no se tuvo
la compresión de respetar ese día de descanso, que bien merecido se tiene
después de una jornada de seis días de trabajo. Finalmente esos dioses
optan por no ir a misa alegando que es un invento de los curas para
dominar y obtener dinero; que Jesucristo nunca dijo que había que ir a
misa y que lo que realmente importa es la relación directa y personal con
Dios. Otros optan por ir a misa de mal humor, con cara de pocos amigos,
como si estuviesen haciéndole un favor a la esposa o la madre para que “no
digan”.
Estos dioses quieren
relativizar los valores fundamentales, es decir, la ley divina intrínseca
en el fondo del ser humano que lo relaciona con el Absoluto. Olvidan que
el primer mandamiento divino es “Amarás al Señor tu Dios con todo tu
corazón, con toda tu alma, con toda tu mente... y sólo a Él le darás
culto...” La Iglesia, en su primer mandamiento nos dice que hay que oír
misa completa todos los domingos y fiestas de precepto y exige a los
fieles participar en la celebración eucarística, el día en que se
conmemora la Resurrección del Señor.
Por lo visto estos dioses
cuando llegan a ir a misa no se dan cuenta que es el acontecimiento por
excelencia, el sacrificio eucarístico del Cuerpo y la Sangre de Jesucristo
instituido por Él, que perpetúa por los siglos hasta su regreso, el
sacrificio de la cruz, como dice Juan Pablo II: La cruz es la inclinación
más profunda de la Divinidad hacia el hombre... es como un toque del amor
eterno sobre las heridas más dolorosas de la existencia terrena del
hombre...”(Dives in misericordia No.8). Estos dioses no saben que es en la
Santa Misa donde la Iglesia proclama lo que en toda la escritura se
refiere a Cristo y, celebra la Eucaristía como memorial de la muerte y
resurrección del Señor, porque no es una representación sino la repetición
de su sacrificio redentor, que se accede a él no solamente a través de un
recuerdo lleno de fe, sino también en un contacto actual, puesto que ese
sacrificio se hace presente (Cfr. Ecclesia de eucaristía No.12); y es en
esta misma encíclica anterior en su número 18 y 19, Juan Pablo II nos
dice: La Eucaristía es tensión hacia la meta, pregustar el gozo pleno
prometido por Cristo es, en cierto sentido, anticipación del Paraíso y
“prenda de gloria futura”... La Eucaristía es verdaderamente un resquicio
del cielo que se abre sobre la tierra. Es un rayo de gloria de la
Jerusalén celestial, que penetra en las nubes de nuestra historia y
proyecta luz sobre nuestro camino.
Estos dioses olvidan que el
oír y recibir el Evangelio en la asamblea eucarística de la Iglesia, es un
acto de adoración y que por nuestra fe somos asociados a la única oblación
salvadora, siendo con Jesucristo una sola ofrenda, donde podemos ofrecer
nuestro cuerpo con el suyo y en el suyo, en sacrificio vivo y verdadero,
dando al Padre, por la gracia del Hijo, en la comunicación de su Espíritu,
el culto que Dios espera de nosotros.
Por lo tanto les digo a
esos dioses que se olviden del auto idolatría, pues a quien hay que
rendirle culto es a Dios no a nosotros mismos y Él espera un culto
vivencial que requiere de nuestra participación activa. Dejémonos de
cuentos, el culto a Dios es participativo en asamblea, no pasivo ni
aislado, ni mucho menos electrónico.
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