¿Miedo eclesial?
Sería menester que la Iglesia, cada vez que se reúnen
en ella sus responsables, se abandonase con mayor confianza al espíritu de
vida. La iglesia sigue estando prisionera de la sistematización legalista
de lo que, en el Evangelio, se presenta como una inspiración libre.
Es algo connatural al ser
humano. Lo ha sentido siempre y ante las más variadas circunstancias. El
miedo, como todas las emociones humanas, puede degenerar en perturbación
exagerada y condicionar terriblemente el comportamiento del individuo o de
los grupos. Para mí, el terrorismo galopante no es otra cosa que la
radiografía del miedo.
Existen miedos racionales,
lógicos, y también miedos ilógicos, evidentemente patológicos. Existen
tanto el miedo por defecto como el miedo por exceso. Las definiciones más
simples lo dicen: el miedo es “una perturbación angustiosa del ánimo por
un riesgo o mal real o imaginario”; el miedo es “el recelo o aprensión que
uno tiene de que le suceda una cosa contraria a lo que desea”.
Si nos atenemos a esto,
podríamos asegurar que estamos inmersos en la época del miedo: miedo
político, miedo económico, miedo de inestabilidad social, miedo de
irreconciliaciones, miedo ante conflictos creados y no resueltos, miedo
ante el futuro. Y la interrogante que enmarca este panorama no es otra que
la desconfianza ante el mañana: ¿y ahora qué?, ¿y luego, qué?. Un
ahora-luego que pareciera no encontrar proyección y, por lo mismo, que
borra toda esperanza para la consecución de una vida mejor.
La Iglesia católica no
escapa a este panorama. A pesar de que su doctrina no está asentada en el
principio del temor, sino en la creencia de la realización última, existen
síntomas inequívocos de que el medo campea en su seno. Ya no se trata del
aquel medo predicado, y construido, sobre la base del principio
salvación-condenación, sino un miedo más de ahora, más temporal y humano.
Lo dijo el famoso obispo Riobé: “Todos tienen miedo. Quizá sea esta la
clave del malestar de la Iglesia: el miedo... Sería menester que la
Iglesia, cada vez que se reúnen en ella sus responsables, se abandonase
con mayor confianza al espíritu de vida. La iglesia sigue estando
prisionera de la sistematización legalista de lo que, en el Evangelio, se
presenta como una inspiración libre”.
A veces el miedo eclesial
ha querido ser sublimado, bautizándolo con el nombre de prudencia. ¡Nada
menos que una virtud!. Psicológicamente se podría definir más bien como
mecanismo de defensa: el intento de protegerse de una realidad
desagradable, resistiéndose a percibirla, o intentar justificar cierto
proceder, proclamando excusas ciertamente “razonables”, vistas como
“racionales”, pero, en el fondo, falsas. Porque el miedo ha impedido esa
confianza y ha canalizado la vida de la fe por acequias poco libres.
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