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Aviso para posibles ingenuos

Carlos Díaz

Tampoco deberíamos hacer caso de los libros pródigos en consejos, especialmente de aquellos empeñados en vendernos la fórmula de cómo enriquecerse, de cómo convertirse en gran triunfador, o de cómo escribir best-sellers.

Así como deberíamos huir de los psiquiatras angustiados, porque ninguno de ellos podría liberarnos de la angustia propia, así tampoco deberíamos hacer caso de los libros pródigos en consejos, especialmente de aquellos empeñados en vendernos la fórmula de cómo enriquecerse, de cómo convertirse en gran triunfador, o de cómo escribir best-sellers, libros todos ellos que se condenan por sí solos en la medida en que obviamente ni los enriquecidos lo son por la venta de ese su texto supuestamente expendedor de fortuna, ni los triunfadores pierden su precioso tiempo describiendo el método que a ellos les ha encumbrado a la cima, además de que su propia vía de acceso a las alturas olímpicas tampoco se la contarían a los otros.

Yo a lo que te invito es a que tomes la pluma y escribas lo que te vaya saliendo. ¿Que no tienes grandes cosas que contarle a nadie, y ni siquiera a ti mismo? No me digas, hombre de Dios. Fuera de una minoría privilegiada que escribe para comunicar incesantes aventuras y cuya vida resulta una fiesta interminable de la imaginación y un gozo de la racionalidad comunicativa, al resto de los mortales escritores las pequeñas victorias logradas sobre los rebeldes folios emborronados le compensan sobradamente tanto sufrimiento. Además, y sobre todo, una palabra alentadora de tus lectores bien vale algunas semanas de trabajo: quien no escribiera para descubrir una infinidad potencial de sorpresas sería desde luego un escritor-máquina, un escritor a destajo para quien escribir equivale tan sólo a cien o más páginas por llenar.

Una vez que hayas emprendido mil circunnavegaciones por el inmenso oceano de tu escritorio cual Magallanes de papel, y cuando finalmente decidas desembarcar tu aburrimiento en formato de imprenta, ya sabes: escribes otra vez, de nuevo te lanzas a la mar oceana. Harás lo mismo hasta el último día de tu vida. Izarás las velas y, tras renovada singladura (aburrida calma chicha a veces, procelosa tempestad y apasionante aventura de cuando en cuando) desde tu soledad impertérrita convertida en vigía y en grumete, tronarás con aguardentosa voz: «¡Tierra a la vista!». Acercarás luego el humilde bote hasta la playa próxima y siempre soñada, saludarás con tu libro a los pocos lectores indígenas que por su parte habrán de explorarte a ti mismo y comenzarás a preparar la vuelta a casa, es decir, a tu computadora que es barco de papel con que te deslizas sobre las aguas y que es también arca contra tempestades y puerto móvil en tiempos campales de donde nuevas palomas habrán de surcar el cielo anunciando la proximidad de más firmes tierras.

Hay autores ovíparos, que construyen las paredes de sus celdillas acumulando con paciencia de abeja cada una de las fichas con que habrán de construir la casa, ficha a ficha, golpe a golpe. Los hay también vivíparos, aquellos que dan a luz a la criatura llevados de una sublime inspiración y encendidos en un arrebato creador. Los ovo-vivíparos, indefinidos, ni lo uno ni lo otro.

El estilo es el hombre, pero yo sólo escribo realmente si tú lees. No hay yo sin tú, ni autor sin coautor-lector. Ningún libro pertenece sólo a quien lo puso en el mundo; cada vez que una mano acoge tu escrito, lo reescribe, lo reinterpreta, lo repiensa, lo reasume y lo reelabora, lo hace enteramente suyo. Suyo es mi libro, como mía su interpretación. Ningun libro está de ello libre, Dios nos libre. No hay mirada alguna que no sea vacía ni ciega si no la reaviva la pupila de nuestro prójimo, y por ello la vida termina siendo una red de manos que escriben cuando leen y que leen cuando escriben: no en vano dijo Hegel que la verdad es el todo. Sin ti, lector, en cuanto que autor no existo todavía. Con independencia de que lo haga mejor o peor o de que aburra más o menos, el autor necesita inevitablemente un lector, y ello aunque sólo fuera por el mero hecho del escribir mismo, toda vez que nadie escribe para no ser leído, siquiera fuere porque escribir sin leer resulta pretensión metafísicamente imposible. Leer sin escribir es cosa perfectamente al alcance de cualquiera pero escribir sin leer no lo es, ya que si escribes sin leer lo que escribes sólo estás aporreando las teclas de la máquina o únicamente dibujas con tu pulso grafismos arbitrarios o montones de sombras.

Más aún, no escribes si el lector no te escribe. Y si son muchos tus corresponsales, tanto mejor: entonces el libro quedará construído para siempre. Aseguraba Charles Péguy que «una revista no está viva más que si cada vez deja descontenta a una quinta parte de sus suscriptores. La justicia consiste en que no sean siempre los mismos los que se encuentran en esa quinta parte. De otro modo yo diría que, cuando nos dedicamos a no molestar a nadie, caemos en el sistema de esas enormes revistas que pierden millones, o que los ganan, para no decir nada, o más bien por no decir nada».

Por fin, no escribes si no te dejas escribir. A fin de lograr que un libro pase a esa clase de existencia donde las lecturas terminan siendo encuentros, deberíamos tratar de reflejar no sólo el hondón mismo del alma de su autor, sino comunizar el yo pasando al nosotros comunitario.

 
 

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