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Felicidades, Santo Padre

José Ignacio Munilla Aguirre

Los católicos creemos firmemente en que, hoy como hace dos mil años, la elección del sucesor de Pedro es una llamada personal de Jesucristo.

Se cumplen 25 años de aquella sorpresa que supuso para todos los católicos la elección de un Papa venido de Oriente. Lo que no sospechábamos entonces era que aquello fuese sólo el anuncio de sorpresas muy superiores que nos irían asaltando a lo largo de su pontificado. Algunos Papas han pasado a la historia por su santidad personal, otros por haber publicado un Catecismo, por reformar el Derecho Canónico, por defender la ortodoxia de la fe, por influir en la política de su tiempo, por su martirio, por liderar la defensa de los derechos del hombre... ¡Pero difícilmente habrá habido un Papa que haya encarnado en su pontificado todas estas facetas a un tiempo!

Nadie podrá decir que a Juan Pablo II le han tocado tiempos fáciles para llevar adelante su tarea. En el momento de su elección, a finales de los años setenta, era muy notoria la disolución del pensamiento contemporáneo en una ideología relativista; y, paralelamente, la secularización infectaba ya muchos ambientes eclesiásticos. La Iglesia y el Mundo necesitaban un maestro de la verdad revelada, y no un mero moderador de pluralismos, como algunos reivindicaban. El estilo de Karol Wojtyla ha conciliado de una forma equilibrada la necesaria sensibilidad ante las aspiraciones de nuestra sociedad, y la firmeza en la enseñanza magisterial.

Pero, tal vez, el aspecto más destacable del pontificado de Juan Pablo II ha sido su carisma en la forma de ejercer su pastoreo. El Papa no se ha limitado a obrar como el responsable último de una institución, sino que más bien su estilo ha sido el propio de un catequista universal, o de un párroco del mundo. ¡Tengamos en cuenta que se calcula que cerca de 300 millones de personas le han visto y escuchado en directo! Según afirmaba recientemente Luigi Accatoli, actual responsable religioso de "Il Corriere della Sera", cabría describir su pontificado de la siguiente forma: "De los diez dedos de la mano, Juan Pablo II ha usado nueve para predicar el Evangelio y uno para gobernar la Iglesia".

Al Papa le ha importado sobre todo la defensa de la dignidad del hombre; y por ello y para ello ha desgastado sus mejores fuerzas en la tarea de confirmar en la fe a quienes le hemos sido encomendados. Permítaseme una breve anécdota que ilustra bien este extremo: en Enero del año en curso, fallecía el corresponsal en el Vaticano del diario "La Repubblica", Domenico del Río, quien en su momento se destacó por sus ataques continuos a la Iglesia Católica en general, y al Papa en particular. El Papa le llamó para hablar con él personalmente; y este encuentro cambió el horizonte de su vida. Desde entonces se dedicó con pasión a investigar sobre la vida del pontífice, escribiendo cinco libros, el último de los cuales fue "Karol, el grande". Las últimas palabras que dirigió convaleciente en su lecho a un compañero corresponsal que le visitaba fueron: "Quisiera que le dijeras al Papa que le doy las gracias. Trata de ver cómo se lo puedes hacer llegar. Dile que le doy las gracias, con humildad, por la ayuda que me ha dado para creer".

Sin embargo, de poco serviría la labor de maestro de la fe o de pastor de almas, si no fuera acompañada por el testimonio personal de un vida coherente y santa. Dios le tenía reservado para la ancianidad el momento cumbre de su misión. Si bien es cierto que la dimensión física y psíquica del hombre están condenadas a sufrir un inexorable declive tras unos pocos años de plenitud; sin embargo, nuestra dimensión espiritual tiene la vocación de un continuo crecimiento hasta el mismo momento cumbre de la muerte. Si la clave del pontificado de Juan Pablo II hubiese sido la de "rector de la Iglesia", entonces lo lógico sería pensar que ya poco tiene que hacer en su decrepitud; por el contrario, si la clave de todo estriba en ser testigo ante el mundo de los valores eternos, entonces todavía le falta lo más importante: dar la vida.

Hemos oído y leído estos días en los medios de comunicación muchas opiniones encontradas sobre la conveniencia de que en el estado actual de Juan Pablo II se prolongue su pontificado. Pero el Papa manifestó en su momento con claridad lo que pensaba: "La fuerza para continuar mi ministerio pastoral no es un problema mío, sino de la Divina Providencia, que quiso llamarme, a pesar de no ser digno de ello, a ser Vicario de Cristo en la Tierra". ¿Alguien se puede imaginar a Jesucristo jubilándose o dimitiendo? ¡Pues no parece consecuente que su Vicario en la Tierra lo haga; de no ser que se dé una causa mayor, como una pérdida total de facultades mentales!

¿Y el próximo Papa? En el contexto de expectación en el que nos encontramos, se supone que tocaría terminar este artículo entrando en las quinielas de sucesión. Pero por más que nos prodiguemos en ese tipo de cábalas, estoy seguro que luego el Espíritu Santo se reirá de nuestras conjeturas. No olvidemos aquel tirón de orejas que Jesucristo dio a sus discípulos, los cuales iban de camino discutiendo quién entre ellos debía de tener la primacía (Lc 22, 24ss). Su respuesta invierte los valores de este mundo: "el que quiera ser el primero que sea el esclavo de todos; porque el Hijo del Hombre no ha venido a ser servido, sino a servir, y a entregar su vida en rescate por todos" .

Los católicos creemos firmemente en que, hoy como hace dos mil años, la elección del sucesor de Pedro es una llamada personal de Jesucristo. La Iglesia pedirá en su momento al Espíritu Santo que inspire la elección del próximo Papa; y, desde la confianza que nos da nuestra fe, no necesitamos saber quién será el elegido, para poder manifestar a priori nuestra incondicional adhesión. Si procediésemos de forma contraria, que por desgracia está bastante en boga, sería tanto como supeditar nuestra adhesión religiosa a la confluencia con nuestras ideologías humanas.

Por cierto, a estas alturas, un servidor ya ha asistido a varios funerales de personas que habían manifestado su certeza de la inminencia del fallecimiento del Papa. Lo mejor será que nos centremos con intensidad en el momento presente, y nos dejemos de futuribles.

José Ignacio Munilla Aguirre

Párroco de El Salvador de Zumárraga

 
 

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