Juan Pablo II: una
vuelta a lo esencial
El Observador
Entrevista a Rodrigo Guerra López "El Papa ha cumplido
su parte; me pregunto si nosotros lo hemos hecho".
¿Es posible hacer un balance del Pontificado de Juan
Pablo II en su 25 aniversario?
No es fácil. Sin embargo, creo que su pontificado ha
sido un esfuerzo por volver la mirada hacia lo esencial, es decir, ayudar
al mundo y a la Iglesia a reencontrar en la humanidad de Jesús el camino
para descubrir aquello que rebasa lo humano: Dios existe y está en medio
de nosotros.
Parece que hay una paradoja: la figura del Papa
fascina a las multitudes y a los medios de comunicación y al mismo tiempo
pareciera que su voz es desoída. ¿A qué se debe esto?
Juan Pablo II es vicario de Cristo y, como tal, no
puede hacer más que una propuesta al anunciar que ser cristiano tiene
sentido. La libertad es una condición esencial para la recepción de la
verdad del Evangelio. Cuando existe libertad existe también el riesgo de
no acoger la propuesta. Sin embargo, lo que conviene destacar es que el
esfuerzo que realiza Juan Pablo II consiste precisamente en afirmar que
Jesús no olvida a nadie aun cuando las personas en ocasiones le demos la
espalda. La fascinación que suscita el Papa me parece que no se debe a su
personalidad, a su oratoria o al «marketing», sino más bien a que la
verdad del Evangelio desafía la conciencia y la conmueve. El que esta
verdad sea desoída en ciertos ambientes tengo la impresión que se debe más
a la incongruencia de nosotros los cristianos de a pie. Muchas veces no
creemos que el amor, la comunión y el perdón son verdadera fuente de
renovación personal y social. El Papa sí ha cumplido su parte. Me pregunto
si nosotros lo hemos hecho.
¿Qué tipo de renovación personal ha promovido Juan
Pablo II durante su pontificado?
Estamos en una época de cambios rápidos y profundos a
nivel global. El «renovarse para ponerse al día» es un lugar común. Juan
Pablo II, sin embargo, no usa alguna moda administrativa o algún humanismo
«light» para promover el cambio. En este tema es fácil ver cómo el Papa
vuelve a lo esencial: el núcleo afectivo de la persona, el corazón, sólo
puede colmarse en sus expectativas con un encuentro definitivo. La
hipótesis cristiana corresponde al anhelo más hondo del corazón. Sin
embargo, el corazón, por su propio ímpetu no puede, ¡es incapaz!, de
alcanzar lo que más desea. Es momento de descubrir la importancia de la
gratuidad, la primacía de la gracia. La persona se renueva con la gracia.
Ella es la que hace crecer en virtud y no viceversa, como quieren algunos
neopelagianos.
¿Y en el ámbito social, donde, quizá, haya sido
menos escuchada su propuesta de volver a lo esencial, de volver a la
primacía de la persona?
En el ámbito sociopolítico sucede algo análogo: quienes
asumen el poder más pronto que tarde suelen volverse autoreferenciales, es
decir, medidas-de-sí-mismos. Escuchar y aprender del otro les resulta
difícil debido a que el poder exalta la eficacia y oscurece la capacidad
para leer lo cualitativo, lo humano, lo auténticamente «digno». La nueva
síntesis de la doctrina social de la Iglesia, articulada por Juan Pablo II,
sostiene justo que el Estado y el mercado sólo pueden servir y pervivir si
la persona, sus derechos y su cultura se colocan al centro. No basta
afirmar con la palabra que la persona es digna. Es necesario entender cómo
la doctrina social de la Iglesia puede ser usada como teoría crítica al
momento del diseño, por ejemplo, de políticas públicas.
¿Es esta «nueva síntesis de la doctrina social de la
Iglesia» parte del legado de Juan Pablo II para la posteridad?
En efecto, el fracaso especulativo y práctico, tanto de
los colectivismos como de los neoliberalismos, muestra, de manera
elocuente, que no basta la buena intención y una cierta capacidad técnica
para la transformación del Estado y de la sociedad. Los más pobres no
pueden continuar esperando. Fácilmente la anarquía y el sin-sentido pueden
emerger en el escenario público cuando no nos atrevemos a sustituir el
Estado-liberal-de-Derecho por un Estado-social-de-Derecho. Juan Pablo II a
través de su Magisterio ha hecho un aporte cualitativamente nuevo al
interior de la controversia sobre el Estado: el Estado tiene que
rearticularse con la cultura para, así, colocar a lo social como eje
sustantivo.
¿Dónde se muestra con mayor claridad esta postura
del Santo Padre?
En el Capítulo Quinto de la Encíclica «Centesimus annus».
Ahí muestra que el Estado y sus hombres deben adquirir capacidad para
«leer» lo social en términos culturales. Evidentemente, no nos referimos a
la cultura entendida como museos, conciertos y ballet. Nos referimos a la
cultura como ethos de un pueblo: valores, símbolos, creencias, historia.
Nos referimos a los motivos cualitativos que hacen que una sociedad pueda
ser «sujeto» y no «objeto» del poder. El Papa le llama a este desafío:
necesidad de crear «subjetividad social».
Finalmente, ¿qué perfil pastoral tendría que asumir
el sucesor de Juan Pablo II para conducir a la Iglesia hacia el futuro?
Han comenzado a aparecer programas de radio y
televisión en los que se analizan los escenarios de la sucesión
pontificia. Llama la atención que tanto críticos como algunos defensores
suelen dejar de lado que el propio Juan Pablo II ha afirmado que el
Concilio Vaticano II debe ser la agenda de los cristianos en el mundo
actual. El Concilio Vaticano II es una fuente de asombro y de sorpresa
continua para el que lo toma en sus manos. En América Latina sus
enseñanzas se encuentran proyectadas en los documentos del CELAM:
Medellín, Puebla, Santo Domingo. No sé qué perfil asumirá el próximo Papa.
Sin embargo, me parece muy deseable que quien suceda a Juan Pablo II sea
un Papa «conciliar», abierto al diálogo Iglesia-mundo, es decir, a los
gozos y esperanzas de los hombres y las mujeres de hoy. Me parece que es
también muy deseable que siga viendo a nuestro continente como el
«Continente de la Esperanza». El caminar de la Iglesia Latinoamericana es
el caminar de una Iglesia pobre pero cierta de que Jesús es el Señor de la
historia. Más aún, cierta de que Jesús se identifica con los pobres, como
dice el Papa en Novo millennio ineunte, en el número 49. Tal vez sea
necesario leer de nuevo este documento para vislumbrar algo del futuro que
nos espera como Iglesia y como sociedad.
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