Los caminos de la
Iglesia
La pastoral eclesial ha cambiado, de eso no hay duda.
Para unos lo ha hecho en exceso, mientras para otros todavía ese cambio se
encuentra en pañales. Son estas dos perspectivas las muestras inherentes y
lógicas en todo proceso de cambio: la timidez en unos y el excesivo
apremio en otros.
Es un hecho, fuera ya de toda discusión, que las
distintas iglesias latinoamericanas han tomado una posición de
intervención en los asuntos públicos (incluidos los políticos), recordemos
los últimos tira y afloja entre los obispos mexicanos y algunos líderes
políticos de esa misma nación, que antes no habían exhibido. Al menos,
este nuevo quehacer pastoral de los eclesiásticos no es del mismo tenor
del marcado en décadas anteriores.
Una de las acusaciones más frecuentes que ha tenido que
soportar la Iglesia Católica fue la de estar ligada al poder constituido,
siempre y cuando este poder fuera de un tono conservador, hecho que hacía
a la Iglesia muy llevadero su quehacer espiritual. Si los conflictos de
reivindicación social eran “arreglados” por el poder, según el estilo y
los medios que el poder disponía para su control, la Iglesia no tenía por
qué inmiscuirse en semejante asunto. La Iglesia a la sacristía, se decía
burlonamente, y parecía que las cosas marchaban.
La Iglesia disponía de su refugio propio, un refugio
también protegido por el poder de fuera. Los mártires se daban en “tierras
de misión”, allí donde los poderes no eran de signo católico ni
pertenecían a la órbita de la civilización occidental. China fue un
semillero de mártires, igual que casi toda la geografía oriental, así como
la africana y la de otras regiones no cristianas.
Últimamente los mártires volvieron a ser noticia. Estas
muertes recientes provocadas por el poder ya no procedían de países ajenos
sino de centros casi exclusivos del poder de la fe. Latinoamérica fue el
continente donde comenzaron a florecer esos mártires, muchos de los cuales
siguen permaneciendo anónimos, inclusive para las propias autoridades
eclesiásticas. Pero da la sensación, afortunadamente que esos tiempos han
cambiado o, al menos, se percibe una reconfortante brisa de cambio.
La pastoral eclesial ha cambiado, de eso no hay duda.
Para unos lo ha hecho en exceso, mientras para otros todavía ese cambio se
encuentra en pañales. Son estas dos perspectivas las muestras inherentes y
lógicas en todo proceso de cambio: la timidez en unos y el excesivo
apremio en otros. Pero lo cierto es que la apreciación oficial de la
Iglesia Católica es signo de un nuevo estilo, de una nueva forma de
enfocar las realidades terrenas a la luz de la fe y de un nuevo quehacer
de los cristianos, motivados e impulsados por su creencia.
A la Iglesia le queda todavía mucho camino pastoral por
delante, pero es obvio que muchas cosas están cambiando. Aunque algunos,
incluso dentro de la Iglesia, no lo deseen. Y hasta lo obstaculicen.
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