La Iglesia y la
droga
Si es absolutamente cierto que la llamada “droga dura”
desequilibra física y psíquicamente, no es menos cierto que todo tipo de
droga, así no sea química, entorpece el equilibrio moral de las personas y
de las sociedades.
El problema de la energía nuclear, concretamente la
atómica, igual que el de la droga, son dos de los indicativos más
escalofriantes por los que en la actualidad atraviesa nuestro mundo. Uno y
otro no responden a configuraciones geográficas: han copado ya la escena
total. Cualquier desastre nuclear, en cualquier parte del mundo, afecta al
resto; a unos más directa e inmediatamente; a otros, a largo plazo, aunque
no con mejores resultados. Con la droga ocurre otro tanto: “no existe un
país que en la actualidad permanezca inmune a este moderno azote, tanto en
el Este como en el Oeste, en los hemisferios Norte o Sur, en los países
pobres o en los ricos”, ha diagnosticado el Papa.
El hecho de que el consumo de droga se concretice más
en la juventud, las repercusiones de este consumo atentan contra toda la
familia, de ahí que los padres, hijos, hermanos, amigos, sin distinción de
edades, sufran en carne propia los efectos producidos en su cuerpo, y en
su espíritu, por los consumidores.
Las políticas que se vienen llevando a cabo en los
países para mitigar al menos este azote todavía no parecen proporcionar
los resultados anhelados. Según el Papa, “desgraciadamente existen
indicativos de que esta humana tragedia está empeorando fuertemente: a)
Las drogas ilegales son producidas en cantidades siempre creciente. b) El
tráfico ilícito de drogas que producen rendimientos inmensos continúa
desenfrenado. c) El carácter del abuso de la droga, ampliamente extendido,
que, aún cuando está concentrado en su mayoría entre los jóvenes, está
también arraigado en todos los niveles de la sociedad moderna, en las
áreas rurales como en las urbanas, entre hombres y mujeres, entre razas y
culturas”. No es exagerado afirmar, entonces, que éste ha sido el gran
logro de la globalización o, si se quiere, una de sus grandes
consecuencias.
Parece descorazonador el diagnóstico del Pontífice,
pero es terriblemente realista. La Iglesia afronta el problema no
solamente en aquello que tiene de desintegrador social, y concretamente
familiar, sino también en aquello que tiene de desintegrador espiritual.
La educación contra la ideología de la droga no debe
limitarse a dramatizar los peligros personales que ésta trae anexos. La
educación contra la ideología de la droga deberá enfocarse en un sentido
más amplio, más totalizante: la educación contra las formas sociales que
promueven las evasiones, cualquier tipo de evasión. Porque, si es
absolutamente cierto que la llamada “droga dura” desequilibra física y
psíquicamente, no es menos cierto que todo tipo de droga, así no sea
química, entorpece el equilibrio moral de las personas y de las
sociedades.
|