Vaya usted con
Dios... tomado de su mano
Auxiliadora García Bellorín
Hoy se ha olvidado la doble dimensión, nacidos en el
tiempo, pero creados para la eternidad... Olvidando a Dios, y viviendo
como si cada uno fuera el propio dios.
Antes nos despedíamos: “Vaya usted con Dios”, “Que Dios
le acompañe”. Ahora decimos: “Que te diviertas, que te la pases bien”...
incluso algunos atrevidos dicen: “Si te portas mal no dejes de
invitarme”...
¡Cómo han cambiado las cosas! ¡Cómo se ha transformado
nuestra forma de ver la vida!
El hombre y la mujer modernos esperan pasarlo bien,
disfrutar al máximo, sufrir lo menos posible, disfrutar del confort, de
día y de noche, en invierno y en verano...
Hoy se ha olvidado la doble dimensión, nacidos en el
tiempo, pero creados para la eternidad... Olvidando a los compañeros de
camino y pensando únicamente en nuestro bienestar... Olvidando a Dios, y
viviendo como si cada uno fuera el propio dios. Es en este ambiente donde
debemos vivir los cristianos por voluntad de Dios: “No pido que los saques
del mundo, sino que los guardes del mal...” y más adelante la misma frase
dice: “para que ellos sean santificados en la verdad”. Porque la
santificación propia y de quienes nos rodean es y debe ser siempre nuestra
mayor preocupación, nuestro más claro anhelo... Que todos nos reconozcan
como cristianos, como católicos comprometidos, como hombres y mujeres al
servicio de Dios y del prójimo.
Vivir en la tierra como ciudadano del cielo es difícil,
nunca se ha dicho que sea fácil, es cómo llevar una vela encendida,
cubriéndola con la palma de la mano para que el viento no la apague. Es
vivir en un esfuerzo continuo para “ser buen cristiano y honrado
ciudadano”. Es cumplir con nuestro deber diario, tomados siempre de la
mano de Dios.
La Santísima Virgen María es la mujer que por
excelencia ha vivido con los pies en la tierra, pero con el corazón en el
cielo, sabiendo que vivía en el tiempo y esperando alcanzar a la
eternidad. “Dependiendo totalmente de Dios y plenamente orientada hacia Él
por el empuje de su fe” (Redemptoris Mater 37).
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